“Pléyades”: Buscando partir del sueño

Las Pléyades son siete hermanas (aunque acá sean cinco) míticas. Como todo mito griego, se acuestan con los dioses, son perseguidas por otros y, eventualmente, transformadas por el caprichoso Zeus en algo más: estrellas que navegan el cielo eternamente.

Pero hay que olvidar un poco el mito, o tomar algunas cosas y otras dejarlas ir. Acá hay cinco mujeres que llegan a un barco, afín de partir hacia destino desconocido. Vestidas de rojo se encuentran a la entrada (en uno de los ambientes de Silencio de Negras), se saludan, algunas buscan seducirnos (embriagándose cuando brindan y con ganas de hombre). El viaje comienza.

Las viajeras se nos presentan (a cada grupo de seguidores por separado en diferentes ambientes de Silencio de Negras, ahora un barco en ultramar, y nunca es develado que fue revelado en secreto; cada uno recibirá, en potencia, una obra distinta, en función de aquella información que le fue confiada), para luego volver a reunirse cuando el barco naufraga.

Todas huyen de un pasado del que reniegan o que las expulsa, y enfilan hacia un hombre que les es promesa de felicidad. Al naufragar, sobreviven, por alguna razón, sólo para ser esclavizadas por una Capitana que

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“Las impacientes Polonski”: Globulitos al ataque…

Dos mujeres esperan para ir al entierro de una tía. Aguardan impacientes que las pasen a buscar mientras tratan de no dejarse descubrir entre ellas, de no exponerse, hasta que ya no sea posible conservar las fachadas. Y en ese mientras tanto, esperamos junto a ellas y nos sumergimos en sus historias y excentricidades.

Amalia y Mónica son primas. Parientes de esos que no se frecuentan mucho, que se juntan de vez en cuando para alguna ocasión especial como estas: la muerte. Cada una vive en su universo particular, entre deudas, ofrendas paganas y adicciones alternativas. El té resulta ser el ritual obligado de visitas, inconcluso , y disparador de temas. Amalia está obsesionada con las terapias alternativas, adicta a los globulitos (¡la cura indicada para cualquier peste!), pasa sus tardes leyendo revistas de las que obtiene todo su conocimiento (¡Susana se las sabe todas!). Mónica, una mujer de alta alcurnia venida a menos, endeudada, perseguida por la AFIP, que hace pasar a los empleados de la misma por posibles candidatos. (¿Se terminará enganchando alguno?) Aquí todo es posible.

Ellas van descubriéndose, e incluso exponiendo algún que otro pedazo de piel ante un dios personal que cuelga de la

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“Nomeolvides (en la niebla)”: La cárcel de cristal

Hay momentos en la vida que te definen. Quizás sea cruel plantearlo de esta manera, pero es así. Es el instante en que podrías haber tomado un camino y seguiste otro que nunca más se modificó.

En una noche oscura, en uno de esos momentos mencionados, Francisco elige no elegir, decide tomar una decisión para que nada cambie. El miedo es así.

El corset que aprieta fuerte y no deja que nada se escape está hecho de silencios y buenos modales, de negaciones y de gente que ve lo que quiere y que el resto del tiempo se hace la distraída. Las decisiones tomadas, se viven como inamovibles, y lo que no encaja, lo distinto, se borra, se oculta, se exilia.

Como en todo melodrama, lo que enuncia el “acá no ha pasado nada” es el amor, el permitido y el que no puede ocurrir. El primero es trágico, porque no es sentido, sino compromiso y deber ser; el segundo es trágico, porque para confirmarlo es necesario animarse a romper con todo y, quizás, hasta ser señalado por haberse apartado del camino más “recomendable”. El pasado tiene la costumbre de repetirse gracias a que la gente teme cambiar.

En

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“Desfile de extrañas figuras”: Un pasado gobernado por el tango

Quizás sea Gardel (Ángel Rico) el que gane la partida, por su figura mítica – emblema del tango, emblema del género musical donde reina la nostalgia de las pérdidas – y por su modo de reinar las escenas de “Desfile de extrañas figuras”, de Carlos Pais. O quizás sea la voz de Violeta Echagüe (Marcela Fernández Señor) que a pesar de sus años detenidos en sucesos que gradualmente muestra la obra, sabe sentir los tangos que canta junto a su amado Carlos, a su amada sombra.

Pero hay elementos que la obra oculta mostrando pequeños indicios que luego son revelados. Así, en la escenografía reinan los años ´30 y marcos vacíos que representan diferentes cuadros. Así, la obra menciona diferentes sucesos argentinos, más bien tragedias, donde Gardel será un referente casi premonitorio e hilo conductor del relato. Así el propio Gardel marca por medio de una frase algunos motivos posibles de la detención temporal de esa casa. Quizás decir – palabras más, palabras menos – “Te confundiste el tango con la vida”, sea un motivo bastante preciso sobre esa pausa que reina en Violeta y en quien la cuida, Beba (Liliana Lavalle). Y en ese clima de regaños entre

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“AMAR”: Una cuestión de intereses en primer plano

Una noche, un reencuentro, tres parejas. Amor, desamor, agobio, culpa, envidia, celos, y nuevamente amor, sólo que un poco más destartalado que al principio. La locación: una fiesta en algún lugar de la costa. La playa como escenario virtual que nos llega mediante el ruido de las olas. Todo sucede allí, en la oscuridad de la noche; los intérpretes, manipulando ellos mismos la iluminación puntual y suave, van construyendo espacios y miradas.

El aparato teatral se construye y devela ante nosotros. Los actores hacen y deshacen en la oscuridad. Las escenas se vuelven cinematográficas al poner en primer plano los rostros y las acciones. La oscuridad permite construir cada momento como un detalle en sí mismo, hacia donde nuestra atención se dirige. Mirar más allá del halo que forma la luz sería mirar hacia la nada. La atención-dispersión propia del teatro se reduce, y adquiere la dirección-puntuación del género cinematográfico.

Todo transcurre en una noche, donde las miserias se exponen mediadas por las historias del pasado y el peso de los vínculos que unen a estos amigos. Las parejas presentan una armonía que sólo es una fachada que ellos mismo se proponen sostener para poder seguir

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“Cariño”: ¿Osará el viento desnudarte?

Tres: él (x 2) y ella. La luz pega sobre el cuerpo y el césped artificial raspa en la piel que la tela no recubre. La naturaleza se ha escondido y sólo queda jugar a descubrirla.

Un estallido sin nombre. Pura pulsión de un encuentro que se repite una y otra vez en distintos cuadros dispuestos por una sucesión no precisamente necesaria, aunque si posible. Una elección entre muchas otras que nos pone en contacto con este sentir que explota sobre el escenario, justo frente a nuestros ojos. ¿Cuál es la diferencia entre querer a alguien y tenerle cariño? Si te quiero, te tengo cariño, incluso mucho. Pero si te tengo cariño, no necesariamente te quiero. ¿O sí?

Aquí existe algo más primario que una denominación llena de simbolismos y conflictos. Una pulsión que mueve a los cuerpos y los amontona, que los vuelve salvajes, unos animales por cuyos cuerpos exuda una pasión que no tiene nombre. Un capricho constante, un arrebato, una emoción desnuda.

Los intérpretes se despliegan sobre un escenario verde, una naturaleza actuada, ficcionalizada. Ellos cantan, bailan y nos cuentan historias. Uno de ellos juega a decirnos en varios idiomas lo que es amar. No sólo

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“La verdad fugaz”: Las buenas mentiras tienen patas gordas

Te digo que si, todo esto es verdad. La mampostería detrás de nosotros y mis pestañas largas y negras. El señor que esta bailando allí, lleno de tules y con el ombligo al aire, y, sobretodo, aquel helicóptero volando dentro de este bar sin techo. No te preocupes, yo nunca te negaría la verdad.

Si la verdad es fugaz, es decir, rápida, breve, efímera, momentánea, perecedera; entonces, ¿cuánto vale mentir? Cuando mentimos nos volvemos creativos, detallistas, e invertimos mucho tiempo en tramar una buena mentira. Incluso sufrimos reacciones corporales desagradables, como ponernos colorados y podemos, ante un mentiroso profesional, quedar muy mal parados. Pero algunas mentiras (sino todas) adquieren tal peso, tal presencia, que terminan revelando ciertas verdades acerca de nosotros mismos. Porque quizás en ese mismo instante donde prefiramos inventar una mentira se fugue, por entre los recovecos de ésta, alguna verdad fugaz.

Un bar como el lugar del encuentro de una cita sin fecha ni hora. Lugar de la pura casualidad. Punto de fuga, donde todo lo que allí se muestra, parece pero no es, aunque en realidad termina siendo. (¿?) Un encuentro entre desconocidos como disparador de toda esta historia llena de pequeñas historias.

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“Imagen y Semejanza”: Amor aéreo

Enamorarse es un poco como hacer acrobacia sin red. Subís, bajás. Cada tanto sentís que volás y, en otros momentos… bueno, te hacés torta contra el piso. También está cuando simplemente desaparecen los fuegos artificiales, la música, y te ponés a pensar si se fue todo al tacho o qué… Y es que el amor es un poco así; no es una línea recta, sino es más parecido, en mayor o menor medida y partiendo de la frase “cada pareja es un mundo”, a un electrocardiograma. El que no se atreve a jugar y opta por la inercia de la costumbre y la comodidad, termina carreteando en pos de una supuesta seguridad (y se sabe cuando este es el caso).

En una noche de frío, un hombre y una mujer se buscan en el suelo y en el aire. No hay palabras, apenas la música que los acompaña en el reconocerse, conocerse, rechazarse, atraerse de nuevo.

La cuestión es sencilla: una historia de amor. Seguimos esa historia que se presenta entre telas y trapecios, donde los cuerpos se dejan caer hasta casi tocarse, rozarse. En el equilibrio y desequilibrio aparecen las

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“Jujuy”: Lo irreconciliable

Ella desea dejarlo entrar. El entra de cualquier modo, pero ella ya no está. Se ven, se acercan, pero nunca logran juntarse. La geometría de la arquitectura marca la imposibilidad de una unión: una puerta casi siempre cerrada, un recuadro que se abre y descubre un lugar íntimo (develado ante nuestra mirada)1 donde ellos nunca convergen.

Un conflicto amoroso irreconciliable. Un movimiento que distancia la intención de su acción. Un pasaje que se vuelve constante. Él, ella, él en ella, ella en él. Chiste para cortar el momento. Ya no es ninguno de los dos. Son dos niños. Son ellos, encaprichados inmersos en una indecisión constante. ¿Él en ella? ¿Ella en él? Reconciliación imposible.

Una escenografía que los invita a un juego por momentos poco explorado y caprichoso. La puerta al principio de la obra, mientras el público aun está ingresando en la sala, modifica su estatuto continuamente: es lugar de descanso (ya que cuenta con unas tablas adheridas a su superficie para sentarse), de paso (de adelante hacia atrás) y de recorrido exploratorio (los interpretes la trepan, se cuelgan, exploran su posibilidades). Después todo ese primer juego se pierde, devolviéndole a aquel objeto su esencia más funcional: lugar

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“La Plaza del Diamante”: Y a pesar de todo, los pájaros siguen volando

Una mujer sentada en un banco de plaza cuenta, o recuerda, o algo así… Pienso en “Harina”, la de Román Podolsky. Sin embargo, aquella era una mujer que bien podía ser un fantasma que se negaba a partir, que era el rastro de lo que alguna vez había estado allí. Esta mujer, al contrario, quizás se anima a “estar” por primera vez y, por eso, necesita desesperadamente narrarse. Por eso habla y no puede parar, no quiere, por primera vez…

Está sentada en una plaza, aquella donde, probablemente, haya comenzado todo para ella. La luz baña la escena, suave, amable. Las hojas caídas y la tierra la rodean. Para poder irse, a veces es necesario primero volver…

Es el relato de una vida llena de penas y sufrimientos pero, sobre todo, de silencios (¿miedos quizás? no estoy seguro…). Es la historia de una vida donde el cuerpo de ella nunca fue asumido como propio, y los hechos, por más terribles que resultaran, fueron tomados como naturales. Es en los gestos pequeños, como el de comer medio caramelo para terminar la otra mitad más tarde, o en los hombros que siguen tirando para adentro, donde se

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