Cine / Drama
- Crítica

“XXY”: La mirada, el mito
= El Monstruo
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
(Argentina y España, 2007) Dirección
y guión: Lucía Puenzo. Elenco:
Ricardo Darín (Kraken), Inés Efron (Rocío),
Martín Piroyanski (Álvaro), Germán Palacios
(Ramiro), Valeria Bertuccelli (Suli), Carolina Pelereti (Erika),
Luciano Nobile (Vando). Producción: Luis
Puenzo y José María Morales. Fotografía:
Natasha Braier. Montaje: Alex Zito. Dirección
artística: Roberto Samuelle. Vestuario:
Manuel Morales. Duración: 87 minutos
En los primeros planos del film,
un joven corre con un machete en la mano, intercalado con imágenes
bajo el fondo del mar. En un barco, otro joven se apresta a bajar
con sus padres, para ser recibidos por una mujer, quien ha pasado
primero por un laboratorio de biología marina para avisar
a su marido de la llegada de los visitantes. Su marido descubre
a su objeto de estudio un instante antes que la cámara lo
abandona y dice en voz alta su sexo.
El joven del machete resulta ser una chica,
que ahora enciende un cigarrillo, escondida y casi llorando en algún
lugar de una casa. Entre los visitantes, el padre lleva unos papeles
e informes, estudia un caso, es cirujano; la cámara permite
ver una foto de la muchacha del machete.
Los visitantes llegan. La referencia a quien
sigue escondida sigue siendo a través de frases incompletas
y sobreentendidos. El contraplano aparece a través de los
huecos de unos maderos (mirada “entre”, fragmentada,
que habrá de modificarse pero mantenerse a lo largo del film
– mirada y fantasía de la mirada). Ella espía,
oculta, separada. Los visitantes han llegado a la guarida del monstruo.
El intersexual es un término más
clínico, el hermafrodita remite a su origen mítico.
Hermafrodito era hijo de Afrodita y Hermes y, como muchos hijos
de dioses, abandonado por ellos. La belleza de Hermafrodito enamoró
perdidamente a una ninfa, Salmácide, quien, al ser rechazada
por él y en un rapto de pasión, pidió a los
dioses que lo unieran a él de forma que no pudieran ser separados.
La cámara ahora entra a la casa y,
a través de la mirada de Álvaro (el adolescente hijo
de los visitantes), recorre el lugar. Primero, unas fotos de Alex
(Álex es el monstruo): en una serie de imágenes iniciales,
una niña feliz, punto y seguido – en medio del aparador,
en el centro de la fila de derecha a izquierda, separando espacio
y tiempo, otra foto, ya Álex más grande, queriendo
tapar la lente, seguida de otras dos imágenes de una adolescente
triste y cabizbaja. Álvaro sigue mirando (mirar, observar,
curiosear); entra a la habitación en la que habrá
de dormir, la de Álex – fugazmente ve una muñeca
negra con las tetas remarcadas y un resto de pucho como falo donde
va la vagina.
La directora ha introducido a los personajes
con apenas unas líneas de diálogo e imágenes
que narran. El conflicto no es el ser mítico hecho realidad,
sino la mirada. No el voyeurismo en sí, sino el prejuicio,
prejuicio a su vez anclado en otros mitos y patrones culturales.
La muñeca es un diseño genérico basado en un
patrón corporal esencialmente unificado – nena / nene
-. Las sociedades a lo largo de la historia han rechazado la diferencia;
el mito de Hermafrodito (en definitiva, una maldición), da
cuenta de una aberración. Normal / Anormal (se puede leer
alguna de las genealogías de Michel Foucault).
La anécdota, la narración, gira
en torno a Álex y su “problema”. La adolescencia
es el renacer de la sexualidad, pero también el momento lleno
de incertidumbres. El adolescente suele captarse como algo todavía
no definido, muchas veces incluso incómodo en su propio cuerpo.
En el caso de las nenas, aparecen los pechos y las curvas. En ambos
sexos, a su vez, la adolescencia está llena de expectativas
de orden cultural, un régimen escópico que aprueba
o desaprueba los resultados. De repente, todo un set de reglas que
antes resultaba ajeno y lejano se vuelve tangible. El cuerpo de
Álex está marcado por esas reglas, como el ser que
no debiera existir; la mirada entonces se da vuelta para observarlo,
observarla, observarlos.
Lucía Puenzo cuenta una historia. Los
adultos viven en un mundo. Una pareja de adultos ha decidido “huir”
a Piriápolis, para escapar de la urbe en la cual las miradas
están en cada esquina; escapan porque, lo admitan o no, en
el fondo creen que han fallado en su rol, que han engendrado lo
que no debe ser. Paradójicamente, al irse a un lugar más
pequeño, se han dirigido adonde lo “raro” o “anormal”
llama más la atención. Otra pareja, que en la superficie
serviría para catálogo, salvo por el hijo desgarbado
y solitario que los acompaña. Él cirujano, “normalizador”,
mano de la sociedad para adaptar lo que no salió como debía.
Ella, una belleza de pocas palabras. Los padres y los hijos, la
mirada sobre los hijos, la herencia de esa mirada.
Los hijos, en algún punto, como los
dibujos de Álvaro o las muñecas de Álex. El
primero busca reproducir lo que ve en el papel, pero nunca termina
de lograrlo, porque la realidad sólo existe en el mundo,
y no en la representación. La muñeca es un diseño
patrón, que contempla apenas algunas diferencias prototípicas.
Estos padres buscan que sus hijos se parezcan a sus dibujos, que
sean como la muñeca, y la crisis que “creadores”
y “creados” sufren ocurre cuando ambos se dan cuenta
que eso es imposible.
Álex no lleva solamente los dos sexos
en su propio cuerpo, sino el propio mito de la adolescencia (peligrosa,
pasional, por enamorarse, indefinida, ambigua, impulsiva, momento
del desprejuicio máximo y del máximo prejuicio). Ella
es la regla acentuada y puesta en duda simultáneamente. Su
padre desea golpear a todo aquel que la mire distinto, cuando él
mismo no se atreve a verla como es. Su madre no puede terminar de
resignarse a que las expectativas heredadas de “una familia
normal” no se cumplan exactamente como había sido planeado.
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27/7/2007
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