Teatro

"La omisión de la familia
Coleman": Esa familia, nosotros
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Autor, libro y dirección:
Claudio Tolcachir Elenco: Con Ellen Wolf, Miriam
Odorico, Inda Lavalle, Lautaro Perotti, Tamara Kiper, Diego Faturos,
Gonzalo Ruiz y Jorge Castaño.Asistencia de Dirección:
Gonzalo Ruiz, Macarena Trigo, Maxime Seugé. Prensa:
Duche&Zárate.
Finalizó funciones 2005
-- Timbre 4 (Av. Boedo 640 (timbre
4) – Reservas: 4956-0164). - Leer
nota 2005
Finalizó funciones 2006 -- Timbre
4 (Av. Boedo 640 (timbre 4) – Reservas: 4956-0164).
Finalizó funciones 2007 -- Timbre
4 (Av. Boedo 640 (timbre 4) – Reservas: 4956-0164)
Tratar de “leer” “La omisión
de la familia Coleman” no es un trabajo sencillo. No es porque
la obra aparezca como críptica, sino a raíz de sus
múltiples posibles interpretaciones.
Partiendo del grotesco (observar lo social
desde una comicidad ácida y negra conseguida desde lo trágico
de la situación), Tolcachir pone sobre el escenario una familia
disfuncional: una abuela benévola, una madre con un coeficiente
intelectual por lo menos dudoso, tres hermanos “presentes”
– uno que vive en una suerte de marginalidad, otro que aparece
como un débil mental simpático, la tercera la luchadora
que intenta vivir con dignidad a pesar de los límites propios
y ajenos – y una “ausente” – criada fuera
de la casa, exitosa profesionalmente, con una familia “normal”.
El deseo permanente de “estar fuera” de la familia,
donde esta aparece como un yunque cargado como una condena, es el
eje principal sobre el cual gira el conflicto de los personajes;
el “lejos estaría mejor”.
Los diálogos entre los personajes van
sutilmente construyendo el mundo de la obra. El humor es el dínamo,
haciendo avanzar la trama a partir de lo tragicómico de las
diversas situaciones, manteniendo el interés a su vez apoyado
sobre el trabajo de los actores (tanto en el texto como en sus cuerpos).
Pero nada en los diálogos es inocente. Cuando la obra es
mirada en retrospectiva, es posible ver, como un hilo de Ariadna,
la pista de un texto en el que las palabras no ocupan lugares casuales,
sino causales. Ningún personaje es literal, ninguno es pura
superficie, y toda mirada sobre ellos permite encontrar más
de un sentido.
Desde la trama, determinados eventos (irónicamente
previstos desde el texto en las primeras escenas), disparan, sirven
de catalizadores, al conflicto de fondo, conflicto negro y denso
que sobrevuela a todos los personajes, y en el cual cada uno se
autoadjudica un rol.
Hablando con otros espectadores, surge normalmente
la frase “en mi familia también pasó algo así”,
“estas cosas pasan en las familias”, etc. La familia
disfuncional, los personajes bizarros, psicóticos (idos)
o psicopáticos (manipuladores), las víctimas y los
victimarios, los huecos en la historia familiar, el deseo de ser
reconocido o de escapar, etc. Y es perfectamente natural tomar la
obra desde un lugar “micro”, en ese sentido. La historia
trabaja sobre una estructura familiar de alguna manera tipificada
a través de los roles, en la cual, si alguno ha pasado por
situaciones similares, es natural cierta identificación a
la distancia.
Lo trágico de “La omisión...”
radica también en que su destino (el final de la obra), cuando
llega, se muestra como inevitable – eludible, como lo eludieron
los personajes a lo largo de sus vidas, pero inevitable -. La linealidad
aparente de los personajes desaparece, su construcción desde
un solo lugar se vuelve ambigua a favor de una mayor complejidad
sugerida desde los silencios que aparecen, desde las palabras que
estallan donde antes sólo aparecía el humor como maquillaje.
La obra parte de una puesta realista, utilizando
las instalaciones del estudio de Tolcachir (el público se
ubica en las gradas, pero el espectáculo ocurre en diferentes
planos de Timbre 4 – utilizan la sala como principal, pero
también los baños y luces que pertenecen a los otros
ambientes, visibles por el espectador a través de puertas
y ventanas que son parte del espacio). Es una casa de familia. Pero
a partir del momento en que los eventos se disparan y se trasladan
a otro ambiente, la puesta pasa a trabajar a partir del espacio
simulado: la luz delimita el espacio de la acción, y los
actores que no están “en escena”, quedan en la
penumbra, visibles, esperando su pie. Esto explicita la ficción,
los muestra como “personajes”, y los transforma en eventuales
objetos de reflexión.
El grotesco partía de la anécdota,
pero con una visión crítica de lo social. “La
omisión...”, entonces, es factible de ser leída
en sí misma, pero también es posible extrapolarla
a nuestra realidad como personas, como grupo, como país.
No es sólo la idea de familia disfuncional, llena de aspectos
que uno quisiera enterrar en el lugar más lejano o de la
que quisiera escapar. No es simplemente la crítica sobre
el sálvese quien pueda en que incurren desde que se da comienzo
a la función. Es incluso más profundo: el deseo de
irse se asocia al “en otro lugar yo estaría mejor”,
llevado acá al extremo en el personaje a primera vista más
inesperado, pero esa fantasía construida y cristalizada oculta
una verdad más terrible, que es que la identidad propia está
construida desde esa falta, desde ese “no soy porque estoy
con ellos”, desde esa sensación de estar condenado
de antemano. La hermana mayor representa en la superficie el éxito
de haber crecido lejos de esta caricatura de familia, pero al descascararse
con las sucesivas situaciones muestra que lleva también como
insignia la marca de ese entorno, incluso desde su distancia.
La pregunta entonces es “¿quiénes
somos?” “¿quién podemos ser?” “¿cómo
desprenderse de ese discurso de víctima?” “¿cómo
dejar atrás el pasado?” “¿cómo
no ser el pasado?” “¿quién soy si no soy
ese pasado?”. La tragedia es la sensación de no poder
ser por depositar la culpa en el otro, por justificar nuestros odios
y nuestras fallas enteramente en ese destino que premia a los demás
y nos castiga a nosotros. El final estalla el conflicto, enfrentado
a los personajes con el vacío que en realidad tenían
de fondo, haciendo caer un poco la máscara que la situación
“normal” ocultaba.
Tolcachir y su grupo producen un texto teatral
que, potencialmente, leído más allá de la anécdota
familiar bizarra, deja más preguntas que respuestas, pero
eso no es “malo”. Al contrario, que el sentido de la
obra no cierre sobre ella misma permite que el texto persista, cobre
vida fuera de la sala en cada espectador. Un texto abierto a ser
completado por nosotros en el espacio escénico de la realidad.
www.imaginacionatrapada.com.ar
30/09/2005 |