Artes Escénicas / Teatro - Crítica

Albina - Mónica Salerno

"Albina": Princesas sin príncipes

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Autoría y Dirección: Mónica Salerno Intérpretes: Luciana Mastromauro, Tatiana Sandoval Pelucas: Roberto Mohr Maquillaje: Lorena Salerno Diseño de escenografía: Federico Barreiro Diseño de luces: Fabricio Ballarati Realización de escenografia: Francisco Paciullo Realización de vestuario: Leyla Antezana, Mimí Saavedra Realización de objetos: Carolina Ruy Sonido: Mariana Delgado, Mercedes Rondina Arte: Alex Maingard, Cedric Ortoli Diseño gráfico: Marina Muñoz Entrenamiento actoral: Jorge Román Meritorio: Fernanda Lagomarsino Asistencia artística: Jorge Román Asistencia de escenario: Harian Piccinni, Federico Rofman Asistencia de dirección: Leyla Antezana Prensa: Carolina Alfonso Web: http://www.albinaylaotra.blogspot.com
Teatro del Pueblo, Av Roque Sáenz Peña 943, Teléfonos: 4326-3606 / 4394-2639 Web: http://www.teatrodelpueblo.org.ar Entrada: $ 25,00 y $ 15,00 - Funciones: Jueves - 21:00 hs - Hasta el 11/12/2008

Asociación Libre:

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Albina iluminada apenas. Albina mira la palma de su mano. ¿Qué tiene? Caracoles. Los deposita en la mesa. Los mira. Los recoge. Los mira de nuevo. Los hombros un poco encogidos, observa curiosa. Los pies un poco chuequitos. Albina tiene cuerpo de mujer, pero hay algo que delata que detrás de los ojos no es tan así. Tampoco es, exactamente, una niña… (quizás, Albina pertenece a un cuento maravilloso donde las heroínas escapan del lobo en el final y se toman un tren hacia la felicidad)

Apagón. Uno. Hay varios. Son fundidos en los cuales el sonido va llevando a tiempos posibles. Un sonido de pajaritos se encabalga sobre otro de viento y viceversa. Un tiempo probable transcurre, pero no es visible; ocurre en la oscuridad. Como el afuera, que sólo aparece en el relato de las hermanas Kowalski. Porque son dos, la otra es Lucía, la hermana mayor.

Albina es albina, Lucía es morocha. Albina usa colores claros en el vestuario, Lucía no tanto. En la mirada de Lucía hay conflicto, en la de Albina no. Albina es y, por eso, Lucía no puede; al comienzo no lo muestra, pero ya lo intuye, ya está planteado, ya su cuerpo tiene una tensión que el de Albina no tiene.

El padre de las hermanas está ausente. No se ve. Como el afuera, existe en el texto. En el texto también están Belisario y Capalbo; un vecino baboso y el dueño de la casa donde viven Albina y Lucía. Ahí está Gallotti, el perro de las chicas. También el barrio, lleno de hombres que van y vienen de una fábrica, como si no hicieran otra cosa. Universo sin salida.

Albina pide deseos en voz alta… los deseos en voz alta jamás se cumplen…

No hay lugar para inocentes. No hay inocentes, no puede haberlos. Sólo hay chiqueros, pies sucios, alambrados oxidados, hombres que desean y violencia.

Al comienzo hay dulzura, porque para que lo amargo sea amargo, primero hay que conocer la dulzura.

El interior de la casa es el lugar del juego. El juego es mantener una ilusión de burbuja que protege. Adentro es el lugar no-lugar de Albina. La que lo ilumina, tal su nombre, es Lucía. El espacio de suspensión se mantiene en base al sacrificio de un personaje.

El perro, Gallotti, es mascota y bestia a un tiempo, como si su dualidad condensara la del universo que rodea a las hermanas. La evolución de Gallotti hacia el segundo estado da cuenta del ingreso de la realidad en la casa de los Kowalski. El humor, el juego – los juegos -, la malicia de las hermanas en las pequeñas maldades que se hacen; un texto que se mueve como fantasma, donde la palabra y una aparente liviandad disfraza, enmascara, hasta que ya no puede hacerlo más.

Albina desea, fantasea, imagina. Es aquella escena, esa imagen emblemática donde la blanca princesa observa dulce y curiosa a sus caracoles. Pero también es desfase, negación, mochila. Un aspecto es lo mítico, un espacio que debe ser protegido como esencial, el otro mera carga en un real posible que es sólo para sobrevivientes.

Un tiempo que avanza, pero no para Albina. En el cuerpo, en el rostro, de Lucía aparece ese transcurso, la mirada que cada vez quema más, pero la blanca doncella permanece indemne. Todo es una lenta caída, en la cual el desfase se vuelve cada vez más insoportable. Como en una isla, Albina permanece ajena y Lucía cada vez menos puede mantener la puesta en escena que mantenga la burbuja intacta.

El Bien, el Mal, la Inocencia que debe ser salvaguardada. El problema es que el Bien no existe y, por más que Lucía se empeñe, en el mundo sin moraleja que queda fuera de la puerta verde y que se ve llegar por la ventana entreabierta la Inocencia es devorada y el Mal es, apenas, un mal con minúscula, arbitrario, berreta, bizarro y, sin embargo, omnipresente y voraz. No hay lugar para inocentes, sólo para sobrevivientes…

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7
/11/2008

 
   

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