“Proyecto Vestuarios”: Triunfadores y fracasados… o algo así…

Sol Lebenfisz, en Crítica Teatral, menciona “El Matadero”, de Esteban Echeverría, en referencia a su análisis de “Proyecto Vestuario: Hombres”. Lo que ella estaría dejando afuera, a mi entender, es la contextualización bajo la cual se escribe el cuento. La imagen de Echeverría es la de un rosismo monstruoso, que encuentra su mejor ejemplo en las características que describe del matadero en cuestión, en contraposición con una identidad atildada y honrosa de sus opositores (como aparece en el cuento el caso del elegante unitario que revienta, literalmente, antes que ver su honor mancillado). La mirada detrás de la cámara que ofrece la grotesca fotografía del matadero es la de quien se pretende superior y que, tanto en el pasado como en el presente, buscó si no la destrucción, al menos la domesticación del objeto observado…

Quien esto escribe asistió en doblete tanto al vestuario de los hombres como al de las mujeres.

Es la final de un torneo de lacrosse amateur en Hungría. Aunque amateur, para muchos es el momento de gloria, con el agregado de ser de visitantes en un país ajeno. En ambos equipos, el masculino y el femenino, abundan las competencias, los

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“Sangra, nuevas Babilonias”: Caníbales

Sonido de ladridos de fondo al principio que, para el final de la obra, se tornan un leit-motif oscuro, visceral…

Fuera de eso, el silencio. Una carpa cocina. Hay una fiesta, este es el backstage, donde las luces no brillan tanto y el sudor de los cuerpos no es por la cantidad de danzar acumulado.

Lobo y Marina en escena. Lobo está en la suya. Cada tanto, le echa miradas directas a Marina, ¿qué le está queriendo decir? Lobo quiere ser el macho alfa de la carpa cocina y Marina es lo que él considera más bajo en su territorio. Marina está lavando copas. Marina irá a hacer los mandados. Marina irá de aquí para allá con botellas que se le caen. Marina apagará el fuego. Marina llorará y nadie querrá observar su llanto.

Puntos de partida: “Babilonia”, de Discépolo y “Señorita Julia”, de Strindberg. De “Babilonia” queda la estructura de la anécdota: una cocina, los sirvientes de turno, una situación de conflicto y desbalance que dispara la trama; de “Señorita Julia”, los vínculos de poder. De “Babilonia”, ya no quedan los personajes esperanzados ni la inocencia forzada, ya no queda Buenos Aires – ahora es Barcelona, donde

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