Artes Escénicas / Teatro - Crítica

Agua de lluvia - Eva Egido Leiva, Rubén Vejabalbán

“Agua de lluvia”: Un cuerpo que recuerda

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Autoría y Dirección: Eva Egido Leiva, Rubén Vejabalbán Sobre textos de: Amandy da Costa González Intérprete: Eva Egido Leiva Iluminación: Rubén Vejabalbán Diseño de espacio: Rubén Vejabalbán Diseño sonoro: Rubén Vejabalbán Audiovisuales: Rubén Vejabalbán Música original: Rubén Vejabalbán Fotografía: Rubén Vejabalbán Diseño web: Jenaro Percal Prensa: Daniel Franco, Paula Simkin Web: http://www.accionesimaginarias.com/agua/

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--- “La Cuna Vacía”: A través de la ventana, veo pájaros volando - por Diego Braude

Latinoamérica ha sido durante el siglo XX el escenario de las contradicciones de la democracia liberal. La búsqueda de la autodeterminación y los horizontes propios, el crecimiento como pueblo o nación (en otras palabras, algunas de las características fundacionales de las democracias liberales), terminaron en general con su efecto opuesto: gobiernos de facto, dictaduras pretendidamente “eternas”. La figura que caracteriza a América Latina es el golpe de estado.

El Mercado, los beneficios del sistema liberal, han estado históricamente unidos a la idea de ser beneficiosos para uno y perjudiciales para otro, sea este planteo de forma explícita o implícita. Las represalias, las intervenciones desde adentro (los golpes de estado propiamente dichos y el establecimiento de dictaduras temporales o duraderas) avaladas desde afuera han tenido siempre la intención de “restablecer” un orden perdido. Este orden está, a su vez, relacionado a la aceptación de que “cada cosa tiene un lugar”, que cada uno debe aceptar su ubicación en la estructura. Durante todo el siglo XX, los intentos de superación o subversión de esta estructura sin previo acuerdo o “permiso”, llevaban en sí el germen de su propio final.

El problema con la Historia, la que tiene la mayúscula, es que suele tener la incapacidad de cubrir lo que le ocurre a los individuos. Estos quedan, necesariamente, tipificados, unidos por el lazo espacio-temporal, las patologías que desarrollan enmarcadas dentro de las cicatrices que propician estos períodos represivos. Al eludir la Historia de los Nombres Propios, la de grandes héroes, príncipes, militares, monarcas, aventureros, a veces también se olvidan de los pequeños nombres propios (los que permiten la tipificación retroactivamente).

En “Agua de lluvia”, una mujer es ella, es otra, es niña, es joven, es adulta. Es el recuerdo de otra mujer, el recuerdo hecho rompecabezas (un poco al estilo de “Kamchatka”, de Marcelo Piñeyro) en la mente de una niña y luego adolescente y joven. Es la historia de una niña cuyos padres militantes en el Paraguay de Stroessner desaparecen o deben pasar a la clandestinidad; para esa niña (la que la mujer-actriz trae a través de su voz y cuerpo) es el relato de fantasmas, de ausencias, de presencias casi fantásticas en un mundo que aparece incomprensible, donde la ficción no es sólo un juego, sino asimismo una manera de sobrevivir.

A esa niña la introduce la joven, entrevistada por un periodista invisible que le permite narrar su historia (la que es con minúscula, la que se multiplica por miles, pero que suele quedar fuera de los textos). El cuerpo abierto de la niña es reemplazado por el medido, discreto, de la adultez. Es esta la que trae el entendimiento y el trauma en lo que la piel oculta, lo que los ojos narran si querer hacerlo.

Detrás de la niña, detrás de la joven (que habitan el mismo envase), aparece una pantalla. En ella transcurren entrevistas e imágenes documentales. Es la realidad fuera de la sala que irrumpe desde el video. A veces, este recurso puede obrar más como ruido que como ayuda. Un “en vivo” es interrumpido por algo ausente, lo bidimensional choca con lo tridimensional. Cada formato tiene su propia forma de vivencia, por lo cual hacerlos convivir es algo conflictivo. Acá son las voces, las de otros, las que se suman a la que actúa en lugar de otra para nosotros. El montaje, el choque, acá complementa, no separa. Esas voces cuentan lo que la niña no podía saber, lo que la joven tiene dificultad para decir. Ellos son testigos, son la huella, son las piezas que completan el simpático pero desesperante rompecabezas de la niña envuelta en una serie de juegos que no entiende.

La “en vivo” recuerda, relata, trae a través suyo. Los otros le dan contexto. La idea de la niñez, la idea de lo que las dictaduras fabricaban o buscaban fabricar (individuos no subversivos), el hecho de que el terrible mundo de adultos que habitamos no es otra cosa que un extraño y muchas veces caprichoso, perverso y ridículo esquema de convenciones.

El escenario vacío es llenado por la actriz y la pantalla, nada más, siendo el propio cuerpo de la “en vivo” el nexo, la bisagra permanente del montaje. Es el juego teatral, otro set de convenciones. Y también es el relato, donde la memoria, los fragmentos dispersos, retornan, reaparecen, le dan un sentido a las cosas. Las dictaduras latinoamericanas no sólo buscaron construir un relato, sino eliminar tanto los otros posibles como la propia noción de un “otro relato”. Curioso como la memoria, la huella, sin embargo, persiste, se agarra, no termina de desaparecer. La necesidad de relatar, de recordar, se ha resignificado, de todos modos, porque ya no es sólo el poder dar sentido a la vivencia histórica. Se ha vuelto también una manera de preservación frente al pensamiento dictatorial. Recordando la necesidad de aceptar la multiplicidad de narraciones (y de mantener viva la memoria de los “derrotados”), el pensamiento represivo se vuelve él mismo una forma más de relato posible (una no deseable) y por eso mismo va perdiendo parte del poder que representara.

La historia del Paraguay, con todos sus detalles terribles, es la historia de América Latina. Una voz, un cuerpo, recuerdan.

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30/3/2007

 
   

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