Artes Escénicas / Teatro - Crítica

Dos mil treinta y cinco - Elisa Carricajo

"Dos mil treinta y cinco": La corrosión va por dentro

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Autoría y Dirección: Elisa Carricajo Intérpretes: Paula Acuña, Julia Amore, Federico Buso, Débora Dejtiar Vestuario: Victoria Blanco, Virginia Mandayo Iluminación: Javier Daulte Diseño de espacio: Juliana Iriart, Marcelo Marzoni Diseño gráfico: Pablo Sternbach Asistencia de dirección: Nina Engel Prensa: Claudia Mac Auliffe Producción: Hernán Molinari. Este espectáculo formó parte del evento: Operas primas. Abasto Social Club, Humahuaca 3649, Teléfonos: 4862-7205 Web: http://www.abastosocialclub.com.ar Entrada: $ 25,00 y $ 18,00 - Funciones: Jueves - 21:00 hs - Hasta el 21/05/2009

Asociación Libre:

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Es la década de 2030. Parece ser un patio. Decoración minimalista. El suelo es de pasto (sintético). Las paredes son termosensitivas, ajustando la temperatura del ambiente a una temperatura media ideal. Dos mujeres discuten. Mejor dicho, una de ellas habla continuamente, mientras la otra guarda silencio, mira para otro lado y, de vez en cuando, devuelve un gesto de odio.

Una pareja en crisis. Una hermana que, luego de tres años de silencio y cero noticias sobre su paradero, decide retornar a la casa que ella y su hermano habían heredado de sus padres; la casa en la cual él vive con su mujer - sin hijos -, la mujer con la cual está en crisis, la mujer que detesta a su hermana. La hermana no vuelve sola, sino con su pareja, que viene con sorpresa.

Las dos mujeres continúan su disputa. Lo hacen durante toda la obra. Sin embargo, el conflicto no es de ellas, sino de Máximo. Al hombre de la casa se le reclama una posición fuerte, límites (los personajes femeninos lo acusan, de alguna manera: carente de virilidad, fallido en su rol masculino). Lo hace su mujer y lo hace su hermana. Ambos lo extorsionan emocionalmente desde diferentes niveles. En el interín, su vida no es lo que él quisiera (¿sabe siquiera cómo hubiera querido que fuera?).

El humor aparece desde textos donde predominan la psicopatía, la violencia de la palabra sin desborde, lo pasivo agresivo. Los cuerpos buscan permanentemente un estado de relajación (en la posición de los brazos, las manos, la manera en que se sientan, una mirada neutra en algunos que apenas se modifica) que su selección de palabras y las tensiones en la voz ocultas detrás de tonos condescendientemente edulcorados desmienten (los sentimientos son armas de negociación, conceptos). El espacio, diseñado y decorado obsesivamente para connotar un estado de perfecto balance, no contiene, sino que amontona claustrofóbicamente todo esto. El exterior y los otros ambientes se adivinan por la presencia de dos salidas, pero no hay ventanas; es una geografía, en realidad, hermética.

El estallido siempre amenaza con llegar, pero no lo hace, como si esas paredes que regulan la temperatura tuvieran su correlato en seres que no revientan, pero tampoco elaboran o resuelven. Tradicionalmente, los personajes recorren un determinado camino hasta que se enfrentan. Acá no: ante el arribo de la confrontación, simplemente huyen, se van - “no quiero estar acá” -, como si sus posiciones fueran irreconciliables al punto de no poder compartir ni un segundo más la escena (salvo, claro que está, que el otro entre en combustión espontánea y elimine de esa manera el conflicto), o no supieran, simplemente, como hablarse.

Domina esta cadencia, como si fuera un ritmo controlado por un metrónomo. Gota de veneno tras gota de veneno. Tic tic tic tic. No es una bomba de tiempo, sino algo que se va perforando de a poco. No hay relato, quebrado, roto; no hay sentido. A manera de círculo vicioso, son esos silencios, esas implosiones, las que permiten el mantenimiento de los vínculos, vínculos, por otro lado, enfermizos, que retroalimentan el estado de violencia sorda. Máximo, entonces, no puede hablar, porque, ¿qué diría?

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/4/2009

 
   

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