“Un hueco”: Sueños rotos

Entramos al club, subimos por la escalera. Bullicio. Poca luz. Sandwiches (sanguchitos) y vino. No lo sabemos aun, pero asistimos a un velorio. Alguien murió y el pueblo asiste al evento pero, ¿por qué?

Se abre una puerta, pasamos, volvemos a ser espectadores.

Los tres amigos históricos del difunto se reunen en el vestuario. Entre las luces de tubo y los lockers vacíos, se rebelan contra el morbo de lo que hay ahí afuera. Pero, también, se esconden (o se refugian) de tener que enfrentar los hechos. Cada uno lo hace como puede… la muerte no viene con un manual de instrucciones.

Uno de los amigos anda rengo, el otro viene aporteñado (es el que dejó el pueblo y se fue a Buenos Aires) y el tercero tiene un pedo que apenas puede sostenerse en pie. Los une la muerte y el espanto (y ahora pienso en cuánto eso se repite en nuestra historia… pero divago…); la muerte del amigo que se fue antes de tiempo y el espanto por el circo que hay tras las puertas (no obstante lo cual eso no les impide calentarse con las meseras que sirven el copetín o espiar, en algún caso, en qué anda un viejo amor). Fuera de eso, sólo quedan rastros de la vieja amistad, esa cosa de conocer a alguien de toda la vida y que, aunque no te veas por siglos, siempre algo queda de lo que alguna vez fue (o eso querés suponer).

Quedarse en el vestuario es retrasar lo inevitable. Es eso, es una demora. Pero, también, es poder escupir todo aquello que saben que afuera no pueden, que afuera hay que mantener las apariencias, que no se note la mierda. El vestuario es una trinchera.

En los cuerpos de los amigos están las marcas de todos los días. Para los que se quedaron, no hay tranquilidad y paz, sino la repetición al infinito de siempre lo mismo y de que todos sepan quiénes son y qué hacen o dejan de hacer. Para el que partió a Buenos Aires (que vuelve prolijo y trajeado), es la ciudad que se lo canibaliza y que nadie sepa quién es. Es como si no quedara otra cosa que la derrota, sin puntos medios. Los pocos respiros aparecen en las complicidades chiquitas, en alguna memoria guardada. Para los que se quedaron, el que dejó el terruño es un poco un traidor; para el que eligió otro camino, ellos no se atrevieron a comenzar de nuevo… Consiguen reírse, a veces, pero constantemente se chocan… ¿golpearse para no aflojar? ¿golpearse para poder tocarse? ¡Bum! Y, después, de nuevo, mantengamos la compostura, que afuera no se pueden dar cuenta que todo está por (debería, quizás) estallar…

A veces levantan la voz, pero en seguida se recuerdan que no pueden gritar mucho, que de afuera los van a escuchar. Pero, ¿cuánto tiempo pueden quedarse guardados? Es un poco un ejercicio, pero también una búsqueda (qué buscan, quizás ni ellos mismos lo saben). El afuera, el muerto, están en la palabra y en su propio cuerpo (por momentos, se me ocurre, quisieran poder exorcizarse, ser otros y tener otra historia, pero no hay caso, no es posible).

Poder salir es, pienso, para ellos, aceptar que algo ahí ha muerto, y no es sólo el finado; pero, de nuevo, la muerte no viene con manual de instrucciones…

Autor y Dirección: Juan Pablo Gómez Intérpretes: Patricio Aramburu, Nahuel Cano, Alejandro Hener Diseño de luces: José Pigu Gómez, Carolina Rolandi Fotografía: José Pigu Gómez, Hernán Paulos Diseño gráfico: Natalia Domato, Alejandro Null Asistente de producción: Javier Marra Asistencia de dirección: Natalia Gutiérrez Prensa: Luciana Zylberberg Producción: Luciana Zylberberg Web: http://www.unhuecoteatro.blogspot.com. Info sobre funciones de “Un hueco”

Para contactar a Diego Braude, clickear aquí

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