“El ardor”: Entrañas argentinas

El ardor de las vísceras tras un locro abundante que hace explotar al protagonista. Un mecánico atravesado por la historia argentina y su mestizaje. A grandes rasgos la obra de Ricardo Holcer, es un camino escabroso y suculento que deja a carne viva los discursos políticos de un país golpeado y reprimido. Un país tan crucificado por los mismos nombres disfrazados una y otra vez. Un país que come compulsivamente un locro viejo, a pesar de su estado putrefacto, como signo de su idiosincrasia.

Y en medio de ese panorama, el discurso paternalista que doblega la opinión, el discurso de una madre abnegada y ultrajada, arrollada por una historia sin tierra, arrollada por la masacre sistemática. Y entonces el resultado: un obrero a medias, un obrero que no se termina de constituir como clase, porque cada vez que quiere arrancar su maquinaria, metafórica y literalmente, se corta la luz. Un obrero que nunca llega a protestar por el mismo, uno que se encuentra manipulado por mil quinientos patrones.

Ese es el ardor. La necesidad exasperante de salir de un ring en el que el contrincante no tiene un rostro preciso.

Con esa historia el director propone una puesta que alterna entre la realidad y la fantasía o los recuerdos del mecánico. Con ese vaivén temporal Holcer se mete en núcleos públicos y privados que destejen el entramado social y observan de modo crítico, y claramente subjetivo, el proceso que se generó y se genera dentro de estos cuerpos bastardeados y encerrados a presión.

Éste vaivén temporal se compone desde la acción de encarnar diversos personajes, tanto desvastados como nefastos, que construyen imaginariamente otros espacios. Gracias a eso se ve, en la puesta, el presente (un presente desdoblado entre la realidad del espacio teatral y la ficción compuesta por el taller mecánico) y se recuerdan y se oyen varios pasados (llenos de conquistas, golpes de estado y crisis económicas). Todos estos espacios y tiempos confluyen desde la puesta en la oscuridad y en la atmósfera agobiante, marcando un constante paso de lucha.

Entonces, toda la obra es crisis, sin embargo está relatada desde la risa. Sí, la risa como el único medio que ofrece cierta descarga, cierta digestión y cierto modo de distanciar el dolor constante con el que juega el actor, Marcelo D’Andrea.

Autoría: Marcelo D`Andrea Dirección: Ricardo Holcer Intérprete: Marcelo D`Andrea Vestuario: María Claudia Curetti Diseño de escenografía: Ricardo Holcer Diseño de luces: Ricardo Holcer Realización escenográfica: Marcelo D`Andrea Asistencia de dirección: Sergio Bonacci Lapalma Prensa: Julia Laurent. Info sobre funciones de “El ardor”

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El ardor de las vísceras tras un locro abundante que hace explotar al protagonista. Un mecánico atravesado por la historia argentina y su mestizaje. A grandes rasgos la obra de Ricardo Holcer, es un camino escabroso y suculento que deja a carne viva los discursos políticos de un país golpeado y reprimido. Un país tan crucificado por los mismos nombres disfrazados una y otra vez. Un país que come compulsivamente un locro viejo, a pesar de su estado putrefacto, como signo de su idiosincrasia.

Y en medio de ese panorama, el discurso paternalista que doblega la opinión, el discurso de una madre abnegada y ultrajada, arrollada por una historia sin tierra, arrollada por la masacre sistemática. Y entonces el resultado: un obrero a medias, un obrero que no se termina de constituir como clase, porque cada vez que quiere arrancar su maquinaria, metafórica y literalmente, se corta la luz. Un obrero que nunca llega a protestar por el mismo, uno que se encuentra manipulado por mil quinientos patrones.

Ese es el ardor. La necesidad exasperante de salir de un ring en el que el contrincante no tiene un rostro preciso.

Con esa historia el director propone una puesta que alterna entre la realidad y la fantasía o los recuerdos del mecánico. Con ese vaivén temporal Holcer se mete en núcleos públicos y privados que destejen el entramado social y observan de modo crítico, y claramente subjetivo, el proceso que se generó y se genera dentro de estos cuerpos bastardeados y encerrados a presión.

Éste vaivén temporal se compone desde la acción de encarnar diversos personajes, tanto desvastados como nefastos, que construyen imaginariamente otros espacios. Gracias a eso se ve, en la puesta, el presente (un presente desdoblado entre la realidad del espacio teatral y la ficción compuesta por el taller mecánico) y se recuerdan y se oyen varios pasados (llenos de conquistas, golpes de estado y crisis económicas). Todos estos espacios y tiempos confluyen desde la puesta en la oscuridad y en la atmósfera agobiante, marcando un constante paso de lucha.

Entonces, toda la obra es crisis, sin embargo está relatada desde la risa. Sí, la risa como el único medio que ofrece cierta descarga, cierta digestión y cierto modo de distanciar el dolor constante con el que juega el actor, Marcelo D’Andrea.

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