Entrevista a Lola Arias: Mi vida después

Un biodrama que parte de la vida de seis actores, hombres y mujeres que tratan desde su generación conocer su identidad. Una identidad coartada en el terror de la dictadura del ’76. Estos hombres y mujeres se envuelven en la ropa de sus padres para tratar de comprenderlos, de acercarse, de un modo más o menos trágico, a sus vidas. Entonces, surgen no sólo padres desaparecidos en la dictadura, sino también padres partícipes de la misma. Así, “Mi vida después” de Lola Arias, plantea la crudeza de tener que reconocerse en sitios donde no gustaría haber estado. Y apunta al centro del pecho como un fuerte acorde musical que nos sacude, como un solo de batería que revienta y nos provoca gritar sobre lo roto.

“Mi vida después”, podrá ser una obra excepcional por su puesta, por la propuesta del vestuario, por la credibilidad de los rostros, por la realidad de lo dicho, por los efectos de imagen que logra con los diferentes niveles de espacio que maneja, por la dinámica que genera en el relato de las historias, pero es una obra excepcional porque nos nombra y renombra desde adentro, porque en la crítica a aquella época aún viven sus protagonistas, y son ellos los que se animan a subirse al escenario para narrar.

¿Cómo vivieron la creación de Mi vida después?

Cuando decidí el concepto de la obra, empecé a entrevistar a actores de mi generación sobre su historia familiar. Cada uno venía a verme con sus fotos, sus cartas, los objetos de sus padres. Así conocí muchas historias increíbles de mi generación. Elegir a los actores para protagonizar la obra fue bastante difícil pero al final lo más importante fue que las historias muestren distintas perspectivas para reconstruir lo que pasó. Por eso era importante por ejemplo tener en la obra a Carla, una hija de un guerrillero muerto en combate y a Vanina, una hija de un oficial de inteligencia que robó un bebé, en la misma obra. No para igualar las historias sino porque las dos historias puestas una contra la otra permiten una reflexión más compleja sobre la relación de nuestra generación con ese pasado.

¿Cómo fueron trabajando cada historia?

Carla Crespo, Liza Casullo, Blas Arrese Igor, Mariano Speratti, Vanina Falco y Pablo Lugones participaron muy activamente en el proceso de construcción de la obra porque se convirtieron en investigadores de su propia historia familiar y en creadores del relato. Revolvieron cajones buscando fotos y cartas, hicieron preguntas a sus familias que nunca antes habían hecho, contactaron compañeros de sus padres si estaban muertos, discutieron conmigo cada frase del texto. Sin ellos, “Mi vida después” no podría existir.

¿Por qué elegís narrar la época de la dictadura por medio del biodrama y no por medio de una ficción?

La palabra biodrama es una palabra que inventó Vivi Tellas que está relacionada con su ciclo de obras basadas en vidas reales. Pero no siempre los biodramas tuvieron un desarrollo documental, hubo muchos trabajos que fueron ficciones inspiradas en un hecho real pero que no tenía ningún elemento de realidad en la puesta.
Las obras que se basan en documentos se llaman obras documentales. Para mí era importante hacer una obra donde se hable de la dictadura a partir de los documentos porque creo que cada carta, cada foto, cada cassette que se muestra en la obra no es solamente un elemento privado de la vida de cada actor sino un testimonio de una manera de pensar, de una manera de vestir, de una manera de vivir. Los documentos si se utilizan inteligentemente pueden revelar muchos secretos.

¿Por qué incorporás la ropa en la puesta en escena? ¿Simbolizan los cuerpos desaparecidos?

Yo no hago teatro de símbolos. La ropa que está en escena es ropa. No es símbolo de nada. La ropa de un elemento más que cae del techo, se investiga, se viste para representar el pasado.
Hay una foto mía a los 9 años vestida con la ropa de mi madre, sus anteojos y un diario en la mano. En esa foto yo actúo de mi madre y actúo mi futuro al mismo tiempo. Supongo que muchas personas tienen una foto con las ropas de su padre o su madre entre su álbum de infancia. Para mí, esa voluntad infantil de ponerse la ropa del padre o la madre, trajo la idea de hacer una obra en que los hijos se ponen la ropa de los padres para reconstruir la vida de ellos, como si fueran dobles de riesgo dispuestos a revivir las escenas más difíciles de sus vidas.

¿Cuáles son los objetivos de incorporar la música en escena? ¿Refleja el cruce de generaciones?

La música es siempre muy importante en mi trabajo. Desde hace seis años trabajo con Ulises Conti empezó en la música de mis obras. Todo empezó cuando lo invité a hacer la música de “Poses para dormir” y desde entonces, trabajó conmigo en la música de todas mis obras. Con Ulises siempre trabajamos en componer una música que no sea incidental, ilustrativa sino que produzca un momento de realidad, de puro acontecimiento.
En “Mi vida después” los actores hacen música en vivo y esa música tiene un rol preformativo. Carla Crespo hace un solo de batería después de leer la carta de su padre al que nunca conoció porque murió en Monte Chingolo antes de que ella naciera. El solo de batería reemplaza el llanto y a la vez, produce una rara explosión de emociones.
Además, desde hace unos años, Ulises y yo armamos un proyecto que es sólo de música. Nos dedicamos a hacer canciones, a combinar textos literarios con música, experimentamos sobre la palabra y el sonido sin que sea teatro. Hicimos un disco llamado “El amor es un francotirador” que se presentó con varios conciertos que eran entre la literatura y la música en Bs AS y en Europa y ahora estamos componiendo canciones para otro disco.

¿Qué diferencias encontraste entre la recepción en Europa y la recepción en Argentina?

Con “Mi vida después” estuvimos de gira en varios festivales internacionales en Hamburgo, Zurich, Graz, Groningen, Berlin, Barcelona, Annecy…
La diferencia entre mostrarla en Europa y en Argentina es que en Argentina el público conoce las historias pero se sorprende por la forma de contar las historias, por el humor y la intimidad, por los procedimientos de reconstrucción a partir de documentos y ficción, por el cruce de lo personal y la historia del país.
En Europa el público no podía creer que lo que los actores cuentan es realmente su propia historia y la historia de nuestro país durante la época de la dictadura. Les parece irreal, como una película siniestra y absurda… Y a la vez estaban muy conmovidos de escuchar la historia de una generación que decide volver sobre la historia de otra generación e investigar cómo era el país cuando eran pequeños.

¿Qué diferencias encontraste entre quienes vivieron la dictadura en carne propia y quienes por su año de nacimiento obtuvieron y padecieron sus resultados?

En “Mi vida después” hay una generación que observa a otra generación. Mi generación trata de entender qué significaba en los 70s militar en un partido político, formar parte de una organización armada o ser indiferente a todo e ir al trabajo tratando de no meterse en nada o participar de la represión o ser cómplice de ella.
Por supuesto nuestra experiencia de vida es muy diferente a la de nuestros padres. La idea de la obra no es establecer un juicio de valor. No me interesa esa dicotomía absurda entre la generación comprometida de los 70s y la generación sin ideales del 2000. Me interesa cómo una generación reconstruye los rastros perdidos de la otra generación con su propia perspectiva, con su propio humor, con sus propias herramientas.

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