Cine Hacia Atrás / Documental - Crítica

“War Photographer”: La delgada línea
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(EEUU, 2001) Producida, dirigida y editada por: Christian Frei Fotografías: James Nachtwey Cámara Betacam Digital: Peter Indergand scs Cámara (Palestina): Hanna Abu Saada Microcámara: James Nachtwey Microcámaras construidas por: Swiss Effects Asistente de dirección y de edición: Barbara Müller Sonido: Florian Eidenbenz Música: Eleni Karaindrou, Arvo Part, David Darling Web: http://www.war-photographer.com/en/ Duración: 96 min
“Pienso que si todo el mundo pudiera, aunque más no fuera una vez, ver por sí mismo lo que el fósforo le hace a la cara de un niño o el inenarrable dolor causando por el impacto de una bala, o cómo un fragmento de una explosión puede arrancarle a alguien una pierna – si cada uno pudiera estar ahí para ver por ellos mismos el miedo y el dolor, sólo una vez, entonces entenderían que nada justifica dejar que las cosas lleguen al punto que esto le ocurra siquiera a una sola persona, ni hablar de miles.
“Pero no todo el mundo puede estar ahí, por eso van los fotógrafos – para mostrarles, acercarles, tomarlos y hacer que dejen lo que están haciendo y presten atención a lo que está pasando – para crear imágenes tan poderosas que soporten el efecto diluyente de los medios masivos de comunicación y sacudir a la gente de su indiferencia – para protestar y, por la fuerza de esa protesta, lograr que otros protesten también.
“Lo peor es sentir, como fotógrafo, que me estoy beneficiando de la tragedia ajena. Esta idea me persigue. Es algo a lo que tengo que estar atento cada día, porque sé que si alguna vez permite que la genuina compasión sea conquistada por la ambición personal habré vendido mi alma. Lo que está en juego es demasiado grande para pensarlo de otra manera.”
James Nachtwey
El fotógrafo es un voyeur. Mira. Ve. Indefectiblemente, desea aquello que ve. Sin embargo, lo que está del otro lado de la lente no siempre es algo agradable. De hecho, muchas veces puede ser algo terrible o triste. De todos modos, el que dispara abriendo las persianas del obturador persiste; ese momento encuadrado queda congelado, en el negativo, en la memoria de la cámara digital.
James Nachtwey es uno de los corresponsales de guerra más renombrados. Ha ganado innumerable cantidad de premios. En este caso, otros ojos lo siguen a él. Por un lado, una cámara como cualquier otra, que entrevista, que mira de lejos. Por otro, dos microcámaras colocadas sobre su herramienta de trabajo enfocan hacia el lugar donde apunta y, a su vez, ofrecen un contraplano que muestra al voyeur profesional.
El fotógrafo, en general, oculta su cuerpo. El corresponsal de guerra lo pone en juego permanentemente. Paradójicamente, su salario se gana mediante fotografiar el sufrimiento de otros y colocando su propio ser en un lugar de constante peligro. ¿Cómo es posible seguir mirando y permanecer cuerdo? ¿Por qué continuar? ¿Cómo se vuelve de todo eso? ¿Se puede volver?
Luego de la segunda guerra, la puesta en duda de la objetividad de lo documental hizo entrar en crisis a los fotodocumentalistas. Mientras que la generación previa a la guerra había sido capaz de dedicar años de sus vidas para retratar una realidad que pedía se volviera la lente sobre ella, al terminar la guerra la acción se repetía, pero perseguida por la insistente pregunta de “¿para qué?”. No es improbable que una actividad solitaria como la del fotógrafo se volviera aun más individual cuando cada protagonista debió encontrar una respuesta propia para salir al mundo a capturar imágenes. Mostrar lo desconocido o lo trágico, ¿con qué razón?
James Nachtwey ganó hace varios años un premio a la mejor serie fotográfica de la World Press Photo. Vi esa serie en Lima, Perú. Las imágenes mostraban una horda persiguiendo a un ladrón, apaleándolo hasta dejarlo al borde de la muerte. Las fotografías mostraban una masa enrarecida y enloquecida, con el hombre siempre en el medio, siendo golpeado una y otra vez. Pensaba, ¿cómo es posible que este fotorreportero haya seguido esta acción? ¿cómo es posible tener tanta sangre fría, tanto morbo? La fotografía se apoya en el morbo de la mirada de lo otro, del otro, pero esto me parecía demasiado. Un testimonio de “War Photographer” completó mi apreciación, o, mejor dicho, la corrigió. Nachtwey, efectivamente, siguió la secuencia, pero se detuvo. En un punto bajó la cámara y se colocó delante del hombre y frente a la horda, implorando por la vida del ahora víctima.
El documental por momentos pone la figura de Nachtwey en un pedestal y lo convierte en un ser no del todo humano por su resistencia y persistencia, así como por su igual capacidad para el éxito. Pero, asimismo, lo que el relato muestra es también esa fina línea que recorre el fotorreportero diariamente al elegir lo que fotografía y establece una posición frente a ello (de distancia o de cercanía).
El permanente cambio del punto de vista pone en evidencia este lugar por momentos algo perverso del voyeur dueño de la lente. El documental no sólo narra y entrevista, sino que busca acercar mediante las microcámaras. Nachtwey aparece como frío y calculador, capaz de esperar minutos frente a un damnificado esperando por la reacción adecuada, la lágrima que se niega a caer, la final destrucción de una casa. Luego revela y clasifica. Posteriormente selecciona para las revistas o se detiene, perfeccionista, con las copias que envía a hacer a su laboratorista para una muestra. Pero Nachtwey, también, consigue la confianza de los sujetos que fotografía. Extrañamente, transita por el mundo cotidiano con paso liviano, para detenerse más sobre el otro.
El film nunca termina de explicarlo, porque el fotógrafo nunca se abre del todo. Es reconstruido por testimonios externos, pero su propia máscara nunca cae por completo. Expresa la convicción y el deseo de poder obrar cambios, por más pequeños que sean, a partir de sus fotos, pero su mirada hace pensar que es consciente de la limitación de sus esfuerzos. El documental introduce, entonces, sus fotografías. Hay algo de esa combinación de conciencia y “esperanza” en ellas. Los encuadres y las gamas tonales hablan de aquel aspecto calculador y detallista. Pero la selección que hace lejos está de la frialdad. Sí, hay una cuota de morbo en el sólo hecho de permanecer y disparar. Pero, también, hay piedad; no pena ni lastima, sino piedad. Se sabe ajeno, distante, pero muchos de sus espacios y sujetos parecen abrírsele. No son los “instantes decisivos” de Cartier Bresson, sino algo más.
El film, es cierto, tiene un protagonista exaltado de forma bastante clara. De todas maneras, con un estilo más o menos didáctico propio del documental norteamericano, también se plantea y discute la responsabilidad frente a la imagen en una sociedad (la de Estados Unidos, pero también la occidental en general) que consume permanentemente esos productos. La noticia, la tragedia, se envasa y se vende masificada, eso es una realidad inevitable. De la misma manera, adictos a la adrenalina se suman todos los días a los diferentes frentes para tomar fotografías o filmar los hechos. Desde ese estado de situación, la figura de Nachtwey resalta, precisamente, porque simboliza ese conflicto. Junto al gran fotógrafo, lo que aparece es la idea de compromiso “pese a todo”.
Lo curioso, de todas formas, es que el film se detiene para repetir varias veces que Nachtwey es premiado por su trabajo profesional. Es aplaudido por críticos y la inauguración de una exhibición de obras suyas está llena de “gente bien”. ¿Es intención del documental decir esto? ¿Que Nachtwey es un profesional exitoso que, además, también conserva sus principios?
Charlando sobre el trabajo “Sangre”, de Diego Levy, alguien me dijo recientemente que sus fotos le producían rechazo, porque sentía que el fotógrafo estaba “usando” a sus sujetos, colocándose él en una posición de exceso de poder. Mi respuesta fue que dependía, como espectador, de lo que uno interpretara que había sido la intención del autor. Mi interlocutor contestó a eso que, precisamente, sentía que el autor “usaba” esas imágenes con intenciones efectistas. Es una línea muchas veces muy fina, porque, además, el mundo está plagado de estas visiones que quedaron congeladas. Y ahí es donde las palabras y las acciones silentes de Nachtwey cobran otro valor: sabiéndose obrero y producto, sublimadas sus fotografías muchas veces como “bellas obras de horror o drama”, no deja de tomar una posición, incluso cuando ello no tenga un reconocimiento per se y lo haga en la más completa soledad.
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30/11/2007 |