Artes Escénicas
/ Teatro - Crítica

"Cancionero Negro": Clown poeta
por Enea enea@imaginacionatrapada.com.ar
Autor: Darío
Levin Dirección: Darío Levin, Lila
Monti Intérpretes: Darío Levin
Músicos: Agustín Flores Muñoz,
Pablo Mengo Vestuario: Magda Banach Diseño
de luces: Ricardo Sica Realización de
escenografia: Ornella Galeota Realización
de vestuario: Martina Muriel Milillo Realización
de tocados: Marcela Vilariño Asistencia
artística: Valeria Alvarez Prensa:
Tehagolaprensa, Tehagolaprensa Producción ejecutiva:
Rebeca Checa. Este espectáculo formó parte del evento:
Súper Fin de Semana Clownesco.
Finalizó Funciones
2007 -- Absurdo Palermo, Ravignani 1557, Teléfono:
4779-1156
Un escenario celestial. Aunque
sin las nubes y los angelitos. Sólo una tela celeste que
se extiende desde el techo hasta el piso. Un corazón gigante,
formado con papelitos en el piso y dos lugares en el frente conformados
por una silla y una cajita. Al costado, vemos a alguien con guitarra
y luz tenue: el músico.
Una luz se enciende y una sombra
gigantesca se hace presente ante nosotros. Una voz sin rostro
(aún) y una mano que no para de hacer gestos a corriente
y a contracorriente. Tratamos de descifrar aquel personaje tras
el manto, pero nos topamos con recortes irregulares a la altura
de la cabeza y a los lados. Se nos presenta imponente, quizás
con una capa y un gran sombrero. Hasta que, de repente, se hace
carne en escena... Neptuno.
Negro, mucho negro, aunque no todo. Tul y mucho corazón
colgando de ese señor que su gran nariz negra delata como
Clown. Saco largo y un sombrero a tono. Porque aquí estamos
de luto, o algo así. No es que haya muerto alguien, ¿o
si?. La cosa es que Neptuno ha sufrido mucho, y aun está
sufriendo. Todo este dolor es producto de una pena de amor. No
sabemos muy bien qué fue lo que pasó (y, con esto,
me refiero a, por ejemplo, que el día 22 de marzo, a las
16:32, ella estaba lavando los platos, de repente él le
dice que lo está haciendo todo mal, ella enfurece y le
revolea el plato que está lavando, aun con mucha espuma,
contra la cabeza de él produciendo un mini traumatismo,
con una explosión de llanto que inunda la cocina, y fin
de la relación), pero presenciamos ese dolor desgarrador
que al único llanto que nos conduce es al de la risa.
Él nos deleita con su
canto y sus hermosas canciones, que intercala con sonetos de su
nuevo amigo Shakespeare, mientras se empina alguna que otra botellita
de alcohol. Él quiere marcharse a descansar en paz, pero
no puede hacerlo todavía. Es por eso que vuelve continuamente
desde atrás de las profundidades fronterizas del mas allá
con algún que otro elemento nuevo, como una foto, un nuevo
sombrero, o corazón con abrojos para relatarnos, canto
de por medio, su desazón.
Y, al fin, llega el momento
de partir. Después de pasar por el llanto, la desesperación,
la locura, la borrachera y la risa, el cielo se ilumina con luces
de neón, y Neptuno se nos presenta con alas de ángeles
que iluminan cual arbolito de navidad. Y entonces gritamos:
- ¡Marchad, tu, desgraciado.
Tomad la mano de tu nuevo amigo Willy y arremeted contra los campos
dorados de la tierra prometida!