Artes Escénicas / Teatro - Crítica

La Felicidad - Javier Daulte

“La Felicidad”: Perdiendo el control

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Autoría y Dirección: Javier Daulte Intérpretes: Marita Ballesteros, Luciano Cáceres, Gloria Carrá, Marcos Montes, Carlos Portaluppi Voz en Off: María Onetto Vestuario: Mariana Polski Escenografía: Alicia Leloutre Iluminación: Gonzalo Córdova Diseño sonoro: Pablo Ratto Música: Josep Sanou Asistencia de dirección: Marcelo Pozzi Prensa: Colombo Pashkus Producción ejecutiva: Jorgelina Elía.

Finalizó Funciones 2007-2008 -- Regina, Av. Santa Fe 1235, Teléfono: 4812-5470 / 4816-6427

Hace varios años, en un capítulo de Los Simpsons que parodiaba a la vieja serie “La Dimensión Desconocida”, Bart tenía poderes para modificar la realidad a su antojo; todo sea por hacer feliz al niño.

¿Qué es “la felicidad”? Pregunta que siempre vuelve, que siempre lo ha hecho, desde tiempos inmemoriales. ¿Cómo se mide la felicidad? ¿Cómo se la hace durar? Algunos dicen que es encontrar un justo medio, un lugar de balance. Otros dicen que la felicidad es esta sensación llena de endorfinas donde todo se cumple. También hay quienes argumentan que la felicidad es parte de un equilibrio fino con lo que consideramos sus opuestos, como el dolor, la tristeza, o la sensación de falta.

Rosa es así (“la vida color de rosa”, oh ironía). Rosa es la niña mimada de Fina y Omar, y viven en una casa algo alejada. El espectador sólo ve el interior de la casa, el resto del mundo queda, metafórica y literalmente, afuera. Porque, convengamos, el mundo está lleno de golpes e imperfecciones. Escribir, manipular, ese espacio, es mucho más complicado. La casa es, hasta cierto punto, mundo y no universo. Mundo como algo cerrado sobre sí mismo, universo entendido como expansión. Rosa elige considerarlo como lo primero.

De los momentos de felicidad, uno sobre el que la obsesión se posa es el del amor, del estar enamorado. Desde científicos a filósofos, religiosos, poetas, artistas en general al taxista del microcentro, todos han (hemos) argumentado sobre eso. Una de las imágenes más feas es “el amor como adicción” (reciente y clínica, oh casualidad). El amor es como comer chocolate (no tan reciente, pero igualmente clínica y carente absolutamente de vivencia y sensibilidad… ningún chocolate tiene ese sabor, ni llena tanto, ni se hace cuerpo de esa manera, ni es tan simple y complejo al mismo tiempo). El amor es “una cosa maravillosa” (simplista, canción pop o visión bohemia, al menos es sincero). Definiciones sobran. El amor, eso sí, es una abstracción, y estar con el otro, una realidad. Y la realidad es inconstante (no como la inconstancia tramposa de la que hablaba Shakespeare en sus sonetos), no es siempre igual. La ilusión es querer mantener eso siempre igual, el sentimiento eternamente en su pico, inmortal, ni con subes y bajas.

Rosa conoce a Sergio y se enamora; lo ve el espectador en escena, lo dice una voz en off que narra con tono didáctico, como si fuera una vieja telenovela. Género “rosa”, la telenovela, el melodrama. Melodrama, género de los amores imposibles. Psicoanálisis popular, el que dice que el deseo, como Deseo, nunca termina de tener forma; es móvil, dinámico, huye siempre cuando pensamos que lo hemos alcanzado. El universo es móvil, el mundo es quieto; el afuera es así, el adentro no tiene que serlo. Rosa está enamorada de Sergio. Rosa es la directora y dramaturga de su propia ficción. Y ahí, Sergio no es persona, sino personaje.

El tono artificioso, pero relativamente realista, se trastoca cuando el amor parece tambalear. De la nada, entramos en la “dimensión desconocida”. Sergio se enoja con Rosa por una estupidez; ella presiente el desequilibrio y actúa. Duerme a su amante y lo opera con ayuda de su hermano, que no es su hermano, sino un androide; Sergio debe olvidar. Cuando despierte, la ficción que se le ofrezca debe ser perfecta.

Si el deseo se corre cada vez que parece haber llegado a destino, entonces, evidentemente, la solución está en hacer que nunca se termine de llegar a ese lugar. Rosa escribe un melodrama, otorga roles y papeles (no es la primera vez; recuerden, “hacer feliz a la niña”). Hay que ensayar. Lo que está en la televisión, pasa a la realidad (realidad que no es realidad porque es un espacio escénico; cada hogar, cada familia, como un espacio de construcción de ficciones propias).

Lo que queda es una mezcla del culebrón de la tarde con las Invasiones Inglesas con “El Eternauta” de Oesterheld.

Y ahí comienza otra obra. Lo que antes era edulcorado e hipercalculado, se vuelve oscuro, ambiguo. Los “actores” comienzan a improvisar, la ficción tramada va adquiriendo vida propia. Pero Sergio, que no conoce el camino que debe seguir con exactitud, a su vez va tejiendo su propia interpretación de la historia que se le ofrece.

La atmósfera se va enrareciendo, sin perder el humor, pero mutando de género. Lo mismo que el culebrón en la televisión argentina, que fue de “Rosa de lejos” al contexto fantástico-ciencia ficción de “Resistiré”.

La obra (no esta obra en este teatro, sino en general: la obra) sólo permanece cerrada de manera perfecta cuando no es mostrada. Una vez que sale y se expone a los demás, se convierte en algo mucho menos previsible en sus efectos y consecuencias. Deja de haber una sola vida posible, para multiplicarse. La obsesión de Rosa es construir una burbuja que conserve el amor y la felicidad como algo que no cambie ni se altere (otra vez, como el soneto de Shakespeare).

Hay un viejo dicho que dice que “hay que tener cuidado con lo que se desea”, sobre todo si después se cumple.

www.imaginacionatrapada.com.ar
14/9/2007

 
   

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