El teatro al desnudo

Los cuerpos desnudos proliferan por doquier en la era digital. La televisión, el cine y la web nos tienen acostumbrados a los pechos al viento, a las escenas de sexo y a alguna que otra pelvis masculina. Es cierto, esto ya no nos asombra, ya no existe…

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Los cuerpos desnudos proliferan por doquier en la era digital. La televisión, el cine y la web nos tienen acostumbrados a los pechos al viento, a las escenas de sexo y a alguna que otra pelvis masculina. Es cierto, esto ya no nos asombra, ya no existe…

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El teatro al desnudo

Los cuerpos desnudos proliferan por doquier en la era digital. La televisión, el cine y la web nos tienen acostumbrados a los pechos al viento, a las escenas de sexo y a alguna que otra pelvis masculina. Es cierto, esto ya no nos asombra, ya no existe ese pudor por aquello que en otros tiempos supo ser tabú. Después de Ojos bien cerrados, Átame, Como agua para chocolate y Carne trémula, por poner sólo algunos ejemplos, las escenas de Isabel Sarli han quedado prácticamente obsoletas. El ojo del espectador ha incorporado la piel desnuda en la pantalla sin ningún tipo de problema.
Ahora bien ¿cómo funciona esto en el teatro? ¿Estamos dispuestos a ver cuerpos desnudos sin un dispositivo que nos separe, nos proteja y hasta mejore a esas figuras? ¿Cuán cerca podemos tener las partes pudendas de otro ser humano y permanecer tranquilos en la butaca?
No son muchos los casos teatrales que se animan o apuestan al desnudo y nosotros tampoco estamos del todo acostumbrados a ello. Parece lógico teniendo en cuenta que en el teatro nos vemos involucrados de una manera mucho más física y además podemos ser descubiertos y señalados por el mismísimo actor que nos puede ver mientras lo miramos.
En el cine nos podemos permitir ser abiertamente mirones, impunes a cualquier tipo de objeción al voyeurismo. En el teatro, en cambio, estamos todo el tiempo expuestos en ese acto que se produce y se recibe al mismo tiempo. Somos responsables de nuestros ojos y podemos ser descubiertos espiando, así, asistir visualmente a un desnudo ya no es algo tan liviano como en el cine.
El impacto de lo que sucede aquí y ahora es único. Por eso, si vamos a ver La vida es sueño y nos encontramos con un Patricio Contreras que corre sin ningún tipo de ropa ni tapujos hacia nosotros, definitivamente nos sentiremos algo movilizados, entre cacheteados e invadidos y rogaremos que no atraviese la cuarta pared. Si este es el objetivo de una obra bienvenido sea y felicitaciones por la audacia pero debemos decir que es algo por demás impactante. Asimismo, cuando Javier Daulte decidió poner en su obra Automáticos una escena entre dos jóvenes que tenían su primer encuentro sexual, a pesar de estar despojado de un componente erótico intenso, el público quedaba impactado; en el silencio de la sala se empezaban a escuchar los chirridos incómodos de las butacas y todos los movimientos de una platea de espectadores que evidentemente se sentía al desnudo.
Quizá porque el teatro es un espejo mucho más cercano al espectador, quizá por su condición de aquí y ahora, quizá por el hecho de tener en vivo y tan cerca un cuerpo desnudo, lo cierto es que nos amedrenta mucho más, nos invoca, nos moviliza desde otro lugar, más íntimo. Sin duda, lo teatral tiene esta posibilidad y está muy bien que la aproveche, que busque por todos los medios llegar a nosotros atravesando la barrera entre espectador y público y que nos haga mover de nuestros asientos. Si el cuerpo despojado es una vía no nos quedará más que aferrarnos a la butaca y hacernos cargo de esa incomodidad.
Jazmín.Carbonell&Sol.Santoro

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Silencio, hombres recitando (A raíz de La vida es sueño)

Cuando llegamos al San Martín para ver alguna de las obras presentadas ahí, y sobre todo si ésta se representará en la gran sala Martín Coronado con sus 1049 butacas, encontramos todo tipo de público, situación que en la mayoría de los otros ca…

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Cuando llegamos al San Martín para ver alguna de las obras presentadas ahí, y sobre todo si ésta se representará en la gran sala Martín Coronado con sus 1049 butacas, encontramos todo tipo de público, situación que en la mayoría de los otros ca…

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Silencio, hombres recitando (A raíz de La vida es sueño)

Cuando llegamos al San Martín para ver alguna de las obras presentadas ahí, y sobre todo si ésta se representará en la gran sala Martín Coronado con sus 1049 butacas, encontramos todo tipo de público, situación que en la mayoría de los otros casos no sucede. Será porque sus precios son módicos en comparación con las demás, será porque es EL lugar por excelencia del teatro, será porque en sus producciones no sólo abunda la buena escenografía, los buenos vestuarios, las grandes puestas sino además porque siempre encontramos a actores de primera línea y conocidos por todos. Por los motivos que sean, incluso una sumatoria de los mismos, el gran público llena las muchas funciones semanales (en general de miércoles a domingo y ¡hasta dos veces por día!) con gran entusiasmo. Pero claro, al aglutinar mil espectadores por función el abanico de opciones se ensancha hasta más no poder: fanáticos del teatro de siempre, cholulos o cholulas que se acercan a ver a Joaquín Furriel casi desnudo, turistas que tienen claro que el San Martín está en aquella avenida tan conocida por todos, con el obelisco cerca y las mil pizzerías reconocidas a metros, parejas, amigos, familias enteras que por el precio pueden darse el lujo de asistir todos juntos… en fin, toda la paleta de colores posible. Por eso, y a pesar de que antes de la función esa voz tan conocida y anónima a la vez nos pide que apaguemos nuestros celulares, durante las funciones no paran de sonar todos los ringtones del mundo.
Sin embargo, no todo es así. El caso particular que nos llevó a pensar al público del San Martín se trata, en esta oportunidad, de la obra de Calderón de la Barca, La vida es sueño, en donde durante las dos horas completitas, toda la platea –y cuando decimos toda nos referimos ¡a mil personas en total silencio!– se queda quieta con el mayor de los respetos a ese texto tan dificultoso que conlleva con él no sólo la más extraordinaria tradición lingüística sino además la complejidad de que es en verso y que si un actor llega a perderse o llega a olvidar una sola palabra todo puede volverse caótico. Así que el público, a pesar de ser tan numeroso y tan disímil, se sumerge en ese viaje y no sólo lo contempla y lo transita sino que además lo sostiene con su mirada, con su atención, con su quietud entendiendo que hasta el vuelo de una mosca puede perturbar la completa concentración de los actores. Y esto que en principio podría pasar casi inadvertido nos da la pauta de la diferencia más absoluta que tiene el teatro con respecto al cine y es la falta de red, lo inmediato. Esto, claro, sucede en todas las obras teatrales pero cuando se trata de casos tan particulares como dos horas de recitación perfecta sin una sola fisura queda evidenciada su cualidad de espontáneo y también de efímero, y estas características que le son tan propias al teatro necesitan sí o sí de una platea atenta y solidaria. Al revés, en cine, esto no le hace mella a la película misma sino que sólo molesta, y no es menor claro, al compañero que tenemos al lado.
Siempre es grato ver cómo en ese silencio se comunica actor y espectador. El respeto es entre ambos y para ambos. El actor presenta un texto impecable, complejo y lleno de trabajo y la platea –la enorme platea– escucha atentamente permitiéndose recorrer a cada uno de los personajes, torso desnudo de Furriel incluido. En este caso, como en tantos otros, el compromiso del espectador está en el silencio atento. Para el sonido ya estará el momento de los aplausos.
JC & SS

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