Teatro

"Me dio lástima decirte que
no": Wenceslao atrapao
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Coordinación de dramaturgia
y dirección: Bernardo Cappa. Elenco:
Bernardo Cappa, Alejandro Álvarez, Javier Dubra, Luis Sosa
Arroyo, Noelia Prieto. Asistencia artística:
Aníbal Gulluni. Asesoramiento en iluminación:
Matías Sendón. Fotografía:
Mauricio Kartun Foto de gráfica: Xavier
Martin Prensa: Caro Alfonso. Funciones:
Domingos 19 HS. Sala Alucía. Ecuador 474. Reservas:
4863-4960. Debido a la capacidad de la sala por favor reservar.
Entradas: $ 10. Estudiantes y jubilados: $ 5. Última
función 2005: 27 de noviembre
Una casa, un patio, una escalera. La puerta
se abre, departamento cálidamente amueblado. Café
para la espera. Es la casa de Bernardo Cappa (“Territorio
Plano”), la Sala Alucía. Pasamos a la sala propiamente
dicha, se cierra otra puerta, comienza la función.
“Me dio lástima decirte que no”
es la historia de una familia de clase media (o media alta quizás)
venida a menos, como muchas en los últimos años. Su
decadencia está marcada no sólo por el deterioro económico,
sino sobre todo por su enfermiza negación a dicho proceso.
Se vive el día a día como una gran ficción,
y ese pasado brumoso como la última realidad vivida y disfrutada.
En tono de comedia negra, “Me dio...”
recuerda a “Como las ratas”, de Luciano Cáceres
(2004), y a lo que en cine presentara Leo Di Cesare con “Buena
Vida Delivery” (2002). Personajes entre enfermos, enfermizos,
nostálgicos y perversos se cruzan construyendo un mundo bizarro
y a la vuelta de la esquina simultáneamente. La risa y la
incomodidad llegan ambas por el patetismo de quienes pululan por
ese pequeño ambiente representado.
Un padre ya viejo, Gregorio, (Alejandro Álvarez),
descomponiéndose día a día, quien fuera un
eximio nadador. Como padre, figura de la Ley en la mitología
occidental, está caído, muerto en vida, viviendo sólo
en el recuerdo – una y otra vez sus travesías a nado.
Una madre andrógina, Alicia (Bernardo Cappa), quien delirantemente
lleva la casa adelante. Dos hijos idiotas, que viven con cuerpo
de adultos fantasías infantiles, con cuerpos erotizados,
jugando de manera casi incestuosa hasta que aparece Wenceslao (Luis
Sosa Arroyo), el que hará síntesis de todos los deseos
de los habitantes haciendo que se pongan en escena como mecanismo
de seducción.
El trabajo escénico parte de un “reciclaje”
espacial: usar lo que se tiene a mano, construir a partir de lo
mínimo indispensable. Desde un entrepiso relativamente cubierto,
iluminado de manera inteligente (único espacio amueblado
a la vista, sin embargo, su penumbra evita demasiada obviedad, quedando
sugerido el ambiente) que representa el dormitorio de la pareja
adulta, aparecen Alicia y Gregorio. A posteriori, la acción
girará en torno a una heladera, último bien material
(junto a una radio portátil donde Alicia encuentra sosiego
temporal de a ratos), y dispositivo escénico con el que juegan
todos los personajes. La heladera, electrodoméstico, sintetiza
en sí misma el “deme dos” de la década
menemista (reproducción a su vez del “deme dos”
de Martínez de Hoz en los ´70).
Wenceslao viene de parte de la municipalidad
a tomar las medidas de la casa, ya que esta habrá de ser
rematada. Ser masculino externo, se convierte en el objeto a seducir
por Alicia y Yésica (Noelia Prieto). El resto de la obra
irá mostrando que a partir de su deseo de ayuda, Wenceslao
termina quedando inmerso en la vida de los habitantes de la casa;
la lástima termina siendo su perdición.
Toda la primera etapa de la obra se juega
en forma de esta comedia negra ácida, disparatada al borde
del delirio, en un estilo que también recuerda un poco a
algunos personajes de Alex de la Iglesia. Alicia, Lorenzo (Javier
Dubra), Gregorio, Yésica van creando su mundo fantaseado
a partir de sus negaciones y perversiones, negándose y resignificando
toda referencia externa al mundo más racional y real (como
la “guerra” con los vecinos okupas, quienes han construido
una piscina “olímpica” con un terreno ganado).
Universo que incomoda por raro, oscuro y risible, pareciera a partir
de cierto punto en la obra perder un poco el rumbo.
Es claro que la energía de los personajes
pasa a centrarse en la seducción de Wenceslao, y el delirio
de situaciones es la consecuencia. Pero desde el seducido es como
si faltara un cambio, una necesidad mayor de huir de ese manicomio.
Da la sensación de que (así como en “Como las
ratas” el muchacho evangelista intenta hacer una y otra vez
entrar en razón a la familia que ha ido, debido a la crisis,
por el mal camino) su intención de introducir los elementos
de la realidad racional deberían igualarse en intensidad
con la locura de sus interlocutores. Este proceso se dilata hasta
el final, en el que la obra cierra, ahora sí, con un delirante
sprint hacia la meta, en el cual Wenceslao termina aceptando su
inevitable destino.
Lo curioso es que estas observaciones carecen
en algún punto de validez, ya que la puesta es discutida
y evaluada entre los propios protagonistas al final de cada función,
dejando o modificando lo que crean necesario. “Me dio lástima
decirte que no” es en ese sentido un experimento teatral que
apunta a la flexibilidad del actor y por ende del espectáculo
(desafiando la idea de texto cerrado). Quien entre en conexión
con la propuesta, entonces, se encontrará probablemente cada
fin de semana con una obra potencialmente distinta.
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5/08/2005 |