Artes Escénicas
/ Teatro - Crítica

“4.48 Psicosis”: Canción
de una voz desesperada
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Autora: Sarah Kane Traducción:
Rafael Spregelburd Dirección: Luciano Cáceres
Intérprete: Leonor Manso Prensa:
Walter Duche, Alejandro Zárate.
Finalizó funciones 2007 --
ElKafka Espacio Teatral, Lambaré
866, Teléfono: 4862-5439 Web: http://elkafkaespacioteatral.blogspot.com
Finalizó funciones 2006 --
ElKafka Espacio Teatral, Lambaré
866, Teléfono: 4862-5439 Web: http://elkafkaespacioteatral.blogspot.com
Sarah Kane, la autora, pero también
la poseedora original de la voz que fue escrita, quedó partida
al medio. Su vida la llevó a la decisión indeclinable
de suicidarse, de extinguirse. Su voz quedó grabada en su
obra, destinada a ser repetida por múltiples cuerpos en múltiples
escenarios. Su psicosis, su angustiante pluralidad interna, quedó
de esta manera paradójicamente plasmada en una ficción
(la del teatro, la del arte), que es fragmento; la repetición
de una obra en el tiempo es inevitable, su diversa apropiación
también. Una mujer que desesperadamente buscaba unidad, balance
en el desbalance, quedó post-mortem expuesta a la esencia
fragmentaria de la obra.
En una sala a oscuras una luz en extremo blanca
desciende violentamente en vertical para situarse sobre el cuerpo
de una mujer sentada en una silla que la excede. La luz se apaga,
ahora dos pequeñas luces que provienen de los apoya-brazos
se encargan de iluminarla, examinarla, escrutarla. Este juego lumínico,
posteriormente ampliado, se repetirá a lo largo de la obra,
no sólo como simple complemento estético, sino como
creadora de espacios, de climas, siempre buscando de todas maneras
no imponerse al texto.
El texto, una voz desgarrada que se va partiendo
en mil pedazos, que habla y se contesta, que se vuelve tercera persona
y luego vuelve para estrellarse contra su propia y rugosa pared.
Es una voz que no cesa, que no puede hacerlo, que no se detiene,
que escupe y que se escupe. Pero siempre, o casi, lo hace desde
un murmullo, perforando lentamente la mente del espectador, volviéndose
inevitable, un dolor que escapa suavemente la voz que lo pronuncia
y camina por el aire. Es un murmullo que no para, que sigue, que
continua. Para escuchar el murmullo se debe permanecer en silencio,
pero es ese mismo silencio el que permite que las palabras sigan
llegando, como un ejército inextinguible.
Lo que parece simplemente una voz que pronuncia
un texto oculta la otra división: cabeza y parte superior
del torso están divididos de la parte inferior del torso
hacia abajo. Esencialmente, sexualidad y motricidad, así
como parte del emocional, están anulados físicamente;
la mujer está empotrada, no sólo a la silla (evidentemente,
en una posición de debilidad frente a los médicos
que menciona una y otra vez) sino a sus propias palabras. Estas,
vivas, se contraponen a un cuerpo muerto anticipadamente. La mirada,
permanentemente situada sobre un punto fijo como el rostro de la
protagonista, se perturba, se altera, buscando escapar ese único
lugar de foco.
Entre puesta y actriz, el texto, las palabras
de la mujer fragmentada, angustia en carne viva. Es la brutal honestidad
de un ser partido que no deja lugar para el simple lucimiento personal.
La resolución teatral opta por ofrecer a estas palabras un
recipiente en forma de puesta en escena, en forma del cuerpo de
la actriz.
El significado del título es anecdótico,
terrible, inevitable. En la apariencia de la narración lineal,
está la presencia de un eterno conflicto, una horrorosa circularidad,
de la cual la resolución, el título, es el intento
de romper ese laberinto en el cual el Minotauro es la propia protagonista
y en donde el hilo de Ariadna ha sido devorado por el propio terreno
infértil en que fue dejado.
www.imaginacionatrapada.com.ar
23/6/2006 |