Artes Escénicas
/ Teatro - Crítica

“Así que pasen cinco años”:
Vivir todas las vidas, todas las lunas
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Autor: Federico
Garcia Lorca ("Así que pasen cinco años. Leyenda
del tiempo en tres actos y cinco cuadros") Dirección:
Juan Coulasso Intérpretes: Silvia Aguado,
Luis Berenblum, Ignacio Díaz González, Alejandra Marimón,
Javier Mele, María Florencia Poggio, Agustín Quiroga,
Gonzalo Ramos, Mariano Saba, Yasmin Sapollnik, Dennis Smith Músicos:
Melisa Brieva, Matías Coulasso Iluminación:
Claudio Sánchez Máscaras: Sol Wilczek
Maquillaje: Inés Ciccarone, Ileana Luna
Diseño de vestuario: Betanha Almendra Diseño
de escenografía: Bea Blackhall
Realización de escenografia: Alejandro Kappou,
Merlín Morroni, Jordana Secondi, Verónica Vojciscki
Realización de vestuario: Betanha Almendra
Realización de video: Silvia Aguado, Sergio
Casela, Marcelo Estrada, Ignacio Gutiérrez Arribere, Malena
Minnoni, Lucia Pita Música original: Melisa
Brieva, Matías Coulasso Artista plástico:
Claudio Mele Diseño gráfico: Ulises
Mariano López Entrenamiento corporal y vocal:
Javier Medina.
Finalizó funciones
2006 -- Teatro del Viejo Palermo,
Cabrera 5567, Teléfono: 4777-4900
“El teatro es la poesía
que se levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse, habla y
grita, llora y se desespera. El teatro necesita que los personajes
que aparezcan en la escena lleven un traje de poesía y al
mismo tiempo que se les vean los huesos, la sangre”.
Federido García Lorca.
El Niño, el Deseo, la Muerte…
y una Mujer (muchas, la misma)
Dos músicos al final del espacio tocan
(ella un contrabajo, él percusión en diferentes combinaciones),
siempre presentes, relatores no verbales de lo que ocurre en escena.
Dejar de ser niño implica, lamentablemente,
tener que hacerse responsable de uno mismo. Enamorarse, desear,
no son estados que sirvan si se mantienen en stand by,
requieren necesariamente de acción. Pero crecer también
trae consigo la idea de “recuerdo”, es decir, que permanentemente
creamos un pasado que vive con nosotros. “Recordar hacia delante”,
propone el Viejo…
En sus versos, Lorca plantea una lucha entre
el vivir o el dedicarse a esperar la muerte. Pero el vivir implica
jugar permanentemente con Tánatos, del cual el amor, la mujer
para el hombre el hombre para la mujer, es uno de sus representantes.
Amor es vivir, pero también morir. Amar y accionar sobre
ese sentimiento es vivir varias vidas y morir varias muertes. Negarse
a ambos es vivir una sola extinción.
Un
Joven que se debate, que no quiere dejar la inocencia de su niñez,
y se aferra a ella con uñas y dientes. Cierren las ventanas,
que el ruido y el movimiento de afuera no entren, que las trenzas
de la Novia prometida permanezcan sin tocar. El conflicto es el
Deseo… deseo como libido, como impulso hacia la acción
y la vida, pero también aceptación de la adultez y
del avance del tiempo (ya no deseo como niño, sino como hombre).
Mundo idealizado no realizado, imaginación sin concreción,
status quo fatal carente de sangre. No importa que la Novia se haya
cortado las trenzas y que ahora prefiera acostarse con un macho
alpha en lugar de su tímido prometido, que la bella y caprichosa
hada rubia de cabello ondulado no sea la princesa quinceañera
de la promesa. Es la idea, el recuerdo, el paso del tiempo la tortura:
el amor no es eterno, ni siquiera el encerrado en un frasco y añejado
por años. No importa que ahora el Joven vuelva sobre sus
pasos y quiera aceptar un viejo amor rechazado para ubicar en el
vestido de novia que ha quedado sin ocupante. El tiempo ha pasado,
el amor no es eterno. El Amor es como la Luna: de humor cambiante,
cíclico, misterioso. El Sol es estático, pero la Luna
remite indefectiblemente al paso del tiempo.
Para el Joven, la linealidad se quiebra. Aquel
relato que tenía un final glorioso con la rubia de las trenzas,
se desmorona ante la negativa, de la rubia de desconocidos cabellos
blondos y mirada entre juguetona e hiriente. El amor siempre es
ofrecido a quien no lo quiere. Lógico es entonces que lo
realista de paso a lo que no lo es tanto…
Amor-Luna, terreno, finito, mortal. La chance
desaprovechada es una muerte de una vida no vivida. En un teatro
irreal, dos clowns presentan a las víctimas del desamor,
náufragos a la deriva que han quedado varados en ese tiempo
que ya no es, disfrazándolo de fantasía. Desfile de
corazones rotos que se encienden ante el público para sonreir,
danzar y mentir, hasta que se desinflan frente al recuerdo doloroso
que amenaza con entrometerse.
Pero, ironía del Destino (o del Amor,
o de la Luna), la que ofreciera su amor incondicional lo ha retirado
del mercado, al menos para el Joven. Su obsesión por la seguridad,
por evitar el cambio, por permanecer fiel a un ideal rígido
e irreal, ha muerto dos veces, pero vivido ninguna. Marionetas del
desamor, teatro-simulacro que cuando cristalizado se convierte en
ritual repetido sin corazón. Aquelarre del estatismo y la
soledad.
Y todo llega al final… otra vez detrás
de las ventanas cerradas, y la ropa que ahora ha pasado del azul
al negro, el Joven ya no es joven, y el Niño, el Deseo y
la Muerte (ahora despojados de sus disfraces, espectros barrocos
que revelan finalmente sus intenciones) le piden que entregue su
última carta, la que siempre guardó bajo llave y que,
por nunca jugarla, ahora la pierde. Del pasado que no quiso ser
soñado ahora sólo queda un niño que no pudo
evitar ser recordado… en el medio, el vacío.
Lorca surrealista en diez cuerpos (doce con
los músicos) de múltiples rostros que, con sólo
alguna excepción, se apropian del texto y las máscaras
de los personajes. Lorca surrealista en la visión de una
puesta ambiciosa (para ópera prima), que, sólo con
algún que otro "ruido", se apropia colores, vestuario,
imágenes.
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24/11/2006 |