Un paseo por Avenida Q

Así como muchas veces se asegura que menos es más, en este caso podemos decir que desconocido pero auténtico puede ser mejor que conocido desenfrenado. El lugar en el que nos encontramos esta vez es el Paseo La Plaza, lugar de por sí bastante carac…

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Así como muchas veces se asegura que menos es más, en este caso podemos decir que desconocido pero auténtico puede ser mejor que conocido desenfrenado. El lugar en el que nos encontramos esta vez es el Paseo La Plaza, lugar de por sí bastante carac…

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Un paseo por Avenida Q

Así como muchas veces se asegura que menos es más, en este caso podemos decir que desconocido pero auténtico puede ser mejor que conocido desenfrenado. El lugar en el que nos encontramos esta vez es el Paseo La Plaza, lugar de por sí bastante característico donde convergen figuras diversas como Favio Posca, el Puma Goity, Florencia Peña, Carla Peterson, los humoristas de Cómico 4 y, ahora también, muñecos para adultos. Un lugar que por sus entradas caras y no aptas para todo público tiene la obligación de garantizar siempre calidad. En este caso nos sentamos y nos preparamos para ver Avenida Q, éxito de Brodway adaptado para el público porteño, y nos encontramos con un panorama interesantísimo.
Primero, hay que aclararlo, aquello de “no es para niños” es real. Si por casualidad a alguien se le ocurre asistir con un hijo, sobrino, nieto o cualquier otra variante de pequeño terminará por lo menos con un ataque de nervios o vergüenza ante canciones con postulados tales como “sin porno no hay Internet” o una escena de sexo entre muñecos que es muy divertida pero para compañía adulta definitivamente.
Pero hete aquí la verdadera particularidad de la función a la que asistimos: un grupo de conocidos de algunos actores que se hicieron notar quizá más de lo necesario. Es totalmente normal que si hay amigos en el público se rían, aplaudan y participen más efusivamente que el resto de los espectadores. Ahora bien ¿en qué momento deja de ser lindo y se convierte en molesto? La respuesta en sencilla: cuando se mete en la escena de manera casi impuesta.
Los aplausos ante cualquier chiste que se contagian a toda la platea hacen que los actores tengan que sostener esos segundos recibiendo alegremente el aplauso pero además tienen que hacer un poco de tiempo para enganchar con la próxima línea. Al contrario de las obras como La vida es sueño que generan un silencio absoluto, en esta oportunidad estamos ante una obra humorística con lo cual hay ya una cierta predisposición a la participación más activa del público, lo hemos dicho tiempo atrás. Pero el exceso de confianza vino después, cuando en varias ocasiones se escucharon gritos de aliento directamente para los actores por su nombre mientras estos interpretaban un personaje. Sí, es rarísimo ver un muñeco con nombre de Monster y escuchar del fondo “bueeena Pepe” (sí, es un nombre genérico, nos reservamos los verdaderos nombres para no ser nosotras quienes desnudemos al actor). Estos gritos desenfrenados y poco reservados, al menos por un rato, expone al actor dejándolo sin su personaje.
La obra cuenta con una perfección técnica absoluta. Las voces, la coreografía y la escenografía son impecables; más allá del género debemos decir que la obra cumple con todo lo que se propone, provoca risas de las auténticas en cantidades y la gente sale contenta. Es para ir a disfrutar una noche de paseo por el centro de la ciudad y, quizá, si podemos ahorrarnos algunos desbordes e intentos de protagonismo, mejor.
Jazmín.Carbonell&Sol.Santoro

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Cuando la risa abre el telón

Cuando nos acercamos a las salas teatrales en busca de un poco de humor es notable como los espectadores están tan bien predispuestos para recibirlo. Es cierto que en muchos casos no estamos completamente seguros de lo que veremos en el escenario. En …

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Cuando nos acercamos a las salas teatrales en busca de un poco de humor es notable como los espectadores están tan bien predispuestos para recibirlo. Es cierto que en muchos casos no estamos completamente seguros de lo que veremos en el escenario. En …

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Cuando la risa abre el telón

Cuando nos acercamos a las salas teatrales en busca de un poco de humor es notable como los espectadores están tan bien predispuestos para recibirlo. Es cierto que en muchos casos no estamos completamente seguros de lo que veremos en el escenario. En cierta forma llegamos a las salas con riesgo a tener que soportar un compendio de malas palabras y de frases obvias, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que las obras de humor son básicamente de humor y aquel que llega a ellas llega con un objetivo claro: divertirse. Por eso es común que cuando se apagan las luces y una voz anónima nos anticipa que está por comenzar la función y todos los demases, como apagar el celular o no sacar fotos, el público se acomoda bien en la butaca y prácticamente ya comienza a reír. Los actores salen a escena y con alguna morisqueta, alguna cara o incluso con algún vestuario particular logran inmediatamente que comiencen las cataratas de risas.
Pero no todos los espectadores somos iguales y recibimos de la misma manera lo que se nos ofrece. Algunos, lejos de poder darle rienda suelta a nuestros impulsos, contemplamos lo que sucede frente a nuestros ojos y reímos, sí, pero para adentro, manifestando sólo una sonrisa evidenciamos que en nuestro caso la procesión nos va un poco más por dentro que por fuera. Y esas risas que aparecen ya desde el principio nos ayudan a soltarnos y hasta tal vez logramos tener un arranque risueño.
Esas primeras carcajadas que se exponen sin pudor dejan espacio para la duda y uno se pregunta, ingenuo o por qué no paranoico, si son reales espectadores tan amables que ríen ante la primera mueca o son reidores contratados para que la función fluya desde los primeros segundos. Lo cierto es que no, el público es realmente desenvuelto y en esa búsqueda de distracción saca a flote sus mejores dotes y se convierte en parte fundamental de la función.
Y es que el público que busca humor tiene sus características particulares: aplaude cada vez que hay un apagón, interviene cuantas veces puede, se permite hablar un poco más que en otras obras, y se siente partícipe cada vez que los protagonistas lo convocan. Y así se da un juego entre platea y escenario más dinámico que en otros casos. Incluso en casos en donde los actores hacen preguntas a una platea imaginaria, la presente no lo duda y responde como si la estuviera convocando el que habla desde el escenario.
Igual, hemos sabido de técnicas magistrales para liberar la risa. Alguna bebida espirituosa siempre ayuda, acompaña e incluso logra que la sonrisa se convierta en carcajada. Muchas veces en los espectáculos de humor nos encontramos en la puerta con algún puesto donde un sponsor reparte vasitos de algo rico y siempre relajante. Es cierto, esto no hace que la obra sea graciosa pero ayuda.
En definitiva el gran salto de confianza que hace el cómico es depositar en el público el éxito más inmediato de la obra, así como el espectador confía en el artista aquella noche que va al teatro con deseos de divertirse. Un muy buen primer chiste hará que el segundo sea recibido con mayor placer y así sucesivamente. En el intercambio entre cómicos y reidores existe la complicidad y la confianza en que el otro estará allí, esperando ansioso ese gag que lo arranque de su rutina y lo sumerja en un otro universo. Ese es el gran efecto del humor. ¡Bienvenido!
Jazmín.Carbonell & Sol.Santoro

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