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“Vértigo”: ¿La
quintaesencia del McGuffin?
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Vértigo",
EEUU, 1958) Dirección: Alfred Hitchcock
Ayudante de dirección Daniel McCauley
Dirección artística Henry Bumstead,
Hal Pereira Producción Herbert Coleman,
Alfred Hitchcock, James C. Katz (versión restaurada de 1996)
Guión Samuel A. Taylor, Alec Coppel
Música Bernhard Herrmann Sonido
George Dutton Fotografía Robert Burks Montaje
George Tomasini Escenografía Sam Comer,
Frank R. McKelvy Vestuario Edith Head Maquillaje
Wally Westmore Peluquería Nellie Manley
Efectos especiales Farciot Edouart, John P. Fulton,
Wallace Kelley Elenco James Stewart, Kim
Novak, Barbara Bel Geddes, Tom Helmore, Henry Jones, Raymond Bailey,
Ellen Corby, Konstantin Shayne, Lee Patrick Duración
128 min.
Durante casi diez años fue germinando
lo que en 1958 se conocería finalmente con el nombre de “Vértigo”.
Ni la crítica ni el público fueron demasiado amigables
con el film, y este marcó el final de una larga relación
laboral entre el mítico Jimmy Stewart y Alfred Hitchcock.
Tiempo después, sin embargo, relectura mediante, “Vértigo”
pasó a ser una de las “obras maestras” (cuando
no la más grande) del realizador británico.
En “Vértigo”, Hitchcock
se aleja de la estructura de sus films anteriores para trabajar
de forma detallada y expresionista a sus personajes. Son ellos quienes
pasan a ocupar el primer plano, recurriendo para ello a todas las
herramientas a su disposición (actuación, fotografía,
música, montaje).
Con un dejo de estructura de relato wellesiano,
Hitchcock trabaja “Vértigo” como una gran serie
de espejos. Todo es doble, todo tiene su simetría, por ende
todo avance es falso, porque el avance es retroceso hacia el inicio.
“Scottie” Ferguson queda acrofóbico
como resultado de un accidente. El detective Ferguson se haya persiguiendo
a un criminal por los techos de San Francisco, cuando en un salto
queda colgando de un caño. El policía que intenta
ayudarlo resbala y cae, encontrando su muerte. A partir de ese momento,
Scottie quedará marcado por la culpa. La primera trampa es
que el vértigo implica tanto un miedo a la altura y a caer,
como una fascinación y deseo oculto por hacerlo. Scottie
siente culpa por la muerte del oficial que no pudo salvar, que de
hecho murió intentando socorrerlo, y no es descabellado arriesgar
que el sobreviviente desearía ocupar el lugar del fallecido.
Esa primera secuencia comienza en el medio
de algo y no culmina, no hay comienzo ni clausura en el relato de
Scottie. Acto seguido, encontramos al ahora ex detective conversando
con su amiga de toda la vida y ex novia Midge, en una de esas charlas
que suele ubicar Hitchcock que en apariencia parecen no llevar a
ningún lado.
En “Vértigo”, objetos y
colores hablan todo el tiempo sobre los personajes. Cada habitáculo
narra algo sobre su habitante. El departamento de Midge está
lleno de dibujos, con una gran vista de la ciudad. Es amigable,
transparente, de colores claros y luminosos, como la personalidad
de la propia Midge. Ahí es donde Scottie comenta que un viejo
compañero de estudio, Gavin Elster, se ha puesto en contacto
con él para reunirse.
La reunión con Gavin es en su despacho.
No en un café o en otro lugar, sino en su despacho, espacio
ocupado por el trabajo y los negocios (maneja un astillero). Y es
precisamente por eso que llama a Scottie: su joven esposa Madeleine
está mostrando una conducta extraña, y Elster hasta
cree en la posibilidad de una posesión.
Madeleine,
inmortalizada por Kim Novak, es tratada como un personaje extraterreno.
A su paso, la iluminación de los ambientes se modifica para
resaltar su belleza, los colores se saturan (rojos y verdes, sobre
todo). Los encuadres repiten asimismo cierta estructura visual,
donde hay una utilización acentuada de los perfiles y de
las poses; Madeleine es una obra de arte, ideal, lejana. Simultáneamente,
esta idealización también resalta la atmósfera
de extrañamiento que la rodea.
Como Scottie la está siguiendo, no
conocemos su casa, sólo el extraño recorrido que hace
día a día. El detective cae enamorado de esta belleza
fantasmal que debe seguir, y entonces no es posible distinguir sobre
si la estilización de las imágenes procede de la narración
o de la propia exaltación del voyeur Scottie (la mirada,
el voyeurismo, el deseo reprimido). El vértigo se repite
acá en la forma de la mirada, del deseo no cumplido de posesión
de la rubia Madeleine.
Hitchcock detestaba trabajar en exteriores
y prefería habitar estudios y decorados, donde poseía
mayor control sobre todos los elementos. De todas maneras, así
y todo es resaltada aun más que lo acostumbrado la artificiosidad
de las imágenes; no es un mundo real el que estamos viendo,
sino el construido por la mirada del acrofóbico.
Madeleine aparece poseída, o al menos
obsesionada, con la figura de su bisabuela Carlota Valdez, desterrada
de la familia arbitrariamente por su bisabuelo, y que posteriormente
optara por el suicidio. Otra vez, la idea de la muerte, del suicidio
(el que sufre de vértigo teme caer, pero también quisiera
saltar). Una vez que entablen contacto, el enamorado / fascinado
Scottie intentará convencerla de que debe haber otra explicación.
Pero
tampoco es una historia de amor la que construye Hitchcock. A poco
de comenzar esta peculiar relación, se produce la famosa
escena de la torre de la misión. A lo largo del film se utiliza
la técnica de “zoom in, dolly out”, o “efecto
trombón”, que consiste en realizar un travelling de
retroceso simultáneamente con un zoom in. En esta escena
de la torre, donde Scottie vuelve a perder otra vida, sufre continuos
ataques de acrofobia al tiempo que sube una escalera digna de los
dibujos de Escher.
El estado de misticismo o alienamiento se
traslada ahora a Scottie, con lo que comienza el tercer acto del
film. Scottie se obsesiona por la mujer, vuelve a los lugares que
compartían y la ve en todos lados. La pérdida de la
razón queda plasmada a partir de una secuencia psicodélica,
donde los efectos se complementan con inserts de elaborada animación
(creación de Saul Bass, el también mítico creador
de los créditos de los films de Hitchcock). El realizador,
al apoyarse en un tono expresionista, se autoriza construir la narración
y su correlato estructural como una ficción en sí
misma; es decir, el relato que nos propone Hitchcock no es creíble
por su propia naturaleza, no podemos estar convencidos de nada de
lo que nos muestra.
La pregunta es, ¿está realmente
buscando a Madeleine? ¿Por qué la sigue buscando si
ella ha muerto? Scottie encuentra a Judy, a quien irá transformando
en la mujer perdida. Judy es el doble, y, de hecho, en su departamento
la vemos constamente reflejada en un espejo. Dobles, simetrías,
laberintos (otra vez Welles). Los encuadres comienzan a repetir
aquellos de Madeleine, abstrayendo en ocasiones la figura de Judy
a una silueta mediante un contraluz verde (color de uno de los vestidos
de M), y lentamente comienza a aparecer la otra imagen.
Hitchcock desarma la trama anterior con un
flashback que da detalles sobre los hechos que no conocíamos,
pero todavía el film no ha terminado, entonces, ¿qué
sigue?
Si no sabemos realmente qué ocurrió
en aquel techo del inicio, ¿es posible que Scottie haya muerto
y sus constantes encuentros trágicos sean formas de intentar
reconciliarse con ello? Como un mal sueño, el protagonista
cae en situaciones que terminan actuando de manera simétrica.
El único personaje que representa la vida, Midge, es constantemente
ignorado por Scottie y, en algún punto, la simpática
torpeza de Jimmy Stewart deja de tapar el hecho de que su personaje
vive fascinado por situaciones y personas tanáticas.
El departamento de Scottie es de un tono ocre
y parejo, cerrado, sin aire, sobrio y esquemático. Sin embargo,
en el tercer acto Scottie prefiere permanecer más tiempo
en el departamento de Judy, el de los espejos.
La simetría final, con otra muerte
y otro cierre narrativo abrupto, deja el relato en un falso stand
by, como aquella primera secuencia. Si, como propone John
Locke, de “Bright Lights Film Journal”, nos atenemos
al usual humor negro de Hitchcock, todo el film es un gran McGuffin
(término que utilizaba el realizador para referirse a un
objeto o recurso que ayudaba a avanzar la trama, pero que en realidad
no tenía ninguna importancia real, como el maletín
de Marcellus Wallace en “Pulp Fiction”, de Quentin Tarantino).
Si partimos de la base de que en esa primera escena Scottie es quien
en efecto cae (y no el policía), el resto del film es una
construcción irreal, como el eterno interrogatorio de “Una
certain regard”, de Roman Polanski. Como el protagonista de
“All that Jazz”, que mantiene desde su cama del quirófano
diálogos con la muerte mientras elabora un gran flashback
de su vida, Scottie se dirime a lo largo del film entre la vida
y la muerte.
Pero, hete aquí, que también
es posible encontrar un camino trazado alrededor del deseo. Otra
vez, el vértigo, que es el saltar y no saltar simultáneamente,
superpuesto. El deseo alrededor de Madeleine que se duplica con
Judy y que, cuando esta finalmente se ve como aquella, vuelve a
frustrarse. Es un callejón sin salida, frustrante, no obstante
lo cual Hitchcock consigue que el espectador se quede mirando hasta
el final, con la esperanza de encontrar clausura, expectativa de
cierre que es traicionada cada vez que se muestra al alcance de
la mano. Si es así, sería la gran burla del “burlador”,
su gran humorada, hecha de todas las formas posibles en tono trágico.
Como todo espejo, alguna de las imágenes
no es real, pero eso también depende de qué lado del
espejo se esté mirando. En cualquiera de los casos, “Vértigo”
termina fascinando, como la inexpugnable Madeleine.
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20/10/2006 |