Cine / Melodrama
- Crítica

“Vanidad”: Mucho ruido...
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Vanity Fair", Reino Unido y EEUU,
2005) Dirección: Mira Nair. Guión:
Matthew Faulk, Mark Skeet y Julian Fellowes; basado en la novela
de William Makepeace Thackeray. Elenco: Reese Witherspoon
(Becky Sharp), Eileen Atkins (Matilda Crawley)), Jim Broadbent (Sr.
Osborne), Gabriel Byrne (Marqués de Steyne), Romola Garai
(Amelia Sedley), Bob Hoskins (Sir Pitt Crawley), Rhys Ifans (William
Dobbin), Geraldine McEwan (Lady Southdown), James Purefoy (Rawdon
Crawley), Jonathan Rhys Meyers (George Osborne). Producción:
Janette Day, Donna Gigliotti y Lydia Deanpilcher. Música:
Mychael Danna. Fotografía: Declan Quinn.
Montaje: Allyson C. Johnson. Diseño
de producción: Maria Djurkovic. Dirección
artística: Sam Stokes y Lucinda Thomson. Vestuario:
Beatrix Aruna Pasztor. Duración: 137 min.
La novela de William Thackeray llega a la
pantalla, de la mano de la directora india Mira Nair y en el rol
protagónico con Reese Witherspoon. Datando de mediados del
siglo XIX, el escrito de Thackeray da cuenta de la historia de seres
virtuosos y seres viciados, todos atravesados en distinta medida
por la vanidad, que los lleva siempre por el mal camino. Transportada
al siglo XXI, si bien temáticamente aparecería como
actual, en su resolución termina por convertirse en un relato
anacrónico en sus posturas.
Mira Nair (“Salaam Bombay”, “Kamasutra”,
“Monsoon Wedding” – conocida acá como “La
Boda”), se hace cargo de un film que a poco de empezar se
va tornando pesado en su ritmo. A la prolijidad técnica (salvo
por cierta cuestión de maquillaje que hace ruido –
los personajes parecen no envejecer, los otros rubros funcionan
aceitadamente), se le opone una estructura narrativa entreverada
que ralenta un relato que busca apoyarse en la frescura y la picardía
de su protagonista.
El grueso del film transcurre en la Inglaterra
pre-victoriana, donde la protagonista Becky (Witherspoon) busca
de hacerse un lugar en la sociedad pese a provenir de un origen
humilde. La India juega como un personaje paralelo, que se entromete
como elemento exótico (en escenas llenas de colorido que
parecen sacadas de un documental turístico o de de algún
film de Bollywood), pero que también jugaría como
una suerte de alterego simbólico de la propia Becky: subestimada,
apreciada y considerada inteligente y simpática siempre que
se mantenga a la distancia que su rol social le indica. De esta
manera, Nair iría entretejiendo la trama más tradicional
de la novela con el otro elemento que participaría de forma
metafórica (como un tema musical que suena en las imágenes
y que referiría a Becky).
Sin embargo, en una trama que se va complicando
cada vez más, Becky aparece como un personaje tan egoísta
como quienes la atacan o la desprecian. Es víctima y victimario
a un tiempo. De esta manera, los “castigos” simbólicos
que va recibiendo pasan de infortunios a “merecidos”.
Acá, entonces, se separa de la imagen de la India, para quedar
inmersa en las intrigas de su mundo. Pero, siendo un film de Hollywood,
es necesario que el espectador logre en algún punto identificarse
con la protagonista, y eventualmente Nair lleva a Becky a tal nivel
de miseria que el espectador, si no se identifica, por lo menos
le perdona sus egoísmos (que nunca, de todas maneras, son
tan graves ni tan crueles como los de quienes la abandonan). Al
llevarla a tal lugar de victimización, Nair termina optando
por una salvación de lo más tradicional; ya que Becky
es incapaz de salvarse sola (porque no acepta su rol), es necesario
que aparezca un salvador (otro personaje igualmente egoísta,
pero disimulado detrás de una apariencia bonachona) que,
enamorado, la rescate de esa situación.
La galería de personajes, todos en
manos de buenos actores, termina por convertirse en algo casi anecdótico.
Tras cada maraña narrativa que se arma, se sale con un personaje
menos, que, importante o no, simplemente desaparece y la acción
continúa. El final llega de esta manera casi por casualidad,
ya que el relato repite la estructura todo el tiempo, como un tema
musical, a manera de fuga. Si bien puede interpretarse el final
casi abrupto como una suerte de “en algún momento los
personajes debían aprender”, la resolución es,
por lo menos, anticuada. La resignación, el sufrimiento soportado
y la dignidad ante todo se oponen a la ambición, el egoísmo,
la insensibilidad, la rigidez de la sociedad, lo vano y la vanidad
como fuentes de desgracia. En esa pretensión moralizadora,
“Vanidad” opta por una conclusión que se puede
entenderse como simplista y light.
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18/11/2005 |