El complejo mecanismo. Última parte

Entrevista a Diego Starosta, actor, director y docente de teatro fundador de El Muererío Teatro

Quien escribe suele describir la intuición que indica por dónde ir, pero que no da más precisiones que esa, como una brújula que indica el norte y que, entonces, uno va. Starosta tenía ideas sobre qué quería implementar y experimentar, así como aquello que esperaba lograr. Pero, como en todo proceso, el nivel de intencionalidad tenía un límite y sólo la visión en retrospectiva le permite rastrear y otear mejor el recorrido.

“La mejor manera de entrar en caos, es tener orden”, describe el realizador de “Informe para una academia”, “La boxe” o “Prometeo hasta el cuello”. Por un lado, El Muererío fue adquiriendo entre sus características lo que, recuerda Starosta, alguna vez Alfredo Rosenbaum llamó “poética del cruce”, donde múltiples lenguajes se encuentran en la puesta y cada uno significa por sí mismo así como al interactuar. Por otro, el director fue encontrando sus maneras de aproximarse a la cuestión (al teatro, a la dirección, a la actuación y la estética); siempre influenciado por la necesidad de instalar una estructura, jugó esta siempre en función de hacerla estallar para que de ese resultado fuera emergiendo lo que terminaría siendo obra; “el bloqueo”, como lo llama Starosta, como “trampolín” para el hecho creativo.

Pero todo proceso es tanto una acumulación de conocimiento y experiencias como lo es de preguntas y de ciclos. Son estos últimos, los ciclos, los que de vez en cuando aparece que se han cumplido y que lo que era certeza ya no lo es y nuevos intríngulis molestos muestran la cara para desarmar lo que parecía ya una estructura sólida. Quizás sea que esa solidez no es estanca, reflexiona el que escribe, sino que es la que permite ponerla en duda para apoyarse sobre ella y pegar un nuevo salto o hacerla bolsa a los mazazos, aunque todo esto pueda sonar a paradoja. Por eso mismo, Fernando Birri escribe que  “Una revolución / que no revoluciona / (permanentemente) / sus lenguajes / alfabetos / gestos / miradas / involuciona o muere”; y un proceso continuo siempre tiene algo de revolucionario, aunque más no sea para uno.

Y este derrotero de palabras, de giros y contragiros, de historias y métodos, encuentra a Starosta habiendo dejado atrás los primeros quince años de su criatura, para lo que se pregunta si los quince años conforman un ciclo, o es apenas el nombre que él da a lo que entiende por un tramo ya cumplido y que lo encuentra no en medio de certezas tranquilizadoras, sino de preguntas que azuzan.

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