“Potestad”: Los tiempos han cambiado, ¿o no?

“Potestad” se estrenó originalmente allá por el año ’86, un año después de “La Historia Oficial”. Ese mismo año, el 24 de diciembre, se promulgaba la Ley de Punto Final, en la que se leía “se extinguirá la acción penal contra toda persona que hubiere cometido delitos vinculados a la instauración de formas violentas de acción política hasta el 10 de diciembre de 1983″. La ley no abarcaba, sin embargo, lo referido al secuestro y tenencia ilegal de chicos hijos de desaparecidos. “La Historia Oficial” y “Potestad” ponían su acento en un tema que habría de cobrar mayor fuerza unos diez años después cuando, en 1998, las Abuelas de Plaza de Mayo consiguen que se reabra la causa (una de tantas ironías de nuestra historia legal, es que la que la reabra sea la jueza María Servini de Cubría, quien años antes había cobrado notoriedad cuando detuvo la emisión, sin haberlo visto, de un programa de Tato Bores en el cual hacía humor del hecho de que se le hubiera impuesto una multa de 60 pesos después de diez pedidos de juicio político por irregularidades en su manejo de la megacausa que involucraba a la familia Yoma. A partir del ’98, la jueza habría de ir cambiando su imagen radicalmente con respecto a aquellos primeros años de los ’90).

En el inicio de la obra, un hombre sale, camina algo cansado. Comienza a hablar a público. Se lo quiere ganar, es simpático, hace chistes, se muestra relajado. Cuenta una escena, la de un día en el que su vida cambió. Pero no va directo a eso, primero se narra a sí mismo, el cómo conoció a su mujer. Cada tanto, retorna a la escena, donde están presentes él, su esposa y su hija adolescente. La imagen costumbrista del inicio se va modificando en otra cosa. La escena culmina cuando alguien viene y se lleva a la niña. El que se la lleva, recuerda el hombre, le recuerda que los tiempos han cambiado. La descripción inicial del personaje hacía pensar en alguien oscuro y es posible asociar con la idea de secuestro su presencia; el final de la secuencia lo muestra como un abogado que le dice al hombre que él sabía que esto habría de ocurrir…

Lo que sigue es la soledad, el aislamiento, la angustia, el sentirse incomprendido, la locura; también, la deconstrucción del personaje. ¿Quién es?, ¿Cómo llegó a esto?, ¿Por qué está tan solo?, ¿Cómo piensa?

Es un unipersonal, por más que en la segunda mitad de la obra haya presente un personaje femenino, que apenas habla, que no lo puede tocar siquiera (lo que hace dudar de que sea real y no un recurso del protagonista para fabricarse alguna suerte de interlocutor, alguien que lo acompañe, aunque su callar y su distancia quizás lo hagan sentir aun más solo…). A sus palabras siempre le responde el silencio, nadie le discute ni se le opone, todo eso ocurre por fuera de la escena, a través de su discurso…

El que se lleva a su hija habla de tiempos que ya no son los de antes. Pero no hay valoración de esos tiempos presentes ni de los pasados. Los nuevos son, simplemente, distintos, en los cuales  lo que antes estaba permitido ya no lo está y, por eso, este hombre ahora es un paria. Los vecinos que antes eran sus amigos, ahora lo miran con desprecio… ¿porque han descubierto quién es realmente?, ¿o es, simplemente, porque ahora se lo señala como indeseable?. “Los tiempos han cambiado” hace pensar, también, es que no es improbable que puedan volver a cambiar y volver otra vez normal aquello que en los nuevos ha dejado de ser considerado así.

Ahora bien, si este hombre es víctima o victimario depende, en cierta medida, también, de dónde se pare el espectador, de cuál sea su propio pensamiento y, en ese sentido, no queda otra que tomar una posición, y eso sólo toma forma duradera realmente fuera de la sala…

Autoría: Eduardo Pavlovsky Dirección: Norman Briski Intérprete: Susana Evans, Eduardo Pavlovsky Diseño sonoro: Martín Pavlovsky Asistencia de dirección: Eduardo Misch Prensa: Adriana Schottlender. Info sobre funciones de “Potestad”

Para contactar a Diego Braude, clickear aquí

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