Teatro

"Piedad": La turba dentro nuestro...
por Diego Braude
dbraude@imaginacionatrapada.com.ar
Autoría: Quique Lopez,
Fernando Mut Texto: Fernando Mut Dirección:
Quique Lopez Elenco: Pablo Alberti, Quique Lopez,
Diego Mergen, Jacqueline Miller, Fernando Mut, Omar Rodriguez, Pato
Turchi, Fernando Verón Vestuario: Alejandro
Baamonde Escenografía: Jackie Miller Iluminación:
Aníbal González Música: Sergio
Adani Arte: Jackie Miller Diseño
gráfico: Diego Petrilli Prensa:
Walter Duche, Alejandro Zárate Producción:
López Miller Altura: Fernando Verón
Web: http://www.teatrosanitario.com.ar.
Centro Cultural Recoleta, Junin 1930. Teléfono: 4803-1040
Web: http://www.centroculturalrecoleta.org
Entrada: $20,00 - Domingos, jueves, viernes
y sábado - 21:00 hs Última función 2005: 18
de diciembre. Repone 2006: 20 de enero hasta el 26 de febrero
El Teatro Sanitario de Operaciones surgió
allá por 1996, luego de uno de los pasos de la Fura del Baus
por Buenos Aires y que dictara un seminario. Su propuesta estética,
desde un lugar propio, muestra siempre la impronta de aquel paso
de los catalanes. En este caso, la propuesta viene bajo el nombre
de “Piedad”.
“Hablar” de la piedad desde una
obra de teatro es una cosa. Proponer la intervención del
público dentro de un discurso teatral que verse sobre ese
tema es otro, se ponen en juego otras cuestiones. El nivel de adhesión
del público a la propuesta interactiva, por otro lado, siempre
es una apuesta, lo mismo que una adhesión “excesiva”,
que obstaculizara o interrumpiera el camino de la obra como espectáculo
(lo que, de todos modos, sería una rareza).
Vivimos en una sociedad vigilada, de vigilancia,
de miradas, de violencias obviadas, de civilización y barbarie
en simultáneo. Desde el calvario de Jesús a la actualidad,
según el calendario que utilizamos, han pasado 2005 años.
El castigo a los condenados fue variando con el correr de los siglos,
el criterio de aplicación también, así como
la noción de tortura, pena, humanidad y piedad hacia el castigado
o hacia el otro en general (“Piedad: movimiento del alma hacia
el dolor ajeno”, cita en algún momento la obra del
TSO). El siglo XX pretendió bañarse de racionalidad,
burocratizando las penas impuestas, alejándose de la violencia
espectacular, ocultándola (la pena de muerte aún se
sigue aplicando, pero a puertas cerradas, los presos se matan, pero
no lo vemos, los ciudadanos se disparan, pero se habla de casos
aislados y no de la norma). Al día de hoy, nos ufanamos de
querer dirigirnos hacia una forma de sociedad, sino más justa,
por lo menos con más sentido común, de repudiar los
actos de salvajismo.
“Piedad”, en un comienzo, nos
ataca con un criterio de fiesta. Lavanderas multiplicadas en hombres
y mujeres transitan por el espacio (en el Espacio Villa Villa no
hay sillas), o por los aires, juegan con nosotros a doblar o lavar
la ropa. La música es acorde, está a todo lo que da
y la gente, en mayor o menor medida, se engancha con el juego propuesto.
Tras una breve introducción de los
personajes (“el hijo” y “la lavandera”),
la fiesta continúa otro poco, acelerando el pulso de los
espectadores (nosotros). Una vez introducidos en esa atmósfera,
repentinamente la violencia comienza a hacerse presente en los personajes.
Por momentos, un gran telón que sirve de pantalla nos muestra
imágenes mientras una voz se hace preguntas existenciales.
Otro texto, antes, había comenzado a hablar del control represivo
del estado sobre los individuos que lo componen, recordando un poco
a Michel Foucault y su visión de los meta-discursos sociales
como constructores de cuerpos/individuos.
La violencia no se va, al contrario, se incrementa,
los personajes se humillan entre ellos. Los espectadores miramos,
posteriormente incluso algunos participan de algunos ritos propuestos,
habiendo adoptado la modalidad de juego inicial y sin percatarse,
o sin querer hacerlo (es decir, asimilando incluso el espectáculo
cruel como parte de lo que debe ser consumido y “respetado”).
Las convenciones teatrales hablan de un espacio escénico
(donde ocurre la obra) y el espacio de la platea (donde está
el espectador) y que, si bien su división es en realidad
actualmente bastante dinámica, el rol de actor y público
en general no se confunde. Uno puede participar, pero es realmente
muy raro que el espectador invada la obra y la modifique a partir
de esa participación. Aceptamos nuestro rol (que no es pasivo,
porque recibimos la obra, tenemos una reacción mas o menos
percibible, podemos reflexionar sobre lo que estamos presenciando,
pero no intervenimos la obra). Asimismo, cuando aparece la interactividad,
se toma como dentro de los lineamientos del espectáculo,
seguimos las pautas que se nos ofrecen, pero no se nos ocurre cambiarlas,
porque es parte del rito teatral. ¿Qué pasa si no
nos gusta lo que pasa? ¿hablamos o callamos (hablar implica
“ponerse en escena”, ser mirada, ir al teatro es ir
a mirar, no a llevar los ojos hacia uno)? ¿qué pasa
si nuestra actitud interrumpe la obra? ¿la interactividad
tiene previsto que uno vaya en contra de la pauta?
La violencia sigue en ascenso. Algunos espectadores
participan alegremente de un metafórico apedreamiento. Los
otros miramos. Yo miro, me horrorizo, pero permanezco espectador
(lo que me perturba aún más, porque imagino la situación
repetirse fuera de la sala). A mis ojos, los espectadores nos convertimos
en una turba. Quienes participan son una minoría, y la violencia
que ejercen es más lúdica que otra cosa, pero, seducidos
por el juego (que los propios actores siguen impulsando), nadie
se detiene a pensar en que lo que lanzan son, simbólicamente,
piedras... ¿y la piedad? Estamos en un espectáculo,
todo es ficción, lo lúdico es la esencia, pero la
horda potencial está sugerida. Es estreno para invitados
y prensa, la posición frente a la obra es de otra complicidad,
se vive de otra manera, pero no imagino actitudes diferentes en
una función “normal”. Jugar a ser violentos,
exorcizar ese aspecto en una ficción, no quita que nadie
presta atención a las vejaciones por las que pasa el cuerpo
del castigado durante su “calvario”.
La iconografía del final está
cantada, es fuerte, pero mirando a mi alrededor, en los minutos
que siguen, no veo síntesis. Es estreno, se vive de otra
manera, lo entiendo, pero salgo preocupado, no puedo evitarlo. El
discurso foucaultiano habla de un poder (múltiple) creador,
y de la resistencia que él mismo crea... ¿pero qué
pasa cuando no hay resistencia? ¿qué pasa cuando aceptamos
gustosos esa sumisión al poder? La piedad no habla sólo
de sí misma, sino de su opuesto. Cuando se pierde la posibilidad
de empatía con el dolor ajeno, ¿qué es lo que
queda?
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21/10/2005 |