Artes Escénicas
/ Teatro - Crítica

"El calor del cuerpo": Calor condensado
por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar y Enea enea@imaginacionatrapada.com.ar
Dramaturgia y Dirección: Agustina Muñoz Intérpretes: Lucas Ferraro, Eduardo Iacono, Cecilia Rainero, María Villar Vestuario: Flavia López Foco Escenografía: Manuel Ameztoy Iluminación: Leo D' Aiuto Fotografía: Guido Adler Asistencia general: Laura Gamberg Prensa: Carolina Castro Producción: Ioni Rogers Director asistente: Barbara Hang. El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, Teléfonos: 4862-0655 Web: http://www.elcamarindelasmusas.com.ar Entrada: $ 25,00 y $ 15,00 - Funciones: Viernes - 23:00 hs
Una playa en algún lugar. Una escenografia que chorrea desde el techo un destellar que los personajes no tienen. Una luminosidad exaltante, un colorido fluorescente que allí queda, en las alturas. Ellos yacen en la arena. Sus movimientos no son muchos, tanto es así, que registramos cada uno de ellos. Nada parece escaparse a la mirada del espectador.
Son dos hombres y dos mujeres. Calor sofocante, que tira para abajo. Ninguno realmente disfruta dónde están. ¿Por qué están ahí, entonces? Son irónicos, sarcásticos, cobardes o temerosos. Pasan el tiempo. El tiempo se les pasa. Las palabras se vuelven un gesto mínimo. El gesto mismo se vuelve ausente.
No hay acción alguna, nada que el cuerpo procese y escupa hacia afuera. Existe un deseo latente que vive bajo esos cuerpos, que por momentos asoma pero que nunca se hace cuerpo, que siempre está ahí a punto de… Las palabras llenan el tiempo, lo colorean, lo vuelven más amable. Pero no hacen avanzar la acción, porque no arriesgan, sólo cuentan. Bellas palabras provenientes de un cuerpo que calla, que en ocasiones quiere gritar, pero que, al final, siempre se resigna a su mismo destino plagado de encierro y silencio.
Se exhiben, pero no se tocan. Si se tocan, se queman. Es playa, verano, supuestamente lugar de exceso, pero se reprimen. Lo curioso es que la armadura que se colocan es frágil y evidente, pero ninguno se atreve a empujar, a ir más allá, a romper este equilibrio forzado. La playa es falsa, es una mentira; no hay arena, no hay mar más allá del que se nombra y los colores cuelgan del techo.
Todo ocurre afuera, lejos de las paredes de este búnker lleno de arena. Nos enteramos de lo que sucede y de lo que existe más allá a través de sus miradas, de sus relatos. El mar, la llegada de los turistas, los romances del viejo. El cuerpo agobiado por el calor se aplasta a la espera de que algún milagro climatológico o libidinal lo haga reaccionar.
Todo es palabra, y la palabra es escudo, defensa. Que si la ensalada de frutas es más efectiva que los collares a la hora de la venta, o que si el “viejo” hace esto o aquello. Que si las mujeres compiten por los hombres, o si los hombres, a su manera se muestran como partidos más deseables unos que otros. El “viejo” se construye como “la experiencia”, y el “joven”, como la ingenuidad y el deseo. Pero el “viejo” se la pasa huyendo y el “joven” nunca termina de acercarse. En la fantasía, todo permanece perfecto.
Uno se ríe. Río, pero, al mismo tiempo, me resulta triste que cuatro personajes elijan el miedo.
¿Qué exuda este cuerpo? ¿Qué es lo que deja ver? El cuerpo se presenta desafectado, abandonado, tirado a las aguas para ser arrastrado. La parte que más vida cobra es el rostro. El rostro avanza y observa, quiere atacar pero el cuerpo no lo acompaña. Mira lascivamente, desnuda, interroga, propone. Pero, nuevamente, ahí queda todo, en un repetir continuo de intenciones y deseos no llevados a cabo. Y estos deseos no se acumulan volviendo el cuerpo una bomba de tiempo, sino que se reciclan continuamente. En una playa, en algún lugar.
www.imaginacionatrapada.com.ar
1/10/2008