Artes Escénicas
/ Teatro - Crítica

“Espía a una mujer que se
mata”: Chejov Intertexto
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Sobre textos de: Anton Chejov
Dirección: Daniel Veronese Intérpretes:
María Figueras, Fernando Llosa, Marta Lubos, Osmar Nuñez,
Claudio Quinteros, Silvina Sabater, Julieta Vallina Diseño
de escenografía: Daniel Veronese Diseño
gráfico: Gonzalo Martínez Asistencia
de dirección: Felicitas Luna Prensa:
Walter Duche, Alejandro Zárate Producción
ejecutiva: Sebastián Blutrach.
Finalizó Funciones 2007
-- El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, Teléfono:
4862-0655 Web: http://www.elcamarindelasmusas.com.ar
Entramos a la sala, y Sonia y
su padre ya están ahí. Caminan, transitan, estiran
el tiempo mientras los espectadores terminan de sentarse y apagar
sus celulares (aunque siempre hay alguien que se olvida de hacerlo
y sonará luego en medio de un parlamento). No es algo novedoso,
sino ya casi una costumbre; la obra ya está ahí desde
antes que entremos, en este caso un poco como la discusión
que Sonia y su padre habrán de tener una vez consideren (los
actores) que ya pueden comenzar.
Y la discusión no es sobre la finca
ni sobre la ausencia paterna mientras la hija se desloma con su
tío trabajando. Es acerca del teatro y de sus vicios, de
sus momias veneradas, de los reciclajes (decorados incluidos, como
el propio de esta obra, heredado de “Mujeres soñaron
caballos”) y de las nuevas poéticas que surgen; qué
es el teatro, qué era, qué será. Primera pregunta
que me realizo: ¿en cuál se autoincluye Veronese?…
Serebriakov
y su nueva mujer Elena Andreevna (Veronese mantiene los nombres
originales, pero sus actores visten actuales, casi como si fueran
a ensayar en vez de a función), se han mudado a la finca
que es de su propiedad (nominalmente) pero que, esencialmente, han
hecho funcionar la madre de su primera mujer, su cuñado Ivan
Petrovich Voinitzkii (Vania) y la hija de ese primer matrimonio,
Sonia. Serebriakov es un celebrado académico, acá
un celebrado crítico y académico teatral (sutil pero
importante diferencia de rótulos), quien se ha pasado la
vida escribiendo sobre aquello, dicen los propios personajes, de
lo cual no sabe nada.
De un lado Vania, Sonia y María (la
madre de Vania), del otro Serebriakov y Elena. En el medio, casi
como bisagras entre ambos grupos, Marina (un cruce de dos personajes
originales, hombre y mujer, que en esta mezcla forman un híbrido
andrógino) y el doctor Astrov. Marina es la ayudante, Astrov
es el objeto del amor inconfeso de Sonia, y quien busca el afecto
de Elena, quien a su vez también es deseada por Vania. Los
autores rusos de fines del siglo XIX tenían una facilidad
increíble para elaborar redes de relaciones complicadas.
Todos son amablemente belicosos o babosos,
en una finca moribunda de personajes en igual estado de putrefacción.
Chejov es uno de los padres del teatro moderno en una Rusia decadente
que está a poco más de una década de encontrar
su fin, que es precisamente el subtexto que es posible encontrar
tras el palabrerío que se acumula en la obra. Veronese toma
al teatrista moderno y lo vuelve “posmoderno”, travistiendo
personajes y jugando con referencias intertextuales (como a su propio
teatro, por el decorado, los actores, las palabras y hasta los títulos
– “Espía…” completa la frase original
perteneciente a la leyenda chejoviana que iniciara con “Un
hombre que se ahoga”; un hombre que se ahoga espía
a una mujer que se mata-).
Detrás del tedio de estos personajes
atascados se encuentra la tormenta. Todos ellos, en definitiva,
juegan a ser lo que no son, juegan a ser máscaras. Y todos
ellos están atravesados por la impotencia de no haber podido
“ser” y de tener que conformarse con lo que consideran
una mediocre realidad. El gran académico, gigante en sus
palabras, es el velo detrás del cual se puede ver al pequeño
hombrecillo, pura pose, cero sustancia. Vania es el decepcionado
lector de Serebriakov que le echa la culpa de no haber podido vivir
su vida por dedicarla a mantenerlo. Astrov quisiera ser un héroe
idealista, pero, en realidad, es una idealista devenido en falso
cínico. Las jóvenes Elena y Sonia, quieren ser, pero
no saben cómo.
La falta, la pérdida, temas recurrentes
en Veronese, que siempre encuentran su camino de una u otra manera.
El tiempo pasado, irrecuperable, la representación, su forma,
su crisis. Pero Veronese mismo es ya una figura reconocida, una
suerte de paradigma teatral que tiene seguidores y detractores,
y que tiene asegurado un aplauso rabioso al final de la obra, hasta
cierto punto, por el sólo hecho de la portación del
apellido-marca.
La
calma, el tedio, la meticulosa construcción de las situaciones
y de los personajes (miradas, cuerpos, voces), tiene su explosión,
su desborde desmedido en las escenas finales. El controlado y realista
Vania se vuelve un histérico que se golpea el pecho y se
arrastra por el suelo. La tensión ha alcanzado su punto de
no retorno, donde todos los conflictos estallan. Los corazones rotos,
los sueños decrépitos, las máscaras secas.
Sin embargo, como una catarsis inocua, todo vuelve a la normalidad…
como dice la Bernarda Alba de García Lorca “Aquí
no ha pasado nada”, o como dice el dicho en inglés
“the more things change, the more they remain the same”
(cuanto máas cambian las cosas, más permanecen igual)
– lo que hace lógico el cabezazo final de Vania y su
sobrina contra la mesa (o es que, simplemente, los personajes se
apagan una vez terminada la función).
Llegado este punto, queda claro que la elección
de Chejov no es inocente y que Veronese lo utiliza para realizar
sus planteos y preguntas, una de las cuales me apropio (o agrego)
que es si el público, ese que aplaude y vitorea, se detendrá
un minuto a pensar.
Recursos web:
http://www.cervantesvirtual.com/
- Versión en castellano de "Tío Vania",
de Antón Chejov
www.imaginacionatrapada.com.ar
13/10/2006 |