Preguntas de inicio de década

Hace diez años, el país era otro y era el mismo. Para finales de 2001, me andaban pagando en Lecops o Patacones, cuando no me querían arreglar con algún canje (en un laburo, me ofrecieron pagarme parte del honorario en pilas). Hace diez años, culminaba una década que había hecho hincapié en el individualismo a ultranza, la no-memoria, el no te metás, la deseducación, la despolitización (se hizo carne la noción de “la política no sirve para nada” o, best sellers incluso al día de hoy, “a mi no me interesa la política, yo no hago política”), etc, etc, etc. Era la bisagra de la década que había visto crecer a Bartís, Pompeyo, el Periférico, el Grupo Teatro Libre y su Trilogía del Horror, Spregelburd, Szuchmacher y otros varios que pido disculpas si ofendo por no mencionar, sin que ello les quiera quitar importancia. Fue la bisagra que vio nacer a Proteatro y del sistema de casas teatro convertirse en la norma.

La cuestión es que la lista es larga, y supongo que cada uno tiene su granito de arena para aportarle, así como que la cosa es qué nos espera de acá hacia delante. Porque hay muchas cosas que se han seguido haciendo y pensando como si esto siguiera siendo hace diez años, y no lo es…

El modo de producción

Hace diez años y monedas, nacía Proteatro para estimular la producción teatral. Al margen de que la actual gestión de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no ha aumentado los presupuestos (contrario a lo que había dicho y publicita y en coherencia con sus políticas de desinversión cultural real – se aprueban presupuestos que luego no se respetan en la práctica -), el hecho de que haya más de dos mil estrenos y reestrenos anuales es muestra de que quizás el estímulo a la producción no es lo que falta ahora. Hay decenas de miles de estudiantes de diferentes ramas teatrales que año tras año buscan subirse a las tablas. Según estadísticas de Alternativa Teatral, hay más de 300 espacios que han tenido algún tipo de espectáculo escénico durante 2010. ¿Cuál podría ser la función de una institución como Proteatro dentro de este panorama o que modificaciones debería aplicarse a la que viene cumpliendo?

El presupuesto de Proteatro depende de la buena voluntad del gobierno de turno, lo que debilita su capacidad de acción. Quienes forman parte de Proteatro cobran apenas un viático simbólico, lo que da también una idea del valor que se le da a quien sienta el culo para mirar y pensar sobre los cientos a miles de proyectos que se presentan anualmente, más allá de quien pueda verlo como un espacio de poder. Dentro de las reglas, los proyectos presentados no pueden presupuestar su propio trabajo, sino sólo el de terceros… Cuando escucho a muchos amigos hablar de prenseros – sobre todo -, y de técnicos como si merecieran la hoguera o el cadalzo por cobrar cuando los demás no cobran, me pregunto si esto no tendrá algo que ver… Digo, las reglas construyen prácticas, y si el principal ente otorgador de subsidios (magros, pero ese es otro tema) te dice que no podés presupuestar tu propio trabajo, ¿por qué resulta tan extraño después que la lógica del teatrista sea pagarle a otro? Alguno me contesta que los actores tienen un porcentaje asignado… claro, pero eso es nominal, porque sabemos que, en la práctica, ese porcentaje termina siendo utilizado para paliar el rojo original en las cuentas, o algún gasto, cuando no genera problemas dentro del propio grupo porque fulano o fulana decidieron quedarse con ese dinerillo.

Y este último párrafo, redactado medio como a las mordidas, lleva a otro asunto. El sistema teatral de hace diez años no es el de ahora. El circuito independiente o alternativo estaba mucho más delimitado del oficial y el comercial. Hoy en día, como plantea don Ale Catalán, lo que impera es la lógica de mercado; todo el que estrena (o la inmensa mayoría) espera conseguir un determinado impacto y entonces se orienta más a resultados. Esa expectativa puede verse concretada o no, pero lo que terminamos teniendo es un gran cortocircuito entre las expectativas, la lógica de producción y consumo (cada vez más obras, entradas cada vez más caras, haciendo limitado el acceso a quienes pueden acceder a las obras de manera periódica), los ingresos (que son, en la inmensa mayoría de los casos, escuetos o nulos), la forma de trabajo (orientada a resultados y repercusion pero sin terminar de adoptar criterios profesionales acordes). Como no hay ingresos en la mayoría de las ocasiones, entonces la puja pasa a ser por ir escalando escalafones o por obtener visibilidad para ser contratado en televisión, cine o publicidad, independientemente del rubro que corresponda, siendo pocos los que blanquean su posición al respecto.

No digo que esto sea algo malo, digo que no se discute en serio, o no se aceptan las contradicciones presentes… No sé, igual tengo más preguntas que respuestas…

¿Cómo será la producción teatral para los próximos diez años? ¿Cómo será la de este año que sigue? ¿Qué características tendra? ¿Quién será el público de este teatro? Así también, después de años de ir en contra de la dramaturgia de relato, ahora pareciera ser que el desafío es poder construir una. ¿Será posible salir del ombliguismo que ya se ha standarizado?

Contrastes

El año cerró, además, con dos acciones contrapuestas. Por un lado, se consiguió que la Legislatura de la ciudad pasara una legislación para salas teatrales. Lo más importante aun es que el proyecto provino de la propia comunidad, la que usualmente no participa en cuestiones de este tipo, porque sigue habiendo resistencia al debate político (ver Proteatro…).

(Transmisión informal realizada por Alternativa Teatral)

En la vereda de enfrente, Darío Lopérfido asumió a cargo del FIBA. Por un lado, es coherente en cuanto a su mayor ligazón ideológica a la visión de gestión cultural del ministro Lombardi (con quien compartió gabinete durante el gobierno de De la Rua, siendo ambos parte del famoso “Grupo Sushi”), basada en entender la cultura como un objeto espectacular y de ahí que se privilegie toda acción que aporte visibilidad (recuérdese que una de las primeras medidas fue cerrar los talleres gratuitos que se impartían en los CGPs, lo que tuvo un impacto mayor en barrios alejados del centro). Eso hace imaginar que intentará construir un FIBA acorde, donde se retorne a formas fashion más ligadas a la gestión de Graciela Casabé. Un atisbo de esto puede ser que el proyecto personal de Lopérfido, “Hamlet”, haya pasado de tener estreno programado en el Apolo a tenerlo en el Alvear, que es parte del Complejo Teatral Buenos Aires y que continúe siendo su novia, Esmeralda Mitre, quien se haya asegurado el rol de Ofelia. Finalmente, recordemos siempre que a esta gestión de la ciudad la votó el 60% de “la gente”, porcentaje dentro del cual seguramente hay miembros de la comunidad artística en general y teatral en particular.

Mi pregunta acá es si quienes pensamos la cultura como algo esencial, que genera arte así como identidad, educación, pensamiento y trabajo, aceptaremos participar del debate de construcción en lugar de seguir optando por quedarnos en el lugar de queja, con las contradicciones, los grises, los desencantos y las ambigüedades que también implica toda situación real de debate y participación.

El público

Los elencos sufren muchas veces de pensar qué pasará cuando se agoten los amigos y los familiares (supongo que la clave está en elegir miembros muy sociables o con familia numerosa). Son pocos todavía los grupos que se preocupan por investigar nuevas formas de mover sus obras a diferentes espacios o de cómo generar nuevos públicos. Tanto el Programa de Formación de Espectador de Ana Durán y Sonia Jaroslavsky, como la Escuela de Espectadores de Jorge Dubatti, cada uno a su manera y desde diferentes formas de trabajo, aportan público fresco, pero no alcanzan para la cantidad de espectáculos que hay… o quizás el problema es otro…

Cuando “Piaf” tiene siete funciones semanales a un precio de entrada alto y llena las siete funciones de una sala de 500 localidades, es necesario preguntarse qué está pasando… ¿es falta de difusión del teatro independiente? ¿es que se hace un teatro “exclusivo” o es un estigma? ¿no importa si no viene nadie? (si para la mayoría de los grupos la respuesta es que sí importa, entonces es necesario preguntarse lo anterior), ¿es posible un teatro independiente (o como se le quiera llamar) que genere respuesta de público, cuando no rédito económico? (las salas llenas del galpón de Catalinas Sur o del nuevo Timbre 4 mostrarían que es posible), ¿cómo manejar el costo de la entrada?, ¿cómo generar un mayor vínculo entre las salas y los barrios donde están ubicadas?, ¿a qué público se apunta, si es que se lo hace?

Poéticas y mercados…

Esta ya no es la época de los Grandes Quiebres, me parece, sino la de elegir qué es lo que se quiere hacer y bancarse esa decisión. Para cada uno está, entonces, qué tipo de teatro se quiere realizar, con las potencialidades o los limitantes que esas decisiones conlleven. Y entre esas decisiones, se me ocurre, estará la de qué se quiere contar y cómo. La histeria histriónica no alcanza…

Y este punto va al final de la lista, porque es el que lleva al comienzo nuevamente, porque todo lo anterior se relaciona, en definitiva, con este ítem…

Conclusiones

No las tengo, por ahora sólo tengo preguntas…

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