“Jujuy”: Lo irreconciliable

Ella desea dejarlo entrar. El entra de cualquier modo, pero ella ya no está. Se ven, se acercan, pero nunca logran juntarse. La geometría de la arquitectura marca la imposibilidad de una unión: una puerta casi siempre cerrada,  un recuadro que se abre y descubre un lugar íntimo (develado ante nuestra mirada)1 donde ellos nunca convergen.

Un conflicto amoroso irreconciliable. Un movimiento que distancia la intención de su acción. Un pasaje que se vuelve constante. Él, ella, él en ella, ella en él. Chiste para cortar el momento. Ya no es ninguno de los dos. Son dos niños. Son ellos, encaprichados inmersos en una indecisión constante. ¿Él en ella? ¿Ella en él? Reconciliación imposible.

Una escenografía que los invita a un juego por momentos poco explorado y caprichoso. La puerta al principio de la obra, mientras el público aun está ingresando en la sala, modifica su estatuto continuamente: es lugar de descanso (ya que cuenta con unas tablas adheridas a su superficie para  sentarse), de paso (de adelante hacia atrás) y de recorrido exploratorio (los interpretes la trepan, se cuelgan, exploran su posibilidades). Después todo ese primer juego se pierde, devolviéndole a aquel objeto su esencia más funcional: lugar de pasaje, abrir-cerrar, invitar- rechazar.

Por otro parte los interpretes hacen uso de algunos elementos que no terminan de adquirir sentido dentro del devenir de la representación resultando ser algo caprichosos dentro de la propuesta: la máscara de vaca, el flotador de patito y el vestuario. Y en este punto me gustaría detenerme, porque si bien estos elementos aparecen sin  construcción previa, a no ser el del vestuario que tiene un recorrido más desarrollado dentro de la obra, podemos interpretar ese azar como un elemento formal que profundiza en lo irreconciliable de la relación entre estos personajes. Porque también hay algo caprichoso en sus formas, en sus miradas, en el vínculo que establecen. Volviendo al vestuario, ellos se cambian frente a nosotros pero dentro de los límites de su hogar, componiendo una intimidad develada (nos invitan a mirar), e intercambian sus ropas entre ellos esta vez a escondidas, buscando generar un efecto cómico y  sorpresivo que alimenta un poco este acontecer infantil y   antojadizo.

La composición del movimiento también nutre este juego marcando de manera más clara lo irreconciliable. Por un lado esta historia de amor, algo que no es contado, narrado y representado; por otro lado el movimiento, compuesto desde un lenguaje abstracto que produce un fuerte efecto de separación de la historia que se nos está contando.

Dos, sólo dos. Ninguno frente al otro. Sin saber por dónde, ocurre lo que ocurre. Ella sentada, él sobre ella, sin miradas, sin roces. Juego, capricho. Ella no acepta, él no la conmueve. Él vuelve a intentar. Histeria, enojo, reencuentro truncado. Chau: la puerta ya no se abre. Ellos afuera, adentro, uno y uno, es lo mismo. La reconciliación, nuevamente, resulta imposible.

Dirección: Ana Garat Intérpretes: Rosaura García, Emanuel Ludueña. Info sobre funciones de “Jujuy”

Para contactar a Agostina Dolcemáscolo, clickear aquí

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