Cine / Drama
- Crítica

“Una novia errante”: Corazón
astillado
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(Argentina, 2006) Dirección:
Ana Katz Guión: Inés Bortagaray,
Ana Katz Producción: Cecilia Felgueras,
Carolina Konstantinovsky Fotografía: Lucio
Bonelli Montaje: Andrés Tambornino Música:
Nicolás Villamil Elenco: Ana Katz, Carlos
Portaluppi, Daniel Hendler, Catherine Biquard, Nicolas Tacconi Duración:
85 m.
“ Esta película
trata sobre quienes han llamado a alguien de manera insistente e
irracional. Sobre quienes han cortado el teléfono con furia
y luego sintieron un irrefrenable deseo de volver a marcar el mismo
número. Y lo han hecho. Y al escuchar la voz del otro, aquel
provocador de un enamoramiento desaforado (aquel que no teme demostrar
el hartazgo ante la insistencia), han sentido en vano ganas de tocarlo,
besarlo, y amarlo para siempre. Esta película trata también
sobre quienes han sido capaces de permanecer durante largos ratos
con la mirada fija en el teléfono, y alternadamente han confirmado
que la línea funcione de modo correcto, con la preocupación
de que el otro, aquel gigante, se preste a llamar en el preciso
instante en que se descuelga el teléfono, y entonces encuentre
la línea ocupada, y sus ansias de llamar sean tan débiles
que con ese intento fallido baste para no volver a intentarlo. Y
trata sobre aquellos que han vivido escenas amorosas, imborrables,
con el sufrimiento secreto de que el más mínimo incidente
pueda descubrir el velo y dar lugar al horror, al fin. Aquellos
que han caminado de la mano de su amante con un nudo en la garganta,
y han llegado a desear que todo se termine, para evitar que en algún
momento pueda terminarse.
Y para quienes, más tarde,
se olvidaron de todo. Y luego, tiempo después, volvieron
a empezar ”
Ana Katz
En un viaje aniversario, Inés y Miguel
pelean. Deberían estar festejando, pero, como suele ocurrir
con las fechas marcadas, también es un momento de replanteo.
Es feo, pero no atípico. No hemos visto la pelea, ni escuchado
los argumentos. Sólo vemos una pareja que parece partida
al medio en una discusión silenciosa, en un micro, en medio
de la noche. Él no quiere más, pero ella insiste.
Él, finalmente, huye hacia el sueño. Al día
siguiente, cuando bajan en Mar de las Pampas, Miguel sigue con el
micro; Inés queda varada en medio del bosque… hecho
simbólico del punto en que realmente está. No es casualidad,
como sabremos más adelante, que esté leyendo “El
Extranjero”, de Camus, donde el protagonista se siente fuera,
ajeno.
Inés llega a la hostería que
debía ser el temporal nidito de amor, y que ahora la ve arribar
sola. Podría volver, retornar a Buenos Aires, pero, como
todo viaje interior, también necesita del otro exterior,
físico. Inés está sola y, más allá
del hecho de que es incómodo porque ella y todos los demás
que la rodean saben que no era la idea, ella misma está inquieta
en esa soledad.
Está en Mar de las Pampas, pero rara
vez se acerca al mar y, cuando lo hace, lo mira desde lejos (varios
encuadres donde Inés está en primer plano y la acción
ocurre en un distante segundo plano… nosotros la vemos ver,
pero no accionar). En ese estado, el contexto le aparece extraño
(entiende mal las señales de los hombres, tiene problemas
con la hostería – con la cual desarrolla una especie
de relación amor-odio -), cuando no directamente hostil.
Todo, en realidad, es un reflejo de sí misma sobre el mundo
(de hecho, sólo lo vemos a través de sus ojos). Sigue
tomando las pastillas anticonceptivas, como si Miguel fuera a volver
(Miguel, a quien en pocos días llama mil veces, a quien termina
insultando cuando no dice lo que ella quiere, al que no deja hablar
cuando intenta explicarle o sincerarse), pero el esmalte de uñas
se va descascarando. La relación no está más,
sólo que recién ahora, a la fuerza, es como Inés
puede comenzar a hacer un duelo. Mar de las Pampas es el limbo que
ella elige para empezar. Mar de las Pampas, porque en Gesell es
donde transcurre la vida, este otro lugar es un pequeño Purgatorio.
Sala de espera, Purgatorio, para personas
como Germán, que trabaja escribiendo, que practica arquería
(objetivo-deseo-ser la flecha… una flecha perdida es un deseo
sin dirección). Germán, que vive en el bosque, que
intenta entender y seducir a Inés. Pero, claro, ella está
en un entre-medio, no escucha, no ve, hasta que finalmente lo haga.
El mar, el bosque, tiempo suspendido. Inés
circula como figura tragicómica protagonista de un cuento
que ella misma escribe, pero en el cual ha levantado la pluma y
todavía no puede continuar. Inés camina, se mueve,
busca voces externas, se involucra con las historias de los demás
(termina haciéndose amiga de la conserje de la hostería
y del dueño del locutorio que visita varias veces por día).
Lo agridulce es que en todos los lugares rebota. Como todo obsesivo
corazón recién roto, es tan adorable como insoportable.
Le cae bien a todos, pero su aire trágico termina simultáneamente
por cansarlos. Es un poco ese dolor profundo, sordo, que el enamorado
prefiere ignorar, pero que sabe que está ahí, se niega
a aceptarlo, tozudamente, pero lo puede palpar.
No es raro, entonces, que tampoco conteste
las llamadas de su padre y su hermana. Está en su limbo,
esperando su duelo. Los que no la conocen, la miran pasar, Gasparín
del corazón roto, pero aquellos que sí la saben, preferible
que se queden lejos, al otro lado de la línea. Decirles significa
ponerlo ahí, en palabras, decir “se acabó”,
frase poco amable, antipática. “Se acabó”
no siempre es se acabó, sobrados ejemplos de ello hay, pero
siempre, de todos modos, implica el fin de algo, y nada más
terrorífico que lo desconocido (el enamorado, ahora escindido,
se vuelve otro para sí mismo y el mundo se torna muchas veces
bastante más gris).
A veces, después de tanto dolor y tanto
chichón, llega finalmente la hora, esa primera hora que,
en realidad, es un primer minuto al que se le suma otro y así,
de a poquito, de salir a jugar de nuevo. El compañero eventual
de juegos puede llegar a ser el mismo, o no, puede ser otro distinto,
pero eso es imposible de saber en ese primer minuto. Sin ese nuevo
paso, ahí está un poco lo complicado, el enamorado
sigue en el mismo lugar, sin moverse y sin permitirse jugar con
nadie. Y el amor, el amor es un juego que, como dijera Rilke, es
el más difícil y el mejor.
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8/6/2007 |