Artes Escénicas / Teatro - Crítica

Crave - Cristian Drut

“Crave”: Narrador para armar

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar  y Enea enea@imaginacionatrapada.com.ar

Autora: Sarah Kane Traducción y Dramaturgia: Jaime Arrambide Dirección: Cristian Drut Intérpretes: Javier Acuña, Carolina Adamovsky, Gaby Ferrero, Javier Lorenzo Ambientación digital: Andres Colubri, Fabricio Costa Alisedo [Moldeo], Esteban Ulrich Diseño de vestuario: Mariela Berenbaum Diseño sonoro: Javier Cano Fotografía: Ernesto Donegana Diseño gráfico: Hernán Cassullo Asistencia de dirección: Emilse Díaz Prensa: Guillermo Pintos Producción ejecutiva: Vanina Fabrica Web: http://www.crave.com.ar

Finalizó funciones 2006 -- El Lavapiés Teatro, San José 546/48 Teléfono: 4382-9949 Web: http://www.lavapiesteatro.blogspot.com

Uno de los conflictos que produce la puesta en escena de los textos de Sarah Kane es la potencia de sus palabras. Es como caminar por un puente colgante llevando un jarro de porcelana, del que se ignora su contenido. Se puede hacerlo estallar y apropiarse de lo que sea que lleva dentro, o se puede dejar intacto, haciendo el esfuerzo de imaginar aquello que contiene. En términos de puesta, sería el equivalente de quebrar un texto, jugar con él, adaptándolo a las necesidades de una puesta personal (a lo que, en definitiva, está expuesto cualquier texto que pasa a la escena), o acercarse desde un lugar de respeto, con la mayor dificultad y el otro riesgo que implica esto.

Asociación Libre:

--- “4.48 Psicosis”: Canción de una voz desesperada - por Diego Braude

Tanto “Crave” como “4.48 Psicosis”, las dos obras de Kane en cartel actualmente, son textos abigarradísimos, de gran densidad y cantidad de palabras. El nivel de personalismo que contienen tampoco facilita las cosas, con lo cual las puestas suelen utilizar recursos similares. Son, en definitiva, obras más poéticas que teatrales y eso tiende a dificultar la tarea.

Cuatro sillas, ellos(cuatro), paisaje impresionista de fondo. Los pies cuelgan.
Discurso verborrágico. Él habla, no ella.¿Habla con él o con ellas?¿Es sólo él, o son dos o tres?

En este caso, Cristian Drut opta por ubicar a sus actores en cuatro sillas, de frente al público, sin otro detalle que una ambientación digital provista por Fabricio Costa, Esteban Ulrich y Andrés Colubri, que ocupan durante la función un rol similar al de un VJ (video-jockey). De forma expresionista, van rotando formas abstractas, casi wallpapers escénicos, como si fuera la reacción frente a las palabras; los actores quedan instalados en una suerte de “no lugar” que reacciona a lo que ellos dicen, sin que, sin embargo, ellos puedan verlo, ya que el “empapelado” queda proyectado a sus espaldas.

¿Qué poner? ¿Qué escribir? Me siento frente a la maquina y delibero acerca de lo que vi. Trata de recordar, pero sólo logra recuperar momentos fugaces, o sólo imágenes estáticas. El texto, ¿hubo texto? Quien ahora leyera estas palabras y conociera de lo que hablo estaría a punto de maldecir mi existencia. Pero no, no es lo que usted se imagina.

En el texto, dos hombres y dos mujeres… ¿o un mismo hombre y una mujer escindidos en dos cronologías? ¿o una misma mujer escindida en cuatro manteniendo un diálogo coral consigo misma?... mantienen una conversación. En un texto de palabras y estructura poética, el diálogo está estructurado de manera coral. No hay necesariamente una linealidad entre frase y respuesta, permitiendo de esta manera cierta pluralidad en la significación. La angustia, la soledad y la simultánea necesidad de compañía, el deseo de ser madre y la imposibilidad de serlo, la desazón y pequeños fragmentos de felicidad. Si bien, entonces, conserva estructuralmente un natural parecido con su melliza (las dos son de 1999) “4.48”, “Crave” aparece como menos oscura, menos “terminal”.

Ella habla, él habla, yo hablo. A ella le duele la cabeza siempre que el estornuda en los rincones de la casa, él se siente perturbado porque piensa que ella lo miró mientras él miraba un rincón; yo no soporto los comentarios de ninguno, por eso cada vez que siento sus presencias comienzo a contar cosas que me pasaron cuando era chiquita, como cuando me caí de la bicicleta y me sangró tanto la rodilla que en la calle se quedó grabada la forma de continente americano en rojo opaco.

El diálogo, psicótico en su esencia (no hay un Yo identificable, así como tampoco una cronología; parece desprendido de cualquier lugar posible), requiere por su precisión y ritmo, de una ejecución casi matemática. No hay lugar para el lucimiento individual, porque eso desbalancearía el trabajo general y produciría una fractura en el clima buscado. Todo esto es precisamente lo que encuentra la puesta en sus cuatro actores, incluso dentro del no movimiento al que están confinados; sus cuerpos se convierten en voces. Curiosamente, esto produce la anulación de la “escena” físicamente, lo que a su vez genera una paradoja en cuanto a teatralidad, porque la obra se vuelve puro texto.

Cada parlamento es sucedido por otro. Hasta que él o ella se cansan y lo paran todo. Por momentos nos parece encontrarnos con situaciones de diálogo, otras simplemente ante relatos individuales. Las palabras no se pisan. Cada una ocupa su lugar en el tiempo y espacio. Como si estuviéramos ante la presencia de un coro las voces se suceden, se homologan, se mezclan y alternan.

El texto se impone. Las voces son trabajadas en un tono casi neutro, donde lo que prima es el manejo del tiempo y del tempo de cada frase y de cómo a su vez engranan entre sí. Las cuatro voces, por ende, eventualmente se vuelven una, y la fragmentación consigue una unidad falseada.

¿Y si no los escuchara? Quizás si me tapara tan fuerte los oídos lograría llegar a esa parte de mi cerebro donde están y exprimirlos hasta que todo el jugo que los compone se esparza por todos lados y ellos mueran lentamente a falta de agua en el cuerpo. ¿Es eso posible?

Es difícil ponerse en el lugar y plantearse otra forma alternativa de puesta frente a los textos de Sarah Kane, que muchas veces parecen producto de una suerte de escritura automática y que parecen más pensados para ser leídos que para ser representados (lo que llevaría a una necesidad imperiosa de adaptación). El caso es que para quien haya visto antes “4.48 Psicosis” es probable que parte del efecto se pierda frente a las similitudes y la apuesta de “no-escena” de Drut (y lo mismo a la inversa para quienes vean primero “Crave” y luego la obra de Luciano Cáceres).

Los pies... cuelgan.

www.imaginacionatrapada.com.ar
28/7/2006

 
   

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"124": Cuerpos en rearme permanente - por Enea

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