Artes Escénicas / Teatro - Crítica

Señorita Julia - Claudio Ferrari

“Señorita Julia”: Determinismo social

por Diego Braude dbraude@imaginacionatrapada.com.ar

Autoría: August Strindberg Versión y Dirección: Claudio Ferrari Intérpretes: Laura Azcurra, Maia Francia, Carlos Kaspar Diseño de vestuario: Marcelo Valiente Diseño de escenografía: Marcelo Valiente Diseño de luces: Pablo Calmet Realización de escenografia: Margarita Agrasar Realización de vestuario: Estela Marbellota Fotografía: Andrés D`Elia Diseño de imagen: Alan Berry Rhys Asistencia de dirección: Adriana Ferrari Prensa: Duche & Zárate Producción ejecutiva: Damasita González Riesco, Nicolas Mastromarino Producción general: Gustavo Ferrari Supervisión: Alberto Ure.

Finalizó Funciones 2008 -- Teatro del Nudo, Corrientes 1551, Teléfono: 4373-9899

Asociación Libre:

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August Strindberg es algo así como la cara oscuro de Henrik Ibsen. Las obras de Strindberg tienden hacia el pesimismo, son la descarga de la sombra de su autor. Mientras que si vida estuvo plagada de quiebres de las reglas sociales, sus piezas se revelan frente a esas mismas reglas viéndolas como trágicamente inquebrantables, o únicamente rompibles a través de precios sociales altísimos. “La Señorita Julia” es, en ese sentido, la expresión de este sentimiento es su punto más alto.

Julia, la hija de un noble, tiene un amorío con uno de sus criados en una noche carnavalesca (solsticio de verano, carnaval, inversión de roles, trastocación de valores). Pero la velada no finaliza bien, porque el status quo se ha roto de una forma que no debía, que no podía. El final trágico es la indicación de que las normas se muestran como inexpugnables, y que la posibilidad de liberación es, apenas, una ilusión.

Julia, en realidad, no existe, es sólo un reflejo de lo que los demás desean ver y tener. Como noble, se esperan determinadas cosas de ella. Como mujer, se esperan otras. A nadie le interesa realmente qué es lo que ella quiere. Se porta como una niña malcriada, porque es así como debe ser. Si dejara de serlo, probablemente se daría cuenta que está tan encerrada como los criados en su cocina.

En esta versión, la temporalidad es ambigua, y las figuras simbólicas de la obra original de Strindberg se borran en su gran mayoría. Aparentemente, los hechos transcurren en algún momento posterior al derrocamiento de Perón en 1955, cuando las clases altas festejaban “la caída del tirano” y el retorno de los lugares sociales preestablecidos. Este anclaje ubica el encuentro de los dos lugares en un momento y espacio específicos, particulares.

La mayor parte de la acción transcurre en el juego de gato y ratón que entablan Juan (el chofer) y Julia, seduciéndose y torturándose mutuamente y de forma insistente. Tironeos, chicanas, verdades, mentiras, todo vale en una noche donde la ausencia del Padre permite ciertas libertades. El Padre de Julia, omnipresente desde la ausencia, es la Ley que afloja la correa durante unas horas. La princesa de la casa, despechada por el quiebre de una relación reciente, se arroja a los brazos del chofer a manera de venganza. El chofer (metáfora de la vieja creciente pequeña burguesía, que busca superar su origen no aristocrático para escalar posiciones), ve concretado su deseo y expresa sus sueños, ligados más al crecimiento económico que al amor.

El conflicto se extiende, concentrándose en las idas y venidas de los dos personajes, que alternan ternura con crueldad. Por momentos, parecen girar en círculos, siempre terminando en una suerte de callejón sin salida. Sin embargo, la sensación de quien escribe es que la expansión temporal sin variación en el texto remueve acá la tensión simbólica de lo que está ocurriendo, cuando, quizás, la intención es llegar a ella por efecto de saturación.

La carga dramática de los personajes recibe un fuerte contraste cuando reaparece la figura de Cristina (la cocinera, novia de Juan), que no sólo trae la voz del status quo (“nada ha de cambiar”), sino también, al tiempo que se escucha el retorno del Padre (la noche, el carnaval, se ha acabado, el Orden debe retornar) la de la conciencia moral, en un apasionado (¿delirante?) sermón religioso. El efecto transforma el drama (el público, al menos en la función que asistí, incluso reía en este último tramo ¿es esa la intención?), y termina tiñendo las secuencias finales con ese mismo tono.

El destino de esta Julia llega, al revés del de la Strindberg, no sólo como una cuestión trágica, al desafiar lo predeterminado, sino como el de alguna mujer de algún tango reo local.

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4/02/2008

 
   

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