El complejo mecanismo. 2da parte

Entrevista a Diego Starosta, actor, director y docente de teatro fundador de El Muererío Teatro

Saludando al micro donde partían sus hasta entonces compañeros de trabajo (Los Macocos), Starosta se quedó en Viedma con  su mochila al hombro a comienzos de los ’90s para luego emprender viaje con destino Puerto Madryn. Tras golpear a varias puertas, finalmente encontró un lugar y soltó amarras. Durante aproximadamente un año, Starosta trabajó en un barco factoría langostinero haciendo tareas varias, que alternaba con viajes relámpago a Buenos Aires.

La aventura terminó cuando la empresa descubrió que el joven marino implementaba una maniobra enseñada a él por otros marineros más veteranos, que era traerse algunos langostinos por su cuenta  para venderlos y hacer unos mangos extra. Para ese entonces, de todos modos, no quería por un buen tiempo volver a subirse a un barco, no obstante su pasión (¿obsesión?) y su interés por el trabajo físico y lo que produce en la mente seguían intactos (la faceta de científica que traía de siempre que, con el tiempo, iría integrando a su práctica y estética teatral); era el momento de retornar a las tablas.

Cuando Starosta regresó a Buenos Aires, eran todavía los inicios de la década menemista, en la cual aún convivía el destape de la posdictadura con las privatizaciones compulsivas que prometían la llegada al primer mundo y los vuelos a la estratósfera. Mientras lentamente cerraban ramales ferroviarios y estaba por llegar el cimbronazo del Efecto Tequila (1994), era también la época de los comienzos de Bartís, de Los Macocos, de La Organización Negra, de Pista 4; Batato, por su parte, ya no estaba. El incipiente teatrista sumó a su formación la de Guillermo Angelelli, mientras laboralmente iba de Macocos a la Organización Negra. En el interín, con Quique López daban el puntapié inicial para un colectivo de a dos y se mandaban a su primera aventura teatral de autoría propia.

Para 1994, Starosta iniciaba un período nuevo. Ya en soledad, buscaba un espacio literal y metafóricamente. Le tiraba la docencia y, a su vez, necesitaba un lugar y un grupo con quien pudiera intentar experimentar las inquietudes que la época y lo que absorbía le transmitían y plasmar obra. Nacía, entonces, hacia 1996 El Muererío Teatro.

(Continuará)

Para contactar a Diego Braude, clickear aquí

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