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Entrevista a Alejandro Casavalle: "Lo
que yo veo es que la obra no está muriendo, porque está
sumando y una obra suma otra obra"
por Sol Salinas
msolsalinas@hotmail.com
Habiendo reestrenado recientemente
“Una tragedia argentina” y a sólo algunos meses
del estreno de su próxima obra “Pornodrama II El
Esquimal”, me pregunté acerca de la carrera y proyección
de este hiperproductivo director, acerca de su manera de trabajar,
y –principalmente- acerca de su visión del hecho
artístico.
- ¿Te pensaste
como artista a partir de algún momento en especial?
Bueno, las palabras artista
y arte aparecen en mi vida de la mano de dos de mis maestros que
son Julio Chávez y Fernández. Esas palabras no estaban
en mí antes porque para mí arte era el Museo de
Bellas Artes y el Teatro Colón.
Empecé a estudiar teatro
a los 14 años por el motivo más obvio – que
a veces queda encubierto- que era mostrarme, cuando era adolescente
era muy obvio… Pero un día leí “Mi vida
en el arte” y me dí cuenta de que Stanislavski hacía
lo que yo estaba haciendo. Estos fueron mis primeros espejos,
mis primeras identificaciones. La palabra artista me sonaba como
algo ajeno y no propio. Pero mis maestros me hablaban de mis proyectos,
de mis trabajos y me otorgaron el rol de artista. Ese rol te lo
otorga la gente. Yo en verdad no pienso que estoy haciendo arte,
pienso que estoy haciendo lo que necesito hacer. Preciso mostrar
muchas cosas, preciso mostrarme y hoy tengo muchas herramientas
y ya no se me mezcla con algo narcisista.
- ¿Te gusta
que te entrevisten?
Me gusta el espejo que se produce
cuando leo la entrevista y veo qué es lo que sacaron de
todo lo que dije.
- Bueno, te voy adelantando
que yo quiero que esta entrevista salga entera, sin cortes.
¿Entera? ¿Sin
sacar nada?
- Vamos a ver, pero
eso es lo que a mí me gustaría. Cuando hablás
de tus obras, ¿no te molestan las palabras? ¿No
te parece que hay algo que no se puede decir?
Fundamentalmente la acción,
de hecho no es lo mismo esta grabación que el texto escrito.
Además de que lo escrito para ser leído no es lo
mismo que lo escrito para ser dicho. Si yo pienso en lo escrito
para ser dicho, en esas palabras hay un subtexto y una acción,
porque existe una persona que va a decir y accionar a partir de
esas palabras. Lo importante es lo que está pasando, lo
que sucede. Las palabras para ser leídas suponen un lector
que arma un mundo propio… a lo mejor más subjetivo.
Lo que yo busco es mi presencia y la presencia del otro, el encuentro.
Cada elemento de la puesta comunica algo, es pensado y elegido.
- Pero cuando pensamos,
pensamos palabras.
Pero uno también piensa
en imágenes, ruidos, sensaciones, sabores. Qué ganas
de tomarme un rico cafecito y pensás en la sensación
de tomar café...
- Bueno, ¡pidamos!
…¡Ah, pensé que se te había antojado
un café!
Era un ejemplo pero me dieron
ganas. ¡Mozo: dos cafecitos!
Ayer, en un seminario con Asumpta
Serna y Scott Cleverdon, Scott dijo que Orson Welles decía
que una película no se termina, se abandona. La obra es
infinita y por eso es paradisíaca. La obra queda en la
memoria de todos los que la vieron.
- Pero las obras también
mueren…
La obra está muriendo
desde que la estás haciendo, pero uno también está
muriendo a cada instante. En vez de festejar tu cumpleaños
podés pensar que es un día menos de vida. Podés
verlo desde la negativa o desde la positiva. Entonces, lo que
yo veo es que la obra no está muriendo porque está
sumando y una obra suma otra obra.
- En una clase tuya
hablamos de “Una tragedia argentina”, que reestrenaste
hace poquito. El tema de la familia disfuncional…
Es un tema que por algo está
en todos los medios. No es casual. La familia era nuestro orgullo
nacional pero implicaba una relación adolescente porque
es una imagen preconcebida y no una imagen real. Yo no creo que
esto suceda sólo acá. Pero por ejemplo en “La
omisión de la familia Coleman”, la familia está
sostenida por la abuela y cuando ella muere todos escapan porque
en realidad nadie quería estar ahí, ella es la más
perversa de todos. Y a mí me llama la atención que
al público le parezca divina cuando lo que sostiene es
un horror. Esto es notable. Como cuando el público después
de una función de “Una tragedia argentina”
se me acerca y me pregunta cómo voy a limpiar tanta sangre,
que no es sangre pero es sangre. ¿Qué nos pasa con
la sangre? Los actores se negaban a trabajar con sangre para no
mancharse…
- ¿Pensás
que el artista está diciendo o captando algo que está
sucediendo a su alrededor?
Todos tenemos una función
comunicacional, todos nos vemos reflejados en los demás,
todos decimos. Quizás algunos también funcionan
como motor, la obra es un motor que abre y que dice escuchando
al otro. En el teatro no podés estar hablando por celular
o con los mensajitos…
- ¿Y en el cine?
El cine quizás permite
un espectador más distraído porque el actor no está
ahí, estuvo. Si comés caramelos en la sala molestás
al resto de los espectadores, pero el actor ya hizo su trabajo.
En el teatro la acción del público modifica al actor.
- Y eso te encanta
del teatro.
¿La inmediatez? Sí.
Una vez vinieron unos monjes tibetanos al Adán Buenosayres,
armaron un mandala y luego lo tiraron al río para mostrar
la finitud de las cosas, la finitud de la belleza.
- Pero ahora estás
haciendo cine.
Sí, pero sigo trabajando
sobre la inmediatez y siento que dejo un reflejo de lo que pasó.
En este momento siento que necesito que algunas cosas perduren
un poco más. El formato es distinto y me da la posibilidad
de llegar a más gente. Además, me da mucho placer
el set cinematográfico, donde también se produce
teatralidad pero entre los que estamos ahí.
- ¿Te gustaría
dejar un poco el teatro para dedicarte más al cine?
Noooo. No, el teatro me conecta
y no necesito dejar una cosa por la otra.
- Estás filmando
tus puestas.
Sí, filmé “Reducción”.
- ¿Y qué
buscás? ¿Por qué filmás tus puestas?
Yo empecé haciendo cine
y en esa obra yo pensé a cada uno de los 14 espectadores
como cámaras y quería que los actores trabajen sobre
esas miradas. Es que yo empecé a hacer teatro para hacer
cine y me decidí por el teatro por los costos, pensé
que perdería mucho tiempo. Yo empecé a filmar a
los 20 años con algunos amigos, Lucrecia Martel hacía
unos dibujitos animados, otro hacía otra cosa. Pero lo
que me costaba una película era más que lo que me
costaba una obra. Después empecé a disfrutar con
el espacio teatral, me volví muy teatral. Yo hice una obra
de teatro que se llamaba “Diez”. Una vez me llamaron
para hacer un fragmento de “Esperando a Godot”, era
un proyecto de 15 países: cada uno filmaba un fragmento
de la obra y todos los fragmentos hacían la obra. Yo lo
hice con la escenografía de “Diez” y fue maravilloso.
Pensar en cine es distinto, tiene otros tiempos, otros tamaños.
El teatro es algo de todos los días.
- ¿Te parece
que tus puestas son cinematográficas?
No sé, “Reducción”
pudimos filmarla en un solo lugar. En cambio “Una tragedia
argentina”, que también quiero filmarla, quiero hacer
una película de terror argentina, gore argentino, un nuevo
género. Pero requiere cambios en el guión, sobre
todo en relación al espacio. El autor, por ejemplo, pensó
la puesta en una cocina pero yo decidí hacerla en el living…
en el filme quiero utilizar distintos espacios. Quiero estudiar
algunas cosas, las clases de dirección de actores que estoy
dando en la ENERC me reconectaron con el cine. Mis alumnos saben
mucho de cine y yo de actuación. El cine me apasionó
toda la vida, cuando tenía 15 años veía muchas
películas, en un momento paré un poco y empecé
a ver teatro. A veces pienso que a muchos de los que hacemos teatro
nos dieron ganas de hacer cine. Ahora los avances tecnológicos
me acercan al cine.
- ¿Pensás
en esto cuando elegís un texto? ¿Cómo lo
elegís? ¿Qué buscás en un texto?
Acción, que me permita
la acción de los actores. A mí por ahora no me interesa
ser dramaturgo, por eso hago alianzas con dramaturgos: con Cecilia
Propato, con Dalmaroni. En “Una tragedia argentina”
me encantó la acción de los cuchillazos y ahí
está mi marca. Yo ya estaba con el tema de las familias
disfuncionales. En el 2002, 2003, hice “Ficciones derrumbadas”
que era una obra que carecía de estructura dramática.
Al punto que vino Tito Cossa y me lo señaló. En
ese momento estaban dando “New York” en el Payró
y yo la ví y fui a buscar a Dalmaroni. No es que leo 50
textos, escuché mi necesidad dramatúrgica y terminé
trabajando con él, nos encontramos. Como director tengo
un motor y busco otros motores que funcionen más o menos
parecidos.
- ¿El sentido
de la obra está dado por un encuentro?
Sí, por mi encuentro
con los que trabajan conmigo y luego con la gente y la crítica.
- ¿Leíste
alguna crítica que le asigne un sentido opuesto al que
vos encontraste en alguna de tus obras?
No. Los críticos ahondan
sobre la obra. Ernesto Schoo, por ejemplo, es un gran crítico,
sus reflexiones son maravillosas y su universo muy interesante.
El artista que no soporta una crítica es demasiado narcisista.
Si todo va hacia un lugar es por algo. Habría que ver que
pasa cuando el público no coincide con la crítica.
- ¿Pero vos
cómo sabés qué piensa y siente el público?
El público mira individual
y colectivamente. El público tiene sentido común
y cuando todos notan algo es por algo.
- Entonces tenés
que estar en todas las funciones.
Sí. En el cine es distinto
porque si encontraste algo bueno queda para siempre pero si no
te alcanza lo que encontraste no podés recomponerlo en
la siguiente función. Pienso en la vida, las acciones en
la vida quedan en la memoria y no pueden deshacerse. Es terrible
porque no hay vuelta atrás. El teatro me permite volver
atrás, recomponer. El teatro me enseñó mucho,
el teatro como buena madre sirve para madurar, el cine es hijo
del teatro.
- ¿Y la fotografía?
¿Y la pintura?
Bueno, yo me expreso desde
mi especialidad. El cine nace de la necesidad de poner una imagen
en movimiento pero a la vez, de poner un actor que trabaje con
sus movimientos. Además, el teatro también se nutre
de las plásticas. Bueno, todas las artes se combinan.
- Yo leí que
sustancias sensibles a la luz ya existían en el Antiguo
Egipto y sin embargo, la imagen en movimiento nace en la modernidad.
Durante todos esos siglos no se necesitaron esas imágenes,
algo ocurrió en la modernidad.
Mmm, pensando en Egipto, en
esos faraones enterrados con sus cosas. Quizás la eternidad,
quizás no había conciencia de muerte. Con el cine
aparece una nueva necesidad, de preservar algo.
- Tiene que ver con
la aceleración, el movimiento, la luz.
Es la única manera
de mantener a Marilyn Monroe viva y por eso aparecen las estrellas
y las imágenes que perduran en movimiento. La estrella
puede estar muerta pero sigue iluminando. Pienso en el desarrollo
del cine de entreguerra, del cine de posguerra, cuando existe
una conciencia atroz de muerte. Pienso en James Dean, en Marlon
Brando y en que nos siguen iluminando. Pienso en el día
de los muertos en Bolivia, ellos embalsaman a sus muertos y los
sacan ese día. El cine es una forma de tratar de preservar
un momento, una forma de tratar de mantener la luz… luz,
pero eso se llaman estrellas y no manzanas!