“Todos eran mis hijos”: Sin salida aparente…

La Guerra (la Segunda). Un hijo ha muerto. No, corrección, ha desaparecido. Un hombre, su padre, ha invertido toda su vida para construir y mantener un negocio. Otro hombre, su hermano, es el heredero del negocio, aunque no lo quiere, y es el que lleva la carga de ser “el que sobrevivio” y el que ha visto el horror y ha vuelto, no para contarlo, sino para darse cuenta que en su barrio nada ha cambiado (o que prefieren olvidar, o hacer de cuenta que no pasó nada, y seguir adelante con su cotidianidad). Una mujer, la madre, recuerda todos los días, obsesivamente, compulsivamente; es necesario esperar al hijo, nada debe moverse de su lugar. Otra mujer, en su momento la novia del que no está, llega para confirmarle al que sí está que el amor que el siente por ella es correspondido. Otro hombre, ausente pero vivo, el padre de la segunda mujer, lleva otra carga: la de estar preso por un crimen del cual puede o no ser responsable en su totalidad, relacionado a su vez con la muerte / desaparición del que no está. A todos ellos los rodea una recuperada normalidad que va a estallar en mil pedazos.

Joe es el patriarca. Chris el hermano sobreviviente. Larry el desaparecido. Kate, la madre. Anne, la novia. Steve, el padre de Anne, en la cárcel cumpliendo condena.

Secretos, culpas, ambiciones, responsabilidades, sueños rotos, abandonados o nunca iniciados… Nadie está donde ni con quien quiere estar. Todos han sido, en mayor o menor medida, cobardes que en ningún momento se la jugaron por aquello en lo que creían, que optaron por hacer lo que se suponía que debían hacer sin cuestionar. Todos han querido ser correctos, llevar una vida tranquila y sin sobresaltos. Pero todos, en realidad, callan sus angustias, sus rencores, sus resentimientos… No hables, no digas, no te metas… Ni siquiera los inocentes de la historia lo son del todo, por no haber preguntado, por no haberse rebelado, por haber, como sus antecesores, aceptado.

En la tragedia, y “Todos eran mis hijos” es una, el destino es ineludible. Determinados catalizadores disparan los hechos trágicos que ya estaba prefigurado habrían de ocurrir. No es posible escapar a lo que ya está escrito, y lo que ha ocurrido en el pasado, volverá a ocurrir en el presente. No se puede romper el círculo… o quizás sí, pero los personajes de Arthur Miller viven su realidad en tono trágico, como si no pudieran escribir su propia historia y estuvieran limitados a continuar lo que otro ya ha escrito por ellos (o, quizás también, porque no quieren hacerse cargo de lo que implica quebrar ese círculo de eterno retorno).

La casa, el patio, los muebles, el vestuario; todo apunta a la estabilidad, al “para la foto”. Realismo despojado, palabras de una poética seca. No son personajes que quieran o se permitan aspirar a lo excepcional. Más bien, exactamente lo contrario, y eso los ha ido o los va matando de a poco. Dentro del ritmo apasible que lleva la obra, con sonrisas sostenidas con esfuerzo, con risotadas a chistes que no ameritan tanta reacción, se adivina la tensión que crece. Lo hace a través de lo que no puede ser dicho, de lo que se escapa y señala lo que se esconde. La máscara se va descascarando, hasta que se venga completamente abajo. Son los hijos que heredan lo construido por sus padres y deben decidir qué hacer con eso. Son los padres, que no están del todo felices de ver en qué se han convertido. Son los que miran de afuera esperando que todo reviente.

Decir que los clásicos (y supongo que se puede incluir a esta tragedia de 1947 de Miller en la lista) están siempre presentes es, hasta cierto punto, falso. Tienen, sí, la capacidad de atravesar el tiempo y verse apropiados por nuevas generaciones una y otra vez en tanto se entiende que condensan y se relacionan con conflictos del tiempo actual. Pero esto nunca ocurre de la misma manera y, creo, es necesario preguntarse acerca de las razones no teatrales por las cuales estos “clásicos” retornan…

Autoría: Arthur Miller Dirección: Claudio Tolcachir Intérpretes: Marina Bellati, Carlos Bermejo, Lito Cruz, Federico D’Elia, Adriana Ferrer, Diego Gentile, Vanesa González, Esteban Meloni, Ana María Picchio Peinados: Germán Abas Maquillaje: dolores jimenez Diseño de vestuario: Gabriela Pietranera Diseño de escenografía: Mariana Tirantte Diseño de luces: Omar Possemato Música original: Federico Grinbank Asistencia de escenografía: Gonzalo Cordoba Estevez, Mariela Solari Asistente de producción: Jorge Graña, Victoria Lanusse Asistencia de dirección: Mauro Antón Prensa: Debora Lachter Producción técnica: Andrea Czarny Producción ejecutiva: Luciana Zylberberg Producción: Daniel Grinbank Producción general: Daniel Grinbank Dirección de Producción: Florencia Borensztein Jefe de escenario: Sabrina Gómez. Info sobre funciones de “Todos eran mis hijos”

Para contactar a Diego Braude, clickear aquí

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