Cine / Comedia / Wes Anderson - Crítica

“Viaje a Darjeeling”: Los viajes iniciáticos de Wes Anderson
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
("Darjeeling Limited", EEUU, 2007) Dirección: Wes Anderson. Elenco: Owen Wilson (Francis), Adrien Brody (Peter), Jason Schwartzman (Jack), Anjelica Huston (Patricia), Amara Karan (Rita), Camilla Rutherford (Alice), Irrfan Khan (Padre del pueblo). Guión: Wes Anderson, Roman Coppola y Jason Schwartzman. Producción: Wes Anderson, Scott Rudin, Roman Coppola y Lydia Dean Pilcher. Fotografía: Robert Yeoman. Montaje: Andrew Weisblum. Diseño de producción: Mark Friedberg. Vestuario: Milena Canonero. Duración: 91 min.
Wes Anderson tiene un tema con la cuestión familiar. Vuelve sobre ella de forma permanente. Siempre disfuncionales, como si esa fuera la norma, y poniendo un poco en tela de juicio qué es lo que se entiende por familia. Sus personajes suelen “elegir”, finalmente, a quiénes prefieren por parientes; es el afecto y no el lazo sanguíneo lo que los une.
En “Viaje a Darjeeling” todo esto se mezcla de forma muy posmoderna, porque, además, el film incluye referencias más o menos explícitas a films anteriores. La primera secuencia sigue a Bill Murray, quien fuera el protagonista de “La vida acuática con Steve Zissou”, aquella mezcla de Jacques Cousteau y “Moby Dick”, y de “Rushmore”. Murray recorre una ciudad de la India, para luego correr tras el tren que se le escapa. En medio de la carrera es alcanzado y superado por Peter Whitman (Adrien Brody), quien sí consigue treparse al último vagón.
La siguiente referencia es a “Hotel Chevalier”, que en el film aparece desglosado en dos partes (en el título de un cuento y como el relato de otro), y que, salvo en sus primeras proyecciones en festivales, suele proyectarse junto al largometraje. No es que éste no puede entenderse sin aquel, pero hay cierto juego referencial que puede hacer un poco de ruido sin haber visto el cortometraje antes.
Relaciones humanas, su dinámica. Films que son como cajas chinas, como muñecas rusas que se abren unas sobre otras. Ese es el centro del universo narrativo de Anderson. En este caso, son tres hermanos distanciados: Francis L., Peter L. y Jack L. La letra L atraviesa sus nombres y el apellido los une. Fuera de eso, no tienen demasiado en común. Francis, el mayor, está un poco loco, sobre todo después de un accidente que casi le cuesta la vida y que le hizo tomar otra perspectiva (casualmente, en la vida real, Owen Wilson, tuvo un intento de suicidio para la misma época, producto de la depresión de su ruptura con la actriz Kate Hudson); él es el que los reúne, supuestamente para un viaje espiritual por la India, a bordo del Expreso Darjeeling, aunque el objetivo real, no demasiado secreto, es hallar a la madre, desaparecida tras la muerte del padre. Jack es escritor, el menor de los tres, enamoradizo. Peter trata, como todo hijo del medio, de interceder, ser la voz de la razón; es, curiosamente, el que ha conservado más posesiones del difunto patriarca, como unos lentes con aumento – que no debería usar, por ese mismo motivo -, que le dan un dolor de cabeza permanente que, a su vez, lo lleva a consumir una cantidad importante de analgésicos. Cada hermano carga con su cruz, casi de manera compulsiva; sus heridas están más o menos a la vista, y las cuidan como tesoros. El viaje espiritual consiste, precisamente, en dejar ir lo que debe irse.
Los minutos iniciales, con una predominancia de ocres y cálidos, así como de un vestuario, para estos días, algo atemporal, es difícil situar cronológicamente al film en alguna época. Pueden ser los ´70s, puede ser el presente. Es el tiempo actual, pero esta confusión temporal, este anacronismo, responde también al estado de parálisis de los protagonistas. Los sonidos, los colores, la música, hablan de un fluir paralelo, en el que Francis busca insertarlos a la fuerza, pero al que sólo pueden acceder “aflojando”. La elaboración final del duelo – el motivo real por el que los hermanos, sin saberlo todavía, aceptan reunirse en una locación tan particular – de la muerte del padre.
Como suele ocurrir en los films de Anderson, la intención inicial – en este caso, este viaje iniciático híperplanificado, al mejor estilo agencia de turismo, con horarios pautados, un asistente que, con su laptop, viaja en Clase Turista mientras arma y conecta todo, etc -, sale mal. Y sale así, porque debe ser, es la única forma. El humor ácido y el uso de los silencios como vacíos a llenar por energía y no por diálogo, en “Viaje a Darjeeling”, terminan complementando la locación elegida.
Lo grotesco, lo irónico, lo espiritual, todo se mezcla. Porque Anderson no se burla de sus personajes, sino que los trata, digamos, con cariño. Introducidos en un contexto cuasi fantástico por el ojo gringo que traen, este distanciamiento les permite, al mismo tiempo, poder ver y verse un poco más de lejos. Las experiencias a las que se ven sometidos los modifican más allá del duelo; eso es, en definitiva, el propósito de un viaje (en todas las acepciones del término).
Transformación. Transmutación. Elaborar duelo. Dejar vacío para que la vida respire. Hermanos que vuelven a ser niños para poder ser hermanos como hombres.
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22/4/2008 |