“La idea fija”: “Ese claro objeto del deseo”

Una gota de sudor se desliza por un cuerpo desnudo que arremete contra el piso en una insistencia tenaz, presionando por penetrar lo casi impenetrable. Una animalidad que exuda y que confunde junto con sus cabellos artificiales y nos coloca en el lugar del observador expectante, curioso, a la vez que descubierto, en ese mirar impropio.

“La idea fija”, despliega toda una investigación acerca del sexo llevada a un lugar paródico, donde los cuerpos ejecutantes toman distancia de lo ejecutado a través de distintos recursos como la mecanización del movimiento, la canción y el uso de elementos teatrales. Movimientos, a la vez, que oscilan entre lo referencial y lo abstracto dentro de esta construcción hiperbólica.

A la mecanización y la exageración también se le suma la repetición, elementos estructurantes de la composición de esta obra. Estos recursos son muy utilizados en la comedia, por lo que la risa aquí también se vuelve inevitable. Y ésta no opera como cierta forma de catarsis, como sucedía en “El lobo”, obra dirigida e interpretada por Pablo Rotemberg, donde la angustia que despertaba era expurgada, en muchos espectadores, a través de la risa. Es decir que, más allá del

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“Freshwater”: Entre olas y poesía

Residencia de los Cameron. Inglaterra, principios de siglo XX. Cuando el sol se oculte, el matrimonio se embarcará a la India. Hasta ese momento, entre bastidores, lírica y discusiones sobre arte, los acompañarán dos amigos: Watts, un pintor obsesionado con Ellen, su joven esposa, pero sobre todo con plasmar las alegorías que ella le inspira; y Tennyson, un poeta que al más mínimo estímulo se pone a improvisar versos.

En el mundo diletante que presenta “Freshwater”, y que seguro parodia muchos aspectos que rechazó el grupo de Bloomsbury, los hechos significan la muerte de la poesía. Por eso hay que conjurarlos. El tiempo para estos personajes, que buscan rodearse de conceptos estéticos como si fueran aire, está detenido. “Los Cameron siempre están por partir y yo posando para signoir” dirá Ellen, la pureza, musa de tiempo completo, acosada también por la dueña de casa, pero para fotografiarla.

En el escenario prácticamente vacío, los cuerpos se destacan. Por su vestuario, reconstruido al detalle, incluso hasta en las barbas y el calzado; y por el contraste que esa impronta victoriana guarda con sus acciones. Aunque solemnes y presumidos, gritan, se retuercen, se tiran al piso, se persiguen, se asoman

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“Proyecto Vestuarios”: Triunfadores y fracasados… o algo así…

Sol Lebenfisz, en Crítica Teatral, menciona “El Matadero”, de Esteban Echeverría, en referencia a su análisis de “Proyecto Vestuario: Hombres”. Lo que ella estaría dejando afuera, a mi entender, es la contextualización bajo la cual se escribe el cuento. La imagen de Echeverría es la de un rosismo monstruoso, que encuentra su mejor ejemplo en las características que describe del matadero en cuestión, en contraposición con una identidad atildada y honrosa de sus opositores (como aparece en el cuento el caso del elegante unitario que revienta, literalmente, antes que ver su honor mancillado). La mirada detrás de la cámara que ofrece la grotesca fotografía del matadero es la de quien se pretende superior y que, tanto en el pasado como en el presente, buscó si no la destrucción, al menos la domesticación del objeto observado…

Quien esto escribe asistió en doblete tanto al vestuario de los hombres como al de las mujeres.

Es la final de un torneo de lacrosse amateur en Hungría. Aunque amateur, para muchos es el momento de gloria, con el agregado de ser de visitantes en un país ajeno. En ambos equipos, el masculino y el femenino, abundan las competencias, los

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“Bacantes”: La herencia

A veces, hay más preguntas que respuestas. No está mal, al contrario.

Revirtiendo lo que hubiera ocurrido hace más de dos mil años, en lugar de tener una puesta de todos actores hombres interpretando todos los personajes, tenemos un elenco enteramente conformado por mujeres (acá vestidas, salvo Dioniso, más similares a un cuerpo parapolicial que a civiles, con el cabello atado y tirante). Además de la discusión sobre el poder que uno puede encontrar en “Bacantes”, de Eurípides, está un elemento no siempre explorado, que es el lugar de lo femenino; herederos de la cultura antigua, donde la presencia femenina era fuerte, los griegos clásicos la relegaron a un segundo plano, asociándola a aquello que debía ser evitado: la emocionalidad, la irracionalidad, la pura sensualidad. La lucha por el poder, entonces, no está sólo en lo político, sino también en el discurso sobre los cuerpos y los géneros…

El dios Dioniso llega a Tebas, ciudad en la que fue negado. Busca ser reconocido pero, por sobre todas las cosas, busca venganza de aquellos que los rechazaron. Uno podría decir que es un poco como lo que ocurre en el Éxodo del Antiguo Testamento, donde en el conflicto entre el

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“Visages”: Mirame

Visage es rostro, pero también, según una definición que encontré por ahí, la expresión, la gestualidad de ese rostro. Es decir, no es sólo la forma, sino el contenido. Hay quien dice que mirar a los ojos es espiar a alguien por la cerradura. ¿Nunca se fijaron en el subte o el colectivo cómo la gente observa en todas direcciones pero siempre intentando evitar encontrarse de manera directa con los ojos de otro? La gente anda necesitada de hablar, de acercarse, que le hagan un mimo y, sin embargo, lo que prevalece es el miedo… será porque mirar es descubrir, pero también es, cuando se produce el encuentro, ser descubierto…

En el espacio oscuro de una sala, sólo fragmentos geométricos, pequeñas estructuras de luz, pero también, quizás, los monoblocs de algún barrio, algunos terminados, otros sin terminar… división de espacios, tetris destinados a cruzarse y romperse cada tanto (los que habitan los monoblocs, no las construcciones).

Apenas cubiertos por las estructuras, seres que quieren ser reconocidos, aceptados y queridos. Hay también un ángel, pero él lo que quiere es morir, harto de retornar una y otra vez; es un desilusionado, un derrotado. Rechazados, a su manera, son todos; entre

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“Quién es quién?”: Dos para matar

En otro tiempo, Esteban Callao conoció la gloria. Sus historietas eran famosas, tenía un matrimonio feliz y muchos seguidores. Pero de un momento a otro, su creatividad se fue a pique. Ahora (estamos en la década del 70) sale poco de su casa de la calle Parliament. Enfundado en una bata, escucha una crítica nada favorable sobre su último trabajo. La que lee con voz chillona es su esposa. El está tranquilo. Acaba de recibir un guión de un viejo alumno que puede salvarlo y tiene un plan.

En el futuro, a Inés, una bizarra radioaficionada interpretada por Karina Hernández, le gustaría consagrarse como escritora. Todas las noches, asistida por un joven sumiso y atormentado, transmite desde un estudio de radio improvisado en su casa. Los oyentes cuentan sus historias; ella las recopila en un libro que algún día verá la luz. Cuando decide llevar el borrador a su vecino, Esteban Callao, nada será lo mismo.

Al igual que en las historietas, los personajes de ¿Quién es quién? tienen sus cómplices y enemigos. “El otro completa mi propia esencia”, dirán ellos. Dos para el crimen, la traición, la pasión, la escritura. La duplicidad, entendida como cualidad de doble y

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“Pléyades”: Buscando partir del sueño

Las Pléyades son siete hermanas (aunque acá sean cinco) míticas. Como todo mito griego, se acuestan con los dioses, son perseguidas por otros y, eventualmente, transformadas por el caprichoso Zeus en algo más: estrellas que navegan el cielo eternamente.

Pero hay que olvidar un poco el mito, o tomar algunas cosas y otras dejarlas ir. Acá hay cinco mujeres que llegan a un barco, afín de partir hacia destino desconocido. Vestidas de rojo se encuentran a la entrada (en uno de los ambientes de Silencio de Negras), se saludan, algunas buscan seducirnos (embriagándose cuando brindan y con ganas de hombre). El viaje comienza.

Las viajeras se nos presentan (a cada grupo de seguidores por separado en diferentes ambientes de Silencio de Negras, ahora un barco en ultramar, y nunca es develado que fue revelado en secreto; cada uno recibirá, en potencia, una obra distinta, en función de aquella información que le fue confiada), para luego volver a reunirse cuando el barco naufraga.

Todas huyen de un pasado del que reniegan o que las expulsa, y enfilan hacia un hombre que les es promesa de felicidad. Al naufragar, sobreviven, por alguna razón, sólo para ser esclavizadas por una Capitana que

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“Mariano Moreno y un teatro de operaciones”: Luchar por un mundo posible

En el fondo, una pantalla. En el inicio, el mar en el que murió Mariano Moreno y en el cual se lo sepultó.

Una obra dentro de una obra dentro de una obra. El escritor escribe, mientras los personajes representan ser actores representando y entrando en conflicto… no, mostrando el conflicto… el conflicto de la historia que busca ser narrada. Y quien narre la historia, está también plantando semillas para el futuro.

Excursus… de chico, no recuerdo a ningún niño que dijera que quería ser San Martín o Belgrano. Sí, teníamos actos escolares – yo participé en algunos de ellos -, pero lo que decíamos y exponíamos rara vez se planteaba como algo vivo que nos afectaba y, más bien, era algo con tufo a naftalina que hablaba de cosas que no importaban. En cambio, en nuestro vecino del norte te queman la cabeza con los purretes que sueñan convertirse en futuros George Washingtons y Thomas Jefersons. Pero la cosa no es tan lineal…

¿Qué pasaría si contáramos la Revolución de Mayo a través de Mariano Moreno?

“Quien controla el pasado, controla el presente. Quien controla el presente, controla el futuro”, circulaba por “1984″, el

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“Las impacientes Polonski”: Globulitos al ataque…

Dos mujeres esperan para ir al entierro de una tía. Aguardan impacientes que las pasen a buscar mientras tratan de no dejarse descubrir entre ellas, de no exponerse, hasta que ya no sea posible conservar las fachadas. Y en ese mientras tanto, esperamos junto a ellas y nos sumergimos en sus historias y excentricidades.

Amalia y Mónica son primas. Parientes de esos que no se frecuentan mucho, que se juntan de vez en cuando para alguna ocasión especial como estas: la muerte. Cada una vive en su universo particular, entre deudas, ofrendas paganas y adicciones alternativas. El té resulta ser el ritual obligado de visitas, inconcluso , y disparador de temas. Amalia está obsesionada con las terapias alternativas, adicta a los globulitos (¡la cura indicada para cualquier peste!), pasa sus tardes leyendo revistas de las que obtiene todo su conocimiento (¡Susana se las sabe todas!). Mónica, una mujer de alta alcurnia venida a menos, endeudada, perseguida por la AFIP, que hace pasar a los empleados de la misma por posibles candidatos. (¿Se terminará enganchando alguno?) Aquí todo es posible.

Ellas van descubriéndose, e incluso exponiendo algún que otro pedazo de piel ante un dios personal que cuelga de la

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“Nomeolvides (en la niebla)”: La cárcel de cristal

Hay momentos en la vida que te definen. Quizás sea cruel plantearlo de esta manera, pero es así. Es el instante en que podrías haber tomado un camino y seguiste otro que nunca más se modificó.

En una noche oscura, en uno de esos momentos mencionados, Francisco elige no elegir, decide tomar una decisión para que nada cambie. El miedo es así.

El corset que aprieta fuerte y no deja que nada se escape está hecho de silencios y buenos modales, de negaciones y de gente que ve lo que quiere y que el resto del tiempo se hace la distraída. Las decisiones tomadas, se viven como inamovibles, y lo que no encaja, lo distinto, se borra, se oculta, se exilia.

Como en todo melodrama, lo que enuncia el “acá no ha pasado nada” es el amor, el permitido y el que no puede ocurrir. El primero es trágico, porque no es sentido, sino compromiso y deber ser; el segundo es trágico, porque para confirmarlo es necesario animarse a romper con todo y, quizás, hasta ser señalado por haberse apartado del camino más “recomendable”. El pasado tiene la costumbre de repetirse gracias a que la gente teme cambiar.

En

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