Artes Escénicas
/ Teatro - Crítica

“La casa alba (a la otra orilla
del mar)”: No mires, no hables, no escuches, no desees
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Sobre textos de:
Federico Garcia Lorca Dirección, Diseño
de Vestuario y de Espacio: Edgardo Dib Intérpretes:
Stella Brandolin, Sandra Grandinetti, Mariana Gutierres, Araceli
Haberland, Marta Montero, Liana Muller, Erica Spósito, Julieta
Vigo Diseño de luces: Leandra Rodríguez
Realización de vestuario: Susana Sanchez
Sonido: Martin Lavini Fotografía:
Juan Marcelo Baiardi Diseño gráfico:
Esteban Caffini Asistencia de dirección:
Stella Brandolin, Araceli Haberland Producción
ejecutiva: Luciana Zylberberg.
Finalizó funciones
2007 -- La
Manufactura Papelera, Bolivar 1582, Teléfono: 4307-9167 Web:
http://www.papeleracultural.8m.com
Finalizó funciones
2006 -- La
Manufactura Papelera, Bolivar 1582, Teléfono: 4307-9167 Web:
http://www.papeleracultural.8m.com
La casa de Bernarda Alba, la
casa escénica, es un círculo de sal rodeado por las
butacas de los espectadores. Es la sal de un mar invisible y lejano
a la aridez de Bernarda y sus dominios. Es la sal que conforma un
círculo tradicionalmente de protección para los que
están adentro; acá demarca el espacio escénico,
pero también es el muro que encierra a sus ocupantes.
Bernarda omnipresente, Bernarda
dominante. Ingresamos a su vida en el funeral de su segundo esposo,
pero pareciera que el luto que visten sus hijas ha sido desde siempre.
En el mundo de los ciegos, el tuerto es rey; en el pueblo de los
pobres, Bernarda se cree aristocracia. Sus hijas van cubiertas de
harapos negros y descalzas, encerradas en esa geografía limitada
que es la casa. La moral, las buenas costumbres, el deber ser, se
imponen, se marcan sobre los cuerpos. No hay posibilidad de comparar;
sólo existe y todo se hace según la versión
de Bernarda. “Ella, la más aseada; ella, la más
decente; ella, la más alta”.
Las hijas son mujeres desierto,
secadas por su propia madre, engendradas para sufrir y eternizar
el sufrimiento. Sólo la joven Adela parece querer llevar
la contra.
La
existencia impertérrita de estas mujeres muertas se altera
con la aparición (no física) de un hombre, un hombre
que quiere casarse con una de ellas. Pero, detrás del compromiso
que hace con la mayor (irónicamente llamada Angustias), está
el deseo por la menor. La represión contra la pasión
y el deseo, Eros versus Tánatos.
En el espacio escénico
las luces van cambiando el tiempo, y unas jarras de agua (cantidades
ínfimas que no alcanzan para calmar la sed de vida de sus
ocupantes) rodean la escena. Aguas que son el mar ausente, y la
corriente asesinada del fluir vital femenino.
El texto tiene ajustes, pero,
esencialmente, se mantiene fiel al original de García Lorca.
Pese al enorme trabajo de todas las actrices (con especial acento
en una organización casi coreográfica de los cuerpos
en el espacio), algunas de las voces jóvenes tienen dificultades
a la hora de “decir” el texto poético y eso a
veces le quita una de sus dimensiones a la obra. Fuera de eso, la
atmósfera se va volviendo asfixiante, reforzado el efecto
por la disposición circular del público alrededor
de la “casa”; su mirada clausura el escape, se convierte
en un testigo morboso de la decadencia inevitable de la casa de
Bernarda y se dedica a esperar la tragedia.
Toda exaltación vuelve
a cero, el estricto respeto de “la moral y las buenas costumbres”.
La no demostración, el aniquilamiento de toda fuerza libidinal,
el castigo a la libertad. El círculo protege, hasta que la
protección se vuelve encierro, prisión, literal y
metafórica. La “idea” del mar, del cuerpo de
un “hombre”, aumentan la angustia porque no se ven,
porque se limitan a la palabra, como mucho al concepto o a la fantasía.
Pero son las propias hijas de Bernarda las que se encargan de perpetuar
el sistema, nunca más evidente que cuando la pacífica
y torturada Martirio decide destruir a Adela por envidia. Bernarda
ha transformado a su propia progenie en cuervos que lastiman a quien
se atreva a romper el equilibrio.
Cada tanto se hace el silencio,
cambian los actos, y los personajes se cruzan, armando un tableau
vivant; se doblan, como muñecas de trapo, ocupando sus nuevas
posiciones. Nuestra guía, nuestra Cassandra dentro de la
propia obra, Poncia (quien nos ha llevado en un principio hasta
las butacas) es conciente de la tragedia que se avecina, pero no
deja de participar.
El sistema represivo de la casa
sin alba está destinado a matar a sus propios hijos. Bernarda
es la voz que atraviesa todos los rincones e implanta el silencio
como un borceguí aplastando un débil brote. Es el
centro de la rueda y sus hijas los bordes que se aplastan una y
otra vez contra el duro suelo. Bernarda es como el dios Cronos de
Goya que se come a sus propios hijos. El control obsesivo, los espacios
cancelados y pornográficamente (en el sentido de que no hay
forma de ocultarse) transparentes. Como oposición, la visceralidad,
el deseo; como resultado, la muerte inexorable… En el medio,
totémica, Bernarda gritando silencio, que “aquí
no ha pasado nada”.
Recursos web:
http://www.tinet.org/~picl/libros/glorca/gl003d00.htm
www.imaginacionatrapada.com.ar
20/10/2006 |