Cuerpos y corazones solitarios I

(De mí) - Juan Coulasso y Daniela Cuculiansky

Vivimos en la era de las redes sociales, pero, si uno pide que levante la mano quien no se siente en estado de crisis, o que en ningún momento se siente en soledad, las manos permanecen donde están y se hace, por unos breves instantes, un silencio algo incómodo. No estoy seguro de llamarlo tendencia, tampoco podría afirmar que está desbancando la proliferación de familias disfuncionales que esperan un milagro para salvarse de la malaria económica pero, me arriesgo a decir, los personajes no extrañados que experimentan la soledad se multiplican en la cartelera porteña. Es decir, ya no son tampoco seres que no accionan (la otra usual alternativa), que dejan transcurrir el tiempo sin saber bien qué hacer o por qué hacerlo, ya no es el tiempo que parece no moverse, sino todo lo contrario.

La referencia a la reiteración no pasa por una cuestión de originalidad, sino de cierta manera de experimentar el mundo que se filtra en las formas de hacer (de ahí la repetición en las estructuras)… Tomo obras para ejemplificar, no con la intención de ubicarlas en un lugar especial, sino porque me sirven de boyas que, a mi entender, condensan formas, caminos.

Se reiteran las coralidades, pero, ahora, no son familias, sino grupos incluso hasta de desconocidos que no consiguen hacer contacto. Las estéticas difieren, así como también los registros de actuación elegidos. El vínculo básico que une a estas obras es el estado de los personajes, que no tienen del todo claro quiénes son, ni cómo encontrarse con el otro, fuentes principales de una angustia que puede aparecer tanto desde el drama como desde el humor.

En “Noche Buena”, de Martín Goycochea, por ejemplo, hay cuatro personajes, y ninguno puede estar con el otro. Cuerpos y textos que funcionan como temas musicales. Cada uno en su forma, prueban y reinciden. Son imágenes yuxtapuestas de una película. La risa viene del patetismo, la empatía y la identificación también. Miradas que no tienen la devolución esperada… Imágenes yuxtapuestas que se rozan, pero no se pueden abrazar. Max toca la canción que Luz quiere escuchar de Francisco, pero Francisco mira a Julieta, que no sabe qué hacer con eso… Da risa, pero también es triste. Cada acción, cada forma de pararse o quebrarse, cómo se hablan o miran (la mirada, una y otra vez), la manera en que este espacio escueto en que se mueven los encima, sin que eso cambie nada. Todo lo que es forma está acentuado: el pasillo / escenografía despojado, de cada personaje lo que está en escena es una síntesis exacerbada, el ritmo y el tempo siempre arriba. Sin embargo, el contrapunto está dado por la imposibilidad de romper, de verse. Los personajes no son más que su búsqueda de no estar más solos, pero no importa cuánto se muevan o zarandeen, al final de la noche se siguen sintiendo tan aislados e incompletos como al inicio…

En “(De mí)”, de Juan Coulasso y Daniela Cuculiansky, los personajes deambulan por la ciudad, donde predomina el choque y la posibilidad de conectarse es fantasía que atraviesa el día y pega fuerte cuando cae la luz. Ya no es sólo la necesidad de un otro que acompañe, sino la incertidumbre de quién se es y qué se quiere. Los textos, los tactos, las miradas, la luz que demarca espacios que, en la noche, son como islas tan cercanas y tan lejanas. No es que los personajes no quieran acercarse, sino que no tienen del todo claro cómo hacerlo o cómo romper el mecanismo en el cual se sienten insertados… En “(De mí)” aparece también la necesidad del tag que identifique, que categorice. Así como en las redes sociales o en los blogs los temas se separan de esa manera, aclarando el contenido para el usuario en medio de una marea de estímulos, así nos manejamos en la vida cotidiana. Nos ponemos rótulos que nos encuadren más fácilmente para quienes desean consumirnos. Los personajes entran, de forma más o menos consciente en cada caso, en conflicto con esos rótulos. El problema es que, sin los tags, ¿quiénes son? ¿qué quieren ser? ¿quiénes quieren ser? Y la pregunta (que no es explícita, sino que se muestra desde el gesto, desde ese movimiento mecánico que, de repente, se torna extracotidiano – como quitarse el maquillaje o sacarse una foto sonriendo, como mirar por enésima vez la misma película o soñar con volar y escapar -), por alguna razón, siempre aparece en el momento de soledad, cuando sólo ellos pueden verse; hacia afuera no debe notarse, al menos no demasiado. El contrapunto es la necesidad de, incluso en el sin brújula, animarse a fantasear de nuevo en el inicio de cada día, inventarse un motivo para ponerle pilas a la cuestión y seguir remando. La forma - el diseño del espacio, los cuerpos que se endurecen y se relajan o quieren hacerlo, la luz que construye topografías, la música, en la cual contrasta melodías y silencios, los que, a su vez, replican aquellos que son lo no dicho por los personajes -, habla de multiplicidad, de preguntas, de máscaras que no terminan de caer que vuelven a armarse para salir al mundo…

En un estilo de mayor distanciamiento, “El último fuego”, de Dea Loher y dirigida por Ana Alvarado, encuentra a un grupo de personajes conmocionados por un accidente fatal. El relato, frío en el decir, explicita la representación, por la cual transcurren personajes caídos que no pueden realmente conectar o que, cuando lo hacen, resulta algo antinatural. Es como si el estado normal de los personajes fuera el desequilibrio, la melancolía, la imposibilidad visceral de concretar vículos profundos duraderos. Nadie realmente toma responsabilidad por ninguna de sus acciones y buscan múltiples maneras de esquivar esa cuestión, así como ninguno de sus intentos por corregir errores resulta exitoso. Estos personajes van a la deriva, pero no ya porque no se muevan o se dedican a contemplar desde la parálisis, sino que incluso en su intención de generar movimiento, fracasan… Con los espectadores distribuidos en puntos opuestos de la sala del Espacio Callejón (un recurso que, de manera similar, utiliza “(De mi)”, enfrentando dos filas de espectadores, reforzando la cuestión del voyeurismo hacia dentro – los personajes están siempre expuestos – y hacia fuera – los espectadores pueden espiarse unos a otros -), las miradas se dispersan (los ángulos de visión sobre la escena difieren notablemente). Casi todos los huecos de la sala son incluidos en el diseño de espacio, acentuando la distancia simultáneamente pequeña y grande de los protagonistas. Están ahí uno del otro, son parte del mismo barrio y, sin embargo, el contacto entre ellos es casi doloroso…

La “familia disfuncional” no es un tema nuevo, para nada. Aparece en las tragedias griegas, Shakespeare, Florencio Sánchez, Tito Cossa y Bartís. En la forma que adquiere la reiteración es donde aparecen las marcas de aquel mundo que excede la anécdota. No es lo mismo el conflicto propio de “Hamlet” o “Barranca abajo”, que el de “De mal en peor” o “La omisión de la familia Coleman”. En la “familia disfuncional” de los últimos años, cuando la figura se reitera en las cada vez más obras de la cartelera porteña, muestra un grupo familiar donde los integrantes aparecen como ligados a la fuerza, sin nada que realmente los una, más que la desgracia común o la historia lamentablemente compartida. Está, también, la cuestión de la recurrencia, como aparecía en una obra como “Flía” (2006), del grupo La Fronda, hace unos años, o en “Insoportable” (estrenada en 2007 y que siguió haciendo funciones en 2009, inclusive), de los rosarinos Los hijos de Roche, más acá en el tiempo. Aquello que ocurrió habrá de repetirse nuevamente. Lo que en narrativas anteriores se mostraba como un hecho extraordinario o un anuncio de derrota (¿Incluir “La nona”, por ejemplo, entre estos casos?), en su forma presente es la norma. En el grotesco de Discépolo, el héroe se enfrenta, en el final, con su rotundo fracaso. En los personajes de las familias de los últimos años, no hay desenlace trágico, porque no es posible realmente un clímax, no hay desahogo. La historia familiar de fiascos, engaños y bruta negación cierra con candado un círculo vicioso.

En “Pornodrama II” (2008), de Alejandro Casavalle, había una imposibilidad de sentir, como si hacerlo fuera una señal de debilidad. En “Prometeo. Hasta el cuello” (2008, con funciones en FIBA 2009), de Diego Starosta, ninguno de los protagonistas decidía jugarse por nada, eligen no elegir y, quien toma una posición de resistencia, está condenado. ¿Síntomas? Casualmente, posteriormente a la crisis general de 2001, Rubén Szumacher había puesto en escena un trabajo colectivo de dos años de investigación, “Siglo de Oro del Peronismo”, donde los personajes eran incapaces de construir nada en colectivo al punto de implotar y quemar aquello que los rodea. En estas obras, pese a que el vínculo entre los personajes era de otro tipo (son amigos, compañeros militantes, colegas), quizás, la estructura de relaciones entre ellos seguía, en cierta forma, la línea de la “familia disfuncional”. En las obras más recientes, ese esquema se va diluyendo, deshaciendo… En “Sangra” (2009), de Guillermo Cacace, por ejemplo, se da el caso inverso, donde hay un grupo familiar que, sin embargo, no se maneja como tal y, al contrario, se empeña en romper los códigos de vinculación; impera el sálvese quien pueda y como pueda (algo que se filtra, también, aunque de manera más amable, en “Lucidez” -2008 -, de Guillermo Arengo).

Mientras que los personajes de “El último fuego” se mueven en arena movediza, sintiéndose en cada intento por salir de la melancolía aun más decepcionados (desilusionados, quizás, sería una palabra más adecuada) y a la deriva, los protagonistas de “(De mí)”, quieren creer a pesar de todo. En la primer obra, todos se conocen, pero no pueden ayudarse. En la segunda, son desconocidos que desearían poder encontrarse porque se reconocen solos, aunque todavía no sepan qué hacer con eso. En la primer obra, pienso, quizás, en una idea de fracaso de proyecto colectivo. En el segundo caso, como en “Noche Buena”, la necesidad es más básica en cuanto al hallarse. En esta última, los personajes no pueden entenderse unos a otros: cuando se hablan, no se comunican, como si manejaran distintos códigos y, entonces, no hay encuentro, sino todo lo contrario. En “(De mi)”, la crisis es más profunda, en tanto esos mismos códigos entran en conflicto hacia dentro de los propios individuos – de lo cual cada uno es más o menos consciente y que sobrelleva como mejor puede -.

Si bien hay en los últimos dos años intentos de retorno formal del rol del dramaturgo, sigue predominando la ausencia del relato. Mientras que esto puede ser un recurso estético-poético, en la repetición lo que muestra es a seres que no pueden construir hacia delante. Simultáneamente, no dejan de accionar; la noción de detenerse no está, porque el tiempo – que se convierte, así, en un personaje más que juega como oposición – se reinicia permanentemente, “Día de la Marmota” dixit. Códigos, valores, identidades individuales y colectivas, todo en estado de crisis.

Para contactar a Diego Braude, clickear aquí

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