Artes Escénicas
/ Teatro - Crítica

“Agua de lluvia”: Un cuerpo
que recuerda
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Autoría y Dirección:
Eva Egido Leiva, Rubén Vejabalbán Sobre textos de:
Amandy da Costa González Intérprete:
Eva Egido Leiva Iluminación: Rubén
Vejabalbán Diseño de espacio: Rubén
Vejabalbán Diseño sonoro: Rubén
Vejabalbán Audiovisuales: Rubén Vejabalbán
Música original: Rubén
Vejabalbán Fotografía: Rubén
Vejabalbán Diseño web:
Jenaro Percal Prensa: Daniel Franco, Paula Simkin
Web: http://www.accionesimaginarias.com/agua/
Finalizó Funciones 2007 --
Celcit, Bolivar 825, Teléfono:
4361-8358 / 4362-2347 Web: http://www.celcit.org.ar
Latinoamérica ha sido durante el siglo
XX el escenario de las contradicciones de la democracia liberal.
La búsqueda de la autodeterminación y los horizontes
propios, el crecimiento como pueblo o nación (en otras palabras,
algunas de las características fundacionales de las democracias
liberales), terminaron en general con su efecto opuesto: gobiernos
de facto, dictaduras pretendidamente “eternas”. La figura
que caracteriza a América Latina es el golpe de estado.
El Mercado, los beneficios del sistema liberal,
han estado históricamente unidos a la idea de ser beneficiosos
para uno y perjudiciales para otro, sea este planteo de forma explícita
o implícita. Las represalias, las intervenciones desde adentro
(los golpes de estado propiamente dichos y el establecimiento de
dictaduras temporales o duraderas) avaladas desde afuera han tenido
siempre la intención de “restablecer” un orden
perdido. Este orden está, a su vez, relacionado a la aceptación
de que “cada cosa tiene un lugar”, que cada uno debe
aceptar su ubicación en la estructura. Durante todo el siglo
XX, los intentos de superación o subversión de esta
estructura sin previo acuerdo o “permiso”, llevaban
en sí el germen de su propio final.
El problema con la Historia, la que tiene
la mayúscula, es que suele tener la incapacidad de cubrir
lo que le ocurre a los individuos. Estos quedan, necesariamente,
tipificados, unidos por el lazo espacio-temporal, las patologías
que desarrollan enmarcadas dentro de las cicatrices que propician
estos períodos represivos. Al eludir la Historia de los Nombres
Propios, la de grandes héroes, príncipes, militares,
monarcas, aventureros, a veces también se olvidan de los
pequeños nombres propios (los que permiten la tipificación
retroactivamente).
En “Agua de lluvia”, una mujer
es ella, es otra, es niña, es joven, es adulta. Es el recuerdo
de otra mujer, el recuerdo hecho rompecabezas (un poco al estilo
de “Kamchatka”, de Marcelo Piñeyro) en la mente
de una niña y luego adolescente y joven. Es la historia de
una niña cuyos padres militantes en el Paraguay de Stroessner
desaparecen o deben pasar a la clandestinidad; para esa niña
(la que la mujer-actriz trae a través de su voz y cuerpo)
es el relato de fantasmas, de ausencias, de presencias casi fantásticas
en un mundo que aparece incomprensible, donde la ficción
no es sólo un juego, sino asimismo una manera de sobrevivir.
A esa niña la introduce la joven, entrevistada
por un periodista invisible que le permite narrar su historia (la
que es con minúscula, la que se multiplica por miles, pero
que suele quedar fuera de los textos). El cuerpo abierto de la niña
es reemplazado por el medido, discreto, de la adultez. Es esta la
que trae el entendimiento y el trauma en lo que la piel oculta,
lo que los ojos narran si querer hacerlo.
Detrás de la niña, detrás
de la joven (que habitan el mismo envase), aparece una pantalla.
En ella transcurren entrevistas e imágenes documentales.
Es la realidad fuera de la sala que irrumpe desde el video. A veces,
este recurso puede obrar más como ruido que como ayuda. Un
“en vivo” es interrumpido por algo ausente, lo bidimensional
choca con lo tridimensional. Cada formato tiene su propia forma
de vivencia, por lo cual hacerlos convivir es algo conflictivo.
Acá son las voces, las de otros, las que se suman a la que
actúa en lugar de otra para nosotros. El montaje, el choque,
acá complementa, no separa. Esas voces cuentan lo que la
niña no podía saber, lo que la joven tiene dificultad
para decir. Ellos son testigos, son la huella, son las piezas que
completan el simpático pero desesperante rompecabezas de
la niña envuelta en una serie de juegos que no entiende.
La “en vivo” recuerda, relata,
trae a través suyo. Los otros le dan contexto. La idea de
la niñez, la idea de lo que las dictaduras fabricaban o buscaban
fabricar (individuos no subversivos), el hecho de que el terrible
mundo de adultos que habitamos no es otra cosa que un extraño
y muchas veces caprichoso, perverso y ridículo esquema de
convenciones.
El escenario vacío es llenado por la
actriz y la pantalla, nada más, siendo el propio cuerpo de
la “en vivo” el nexo, la bisagra permanente del montaje.
Es el juego teatral, otro set de convenciones. Y también
es el relato, donde la memoria, los fragmentos dispersos, retornan,
reaparecen, le dan un sentido a las cosas. Las dictaduras latinoamericanas
no sólo buscaron construir un relato, sino eliminar tanto
los otros posibles como la propia noción de un “otro
relato”. Curioso como la memoria, la huella, sin embargo,
persiste, se agarra, no termina de desaparecer. La necesidad de
relatar, de recordar, se ha resignificado, de todos modos, porque
ya no es sólo el poder dar sentido a la vivencia histórica.
Se ha vuelto también una manera de preservación frente
al pensamiento dictatorial. Recordando la necesidad de aceptar la
multiplicidad de narraciones (y de mantener viva la memoria de los
“derrotados”), el pensamiento represivo se vuelve él
mismo una forma más de relato posible (una no deseable) y
por eso mismo va perdiendo parte del poder que representara.
La historia del Paraguay, con todos sus detalles
terribles, es la historia de América Latina. Una voz, un
cuerpo, recuerdan.
www.imaginacionatrapada.com.ar
30/3/2007 |