Cine / Thriller - Crítica

Zodiac - David Fincher

“Zodiac”: El monstruo que todos temen, que todos quieren

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

(EEUU, 2007) Dirección: David Fincher. Elenco: Jake Gyllenhaal (Robert Graysmith), Robert Downey Jr. (Paul Avery), Mark Ruffalo (detective Dave Toschi), Anthony Edwards (detective William Armstrong), Brian Cox (Melvin Belli), Elias Koteas (sargento Jack Mulanax), Donal Logue (Ken Narlow), John Carroll Lynch (Arthur Leigh Allen), Chloë Sevigny (Melanie), Dermot Mulroney (capitán Marty Lee). Guión: James Vanderbilt; basado en el libro de Robert Graysmith. Producción: Mike Medavoy, Arnold W. Messer, Bradley J. Fischer, James Vanderbilt y Ceán Chaffin. Música: David Shire. Fotografía: Harris Savides. Montaje: Angus Wall. Diseño de producción: Donald Graham Burt. Vestuario: Casey Storm. Duración: 158 min.

El pasaje de un texto literario al formato fílmico siempre es complicado. En el texto, el autor tiene la libertad, cada tanto, de suspender el tiempo literario para detenerse en explicaciones o extenderse con datos o información. En cine, en cambio, esas detenciones, sobre todo para un film que se presenta como thriller y que necesita mantener al espectador tenso permanentemente, pueden actuar, si no se tiene cuidado, como un anticlímax.

Entre los elementos que Estados Unidos parece haber producido en cantidad aparecen los asesinos seriales, una categoría particular de criminal que no sólo mata en cantidad, sino que sus muertes están acompañadas de características patológicas que parecen volverlos un fascinante objeto de estudio. En los ´90, el film “Se7en”, dirigido también por David Fincher, inspiró más tarde a la oscurísima creación de Chris Carter (“X-Files”) “Millenium”, la serie de televisión en la que el particular criminólogo Frank Black se metía en las mentes de estos asesinos seriales en medio de un contexto místico. A partir de ambas obras se multiplicaron tanto los films como las series dedicadas a indagar sobre las psiquis retorcidas de estos seres.

A fines de los ´60s, en San Francisco y zonas aledañas comenzaron a sucederse una serie de misteriosos y crueles asesinatos, a lo que luego se sumaron cartas dirigidas a los diarios del supuesto autor, que firmaba como “Zodiac”. Todo asesino serial, según las patologías que se dice los caracterizan, buscan siempre en el fondo ser atrapados. Hay una necesidad de ser perseguido y atrapado detrás de, muchas veces, el compulsivo cuidado que ponen en sus crímenes. En este caso, esta necesidad era elevada a un nivel de deseo desmesurado por atención.

Los medios acceden a sus demandas de publicidad, convirtiéndolo en un invisible y omnipresente fenómeno mediático. Esto fuerza a la policía a convertirlo en una prioridad, porque de eso depende su imagen pública.

Fincher introduce más o menos rápidamente a los personajes principales: Robert Graysmith (un medio “alunado” caricaturista del San Francisco Chronicle que lentamente se va obsesionando con el asesino, hasta convertirlo en el libro que, precisamente, dio pie al film), Paul Avery (el periodista de policiales que seguirá el caso durante años), Dave Toschi y Bill Armstrong (los dos policías que se ocuparon del caso).

Una frase clave, que parece hablar más de los perseguidores que de la presa, aparece en el medio de la película, cuando uno de los personajes dice que todos los días muere gente e incluso en algunos lugares, por día, fallece más gente que la que ha matado el asesino en años. Entonces, ¿por qué la fascinación por este personaje invisible que contamina a todos los demás sin haberlos tocado? Fincher no incluye la respuesta pero, como en todos sus films, esta es la fascinación por el monstruo.

Las referencias cinematográficas a los films policiales y a los de monstruos (en uno, “El juego más peligroso”, film de clase B en el cual el asesino se hubiera inspirado) resignfican la propia trama. Ficción y realidad, ambas fundidas y construidas en una nueva forma de entretenimiento. Mientras el monstruo permanece en la pantalla, el horror se sublima en una forma de oscuro placer. Cuando sale y pisa el mundo de todos los días, se vuelve más grande y más terrible que en su forma ficcional.

El ritmo del film no sube ni baja, sino que permanece en una suerte de tenso transitar. El tiempo aparece marcado no sólo por el calendario, sino también por la paleta cromática, que sutilmente va virando de los ocres de los ´70s hacia los más metálicos de los ´80s de manera muy lenta. Es peculiar, también, que el contexto histórico es apenas mencionado (Vietnam, Nixon, las nuevas corrientes feministas, los restos del hippismo, y San Francisco fue escenario importante en todo esto). Aparece en los personajes, pero no explicitado como enunciado específico. Dentro de la Gran Historia de esos años, estos personajes viven dentro de su propia película, que gira alrededor de Zodiac. Parece hasta irónico que quien más se obsesiona con el caso sea un caricaturista, aquel que dibuja una pintura exagerada y deforme de la realidad, que es muchas veces lo que mejor la describe. Su contraparte, el asesino, ¿será entonces aquel que en su monstruosidad mejor describa la sociedad enferma que lo engendra y lo consume?

El problema es que un film no es un libro, y pasada la mitad del trayecto de la narración, esta parece de golpe detenerse, como si en una noche lluviosa las ruedas comenzaran a girar en falso sobre el barro. Coincide con un stop real en la trama, pero el respeto por este momento se excede en su duración, los personajes parecen diluirse un poco, y la tensión decae porque el conflicto aparece dilatado. Más adelante la narración se reencausa, llegando a un pico de clímax en una escena marca registrada de Fincher, donde toda la tensión y la angustia del momento se condensan y encierran en la cabeza de un alfiler, deseando estallar; es el momento en que el planteo del film y la búsqueda simbólica del protagonista encuentran un lugar. Toda la información y la obsesión acumuladas durante el transcurso de la trama juegan con palabras escasas y justas, con una selección de planos y encuadres encadenados con el tiempo y el tempo necesarios, el sonido de golpe cobra vida para la narración. Por eso, en ese sentido, el relato juega como una valija con doble fondo; lo más interesante no es la anécdota lineal con su conclusión, sino el otro, más subterráneo, que tiene su propio tiempo y su propio epílogo dentro de la forma más allá del contenido explícito.

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4/5/2007

     
     

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