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/ Eric Rohmer - Crítica

“Triple Agente”: Espionaje
a través del cristal deformante de la palabra de Rohmer
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Triple Agente", Francia, Italia,
España, Grecia y Rusia, 2004). Dirección
y guión: Eric Rohmer. Elenco:
Katerina Didaskalou (Arsinoé), Serge Renko (Fiodor), Cyrielle
Clair (Maguy), Grigori Manoukov (Boris), Amanda Langlet (Janine),
Emmanuel Salinger (André), Dimitri Rafalsky (Dobrinsy), Jeanne
Rambur (Dany), Vitaliy Cheremet (Alexis Cherepnin), Bernard Peysson
(Doctor), Laurent Le Doyen (Periodista). Producción:
Françoise Etchegaray, Jean-Michel Rey y Philippe Liégeois.
Fotografía: Diane Baratier. Montaje:
Mary Stephen. Diseño de producción:
Antoine Fontaine. Vestuario: Pierre-Jean Larroque.
Duración: 115 min.
Francia, finales de la década
del ´30, el Frente Popular, con Leon Blue a la cabeza, está
en el poder. La inminente Guerra Civil en España, el avance
de Hitler desde Alemania, y Stalin entra en una etapa decisiva de
su gobierno. Fiodor Voronin, ruso blanco, ex-general exiliado cumpliendo
supuestamente funciones burocráticas para un grupo de compatriotas
que esperan lograr derrocar a Stalin, y su esposa griega Arsinoe,
artista plástica, se asientan en esta Paris convulsionada.
Las intenciones pacifistas del Frente Popular chocan con el aire
de conflicto que se va levantando con el fortalecimiento de los
regímenes fascistas (Italia, Alemania y Francia).
Rohmer mezcla la ficción con material
de archivo que le provee el contexto histórico. A su vez,
juega con su relato central, el cual está basado en una historia
real, pero que, según el propio realizador, fuera de eso
es todo inventado, todo interpretación. De esta manera, Rohmer
utiliza esta peculiar historia de espías para cruzar transversalmente
un crucial momento histórico y, de alguna manera, comentarlo.
Para aquellos no acostumbrados, o no afines
a su estilo, el planteo escénica y narrativamente de Rohmer
puede resultar lento o hasta básico. Fuera del montaje de
noticiero del material de archivo, el resto de las escenas transcurre
en una aproximación casi de cámara, casi de teatro
filmado, donde los personajes, trabajados casi como frescos, exponen
sus ideas y la acción física pasa a un muy segundo
plano.
Rohmer
se centra en el texto y en la capacidad de decir de sus actores,
en un punto intermedio entre exposición e interpretación,
enhebrando lentamente un laberinto verbal, donde las palabras muestran
y ocultan simultáneamente, iluminan y oscurecen. En contraposición
con una imagen aparentemente evidente (Rohmer “muestra”
a sus personajes, los caracteriza visualmente), el texto va construyendo
otro mundo paralelo, mucho más ambiguo, que hace superfluo
aquello visible.
Mientras que Rohmer utiliza a la mayor parte
de los personajes para pintar un cuadro de situación (comunistas
franceses que ven en el Frente Popular una posibilidad de paz o,
cuando menos, de oposición al avance fascista al tiempo que
intentan confiar en la política stalinista, rusos blancos
deseando recuperar su lugar, etc), es en la relación de Fiodor
y Arsinoe donde Rohmer pone el mayor acento.
Las obras de Arsinoe responden a la pintura
figurativa en un momento en que la abstracción, con Picasso
como figura más representativa, y el realismo socialista
proveniente de la URSS son las corrientes fuertes. Tanto ella como
Fiodor se resisten a estas otras estéticas, argumentando
que no las entienden. El cubismo (otra vez Picasso) aparece quebrando
la unicidad del punto de vista y explicitando su multiplicidad.
Frente a un mundo lineal, representado en la pintura figurativa
(asociado a un mundo igualmente lineal que se va descascarando,
como muestran las imágenes de archivo), el cubismo insinúa
otro infinitamente más complejo y escurridizo; un mundo en
crisis.
Paulatinamente, este supuestamente anodino
oficinista exiliado que es el ex-general Voronin, se va mostrando
como un espía aristócrata, jugando a múltiples
puntas en medio del peligroso ajedrez de la convulsionada Europa.
Le enfermedad que comienza a aquejar a Arsinoe (enfermedad cuyo
diagnóstico final nunca es explicitado en el film), coincide
con su creciente necesidad de saber, su cuidadosamente construido
muro de ignorancia (con respecto a las actividades de su marido)
se resquebraja. La necesidad de seguir creyendo (sigue fiel a su
estilo figurativo), entra en conflicto con su necesidad de saber
(su enfermedad). Voronin, por su parte, construye y reconstruye
mundos posibles a partir de la palabra, de forma tal que cuando
llegamos a la resolución final, no es posible llegar a una
conclusión definitiva sobre los misteriosos acontecimientos.
Paralelamente, los acontecimientos históricos
se muestran igual de ambiguos, como una obra cubista, en apariencia
confuso y caótico, propio de un relato (el del mundo), mucho
menos lineal y previsible de lo que aparenta. De esta manera, Voronin
le sirve a Rohmer, directa o indirectamente, para resumir un momento
de una época: como Voronin, nada era del todo lo que parecía,
ni todo lo que se mostraba.
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30/6/2006 |