Artes Escénicas / Teatro - Crítica

Hipocampo - Hernán Morán

“Hipocampo”: Rosebud

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Autoría y Dirección: Hernán Morán Intérpretes: Augusto De Vera, Germán Rodríguez, María Urtubey Diseño de escenografía: Javier Casielles, Hernán Morán Diseño de luces: Javier Casielles Realización de escenografia: Agustin Garbellotto Asistencia de dirección: María Lía Bagnoli Prensa: Silvina Pizarro Producción ejecutiva: Valeria Casielles

Finalizó Funciones 2007 -- Abasto Social Club, Humahuaca 3649, Teléfono: 4862-7205 Web: http://www.abastosocialclub.com

Asociación Libre:

---“Vértigo”: ¿La quintaesencia del McGuffin? - por Diego Braude

El evento traumático. La máscara. La conformación de un relato alterno como forma de llegar al real.

Una mujer ha sufrido un accidente que la ha dejado postrada. Su recuperación es lenta, trabajosa. No ayuda que ve a un joven al lado suyo, visión que a veces comenta a su marido, pero otras oculta por temor a vislumbrar una incipiente demencia.

Rosebud, el trineo de Charles Foster Kane, perdido en una red de memorias y relatos, tiene acá su equivalente en el núcleo traumático que Evelina no puede recordar, bloqueado, disfrazado, huidizo. Ella es, además, psicoanalista; adivina en la oscuridad de los símbolos un camino, así como ella misma y la propia trama están presentes en el discurso. Palabras que funcionan como los ladrillos de un edificio; individualmente, parecen frases bonitas, pero juntas muestran el dibujo completo.

La música y el juego lumínico de claroscuros, así como el vestuario y cierta condificación en la actuación o en determinados cuadros que se logran, llevan a los ´50s. Una atmósfera de hitchcockiana opresión también está ahí, como en la carta que lee el joven fantasma, donde habla de un sueño en el que un caballo le apoya las patas sobre el pecho y le impide respirar.

Los fantasmas siempre están en el lugar de algo, y hablan más de quienes los ven que de los fantasmas mismos. Como define bellamente Martín, el marido de Evelina, el dolor por la ausencia de un ser querido es en realidad la angustia por su inextinguible presencia, marcada por los trazos de recorridos hechos innumerable cantidad de veces, de muecas, de acciones repetidas e identificatorias, de espacios atravesados por tiempos compartidos y sentimientos que tienen un anclaje de fechas específicas. El dolor de la ausencia es, entonces, el de la presencia que se hace cuerpo en el recuerdo.

Como todo texto psicoanalítico, el del drama de Evelina está plagado de referencias, apropiaciones de traumas ajenos, recuerdos sueltos que, aparentemente, no tienen solución de continuidad. El discurrir de Evelina es similar al de una terapia, como le pasaba al personaje de Gerard Depardieu en “Una simple formalidad”, de Polanski. En aquella película, Depardieu es un escritor famoso que, repentinamente, se ve llevado a una comisaría en una noche lluviosa. Sin entender por qué, el interrogatorio por un homicidio se vuelve interminable. Es sólo cuando el protagonista puede entender por qué no puede irse o por qué la noche no acaba, que puede liberarse. Para Evelina es lo mismo.

Hipocampo es el caballito de mar, monógamo y capaz de morir si su pareja fallece primero. Hipocampo también es el lugar del cerebro dedicado a la memoria a largo plazo. El hipocampo atraviesa misteriosamente el relato, siendo una pista que en realidad es otra cosa. Funcionando por asociación libre con otros elementos que, lentamente, van permitiéndole a Evelina recordar.

Las luces van modificándose, dando una suerte de tiempo enloquecido, un no tiempo, que es el del que está bloqueado y varado en su trauma. Asimismo, el artificio cinematográfico, la condensación de esa energía que busca salir, pero que suele puede encontrarse a sí misma liberada cuando la protagonista conecte los puntos sueltos. Su marido y el joven que ella ve buscan ayudarla, guiarla, pero, lógicamente, aunque conozcan la verdad no pueden decirla (porque esta llega sólo para el paciente y por el paciente a través de la elaboración del trauma en su terapia). No es casual que la protagonista esté postrada; sólo puede ver, escuchar, hablar, pero necesita de la ayuda de otros (la silla de rueda, las muletas); su cuerpo, se podría decir, somatiza su propia parálisis, es un síntoma, no meramente un resultado.

Clima de textos poéticos y de silencios significativos. Como en “Vértigo”, de Hitchcock, el deseo de vivir conviven con la muerte y la melancolía. La demencia que Evelina teme es el conflicto entre una punta y la otra. Todo en el texto que conforma el evento escénico es un dato, una pista, una piedrita que es parte del camino amarillo hacia sí misma, hacia Rosebud.

www.imaginacionatrapada.com.ar
26/10/2007

 
   

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