Entrevista a Carlos Belloso (I): “A la dirección la tomo como si fuera un arquitecto”

Una mezcla de Cyrano, Fantasma de la Opera y Hamlet, interpretado por Carlos Belloso, nos introduce en la historia del mítico Lon Chaney, donde volvemos a encontrar a Belloso, que a su vez, en el aquí y ahora de la sala Gargantúa, repasa con ironía sus trabajos en la televisión.

En “Mundo Mudo” vemos que, como Proteo, Belloso se nos escurre. Una búsqueda similar, pero llevada al extremo y en un registro muy diferente, se da en “¡Pará, fanático!”. En este unipersonal, que se presenta por estos días en el Paseo La Plaza, los personajes sufren metamorfosis de unos a otros, dialogan, se pelean con la televisión de fondo (el actor recrea todos estos sonidos), combaten y el resultado es… aterrador, en un buen sentido.

Pareciera que Belloso escenificara así una fórmula posible para escapar de algo que le preocupa bastante: el encasillamiento. Y, a juzgar por su trayectoria, queda claro que ha sabido combinar trabajos con buena intuición.

Lejos quedaron los días del Parakultural, espacio donde surgió junto a Damián Dreizik, con quien formaba “Los Melli”. Aunque algo de esa impronta under persiste en este espectáculo, escrito por Belloso justo después de disolverse la dupla para demostrar “que era bueno”. Así lo creyeron también varios productores de televisión, que por ese entonces empezaron a convocarlo: “Campeones”, “Culpables”, “Tumberos”, “Sol Negro”, “Sos mi vida” y, este año, “Lo que el tiempo nos dejó”. En cine, papeles como el Dr. Jano en “La Niña Santa”, sumaron relieve a una carrera que nunca se apartó por completo de su medio natural, el teatro.

Este año trabajaste mucho como director, qué tiene que tener un proyecto para interesarte

Como director, trato de encontrarme con el proyecto… (Una empleada de Pol-ka irrumpe. Estamos en el bar del teatro Gargantúa. Belloso se agacha debajo de la mesa. Saca un molde que sostiene una máscara. “Esta es una máscara de mi cara” explica, mientras el látex tiembla entre sus dedos. Es una de las que utiliza en “Mundo Mudo”, fabricada por él. La chica se va, cargando el molde y la máscara).

Necesitan hacerte máscaras para la próxima tira… (“Los únicos”)

Si. Mi personaje se va a caracterizar.

¿De qué?

De millones de cosas. Esa va a ser su habilidad. Va a ser un villano que trabaja en su guarida… algo atípico. Va a tener mucha acción, al borde del cómic. Es la única manera de que me entusiasmara la idea. Me ofrecen cada basura (ríe). Hace tres años que no hago tele, salvo cosas esporádicas. La verdad es que no me siento muy cómodo.

¿Esa incomodidad tiene que ver con un estilo de actuación?

No, más bien con una idea. Si no hay una idea, no podés estar en una tira. No podés hacer nada. Me ha pasado de tener que irme de proyectos porque si no terminaba todo mal.

Hablábamos de tu experiencia como director…

Es algo que me entusiasma. Este año me llamaron cuatro stand up (“Criticonas 1″ y “Criticonas 2″), Martín Rocco y cuatro actrices que querían algo experimental y fuimos por ese lado (“Clases de olvido”). Lo interesante de la dirección es llegar a una idea. Me gusta la instancia previa de preguntarme si podré o no. Si veo que no puedo, porque estoy con mucho laburo o porque no lo veo, derivo los materiales. Cuando empecé me gustaba dirigir cosas que se me ocurrían a mí, pero ahora me gusta más que la idea sea de otro y yo darle forma.

¿Por qué ese cambio?

A la dirección la tomo como si fuera un arquitecto. A la actuación, no. Para mí se juega algo ahí y la construyo desde adentro, es una necesidad. En la dirección se toma distancia, por eso me gusta hacerla por encargo. En algún momento me gustaría también dirigir una obra muy grande, en el Colón o en el Gran Rex, una especie de mega obra o espectáculo. Este año aprendí mucho con Leandro Panetta (quien lo dirigió en “El Hombre Araña”). Leandro es un director totalmente depreciado en este país. Ahora estoy grabando con él un video sobre una leyenda guaraní, que se va a proyectar en la selva de Misiones.

¿Por qué decís que “el que puede con un unipersonal puede con todo”?

Es lo más pesado para el actor. A la hora de hacer las funciones tenés que enfrentarte con todo. Al mismo tiempo, es una prueba de fuego real. Si el público la aprueba, no le hace bien sólo al ego, que ya de por sí es grande en un actor, sino que lo fortifica. Aunque te vaya mal, lo recomiendo, porque si podés soportarlo, quiere decir que estás muy fuerte. Parezco un evangelista…

¿Cuáles son tus fuentes teóricas como actor?

Soy muy ecléctico. Puedo construir un personaje de la nada, pero los métodos siempre te dan herramientas… Grotowski, Meyerhold, Stanislavsky. Siempre trato de encontrar un mito en la obra. ¿De qué me habla? Cuando no hay nada de qué agarrarse, soy muy voluntarista. Una vez, tenía que hacer una mujer que al inicio de la obra cumplía años (“El Pasado”, dirigida por Pompeyo Audivert). Como se estrenaba un 20 de septiembre, busqué un libro de astrología y lo trabajé en base a las características del signo Virgo. ¿Que método es ése? Es algo que inventé en el momento. Otro ámbito donde encuentro mucha verdad es la calle. Más allá de que después hagas un personaje que vive en el Medioevo. Eso que capturas de la vida es lo que el espectador reconoce como verdad arriba de un escenario.

En “¡Pará, fanático!” hay mucha observación de la calle…

Si, son varios personajes que pasan. No se instalan. Ninguno cierra, cuando va terminando su número otro personaje se lo come. Es un espectáculo muy virtuoso, pero eso tiene que ver con una coyuntura. Yo dejaba de trabajar con “Los Melli” y quise demostrar que trabajaba muy bien. “¡Pará, fanático!” es una vidriera. A la gente le causa mucha gracia. “¡Pará, fanático!” genera fanáticos…

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