Artes Escénicas / Teatro - Crítica

Open House - Daniel Veronese

"About the campo": Soledades

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Dramaturgia y Dirección: Alfredo Staffolani Intérpretes: Juan Manuel Niño, Maria Laura Santos, Mariano Sayavedra, Paula Staffolani, Jesús Villegas, Luz Werner Diseño de vestuario: Laura Staffolani Diseño de luces: Mariano Arrigoni Diseño sonoro: Guillermo Barbuto, Alfredo Staffolani Fotografía: Diego Del Olio Diseño gráfico: Guillermo Barbuto Asistente de producción: Eliana de Maria, Lucas Depaoli Asistencia de dirección: Eliana de Maria, Lucas Depaoli Prensa: Luciana Zylberberg Colaboración artística: Guillermo Barbuto. Teatro El Piccolino, Fitz Roy 2056, Teléfonos: 4779-0353 Web: http://www.elpiccolino.com.ar Entrada: $ 25,00 y $ 18,00 - Funciones: Sábado - 23:30 hs - Hasta el 17/08/2008

Fantasías, imágenes idealizadas de vidas de otros, de relatos de otros que siempre parecen más felices que uno, aunque siempre hay quien se plantee como tarea demostrar que sus vidas son decididamente más miserables que las de los demás. En cualquier caso, uno construye el set de deseos y de aspiraciones, muchas veces, por comparación. A medida que pasa el tiempo, y que la soledad se muestra, en realidad, más como la norma que como la excepción, tenemos la tendencia de remendar el sueño original, para hacer que lo que ha quedado, este “peor es nada”, se parezca a la fantasía.

Una comisario de abordo retorna a su casa, para encontrar que su marido se fue. A manera de stand up, recurre al espectador para representarle los hechos y su vida desde entonces. El esposo se ha ido, pasan los días, pero su narración sigue incluyendo al otro como si todavía estuviera manejando alejándose de la casa. Y cuando no es así, ella desarrolla estrategias para seducirlo de nuevo.

Dicotomía entre el afuera, que es el mundo fuera de la casa o del departamento, y del adentro, donde habita la soledad. Es un poco como esas líneas en el comienzo de “Sobre héroes y tumbas”, de Sábato, donde el autor hace a su personaje mirar al edificio Kavanagh, lleno de ventanas, un edificio con ascensores pensados para que sus ocupantes no se crucen, y piensa cuán solos están, juntos pero separados.

Así es como esta mujer independiente termina manteniendo una relación telefónica con su marido, o ex, al que no se resigna a perder. Así es como su discurso se interrumpe de a ratos, cada vez que suena el teléfono, o que sus planes se alteran cuando él dice que por ahí pasa a buscar los remanentes de lo que no pudo llevarse. Él, de más está decir, nunca aparece, es todo una construcción, como tantas veces uno ha hecho en situaciones similares, imaginando diálogos y probables cursos de acción a seguir.

Soledad urbana que tiene una contraposición onírica en otra historia, cuando la obra se desdobla y aparece una segunda instancia, que cuenta la historia de un grupo de amigos. Esta segunda narración transcurre en el campo, otro espacio de fantasía.

Ahí en el campo, la soledad es otra. Es la de la distancia, es la del pequeño pueblo donde se está solo porque todo el mundo sabe quién sos y, entonces, todo el mundo se conoce, pero también todo el mundo se oculta un poco de los demás, porque pueblo chico, infierno grande.

Y todo queda sintetizado cuando dos amigas se sientan a ver un film. Cada una tiene una reacción distinta, pero ocurre que el tiempo se llena: están juntas y viven por un rato la fantasía de aquella pantalla.

         
 
   
         
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