Cuerpos y corazones solitarios II

Otra serie de casualidades o causalidades, me llevó a encontrarme con una cantidad creciente de obras donde el encuentro afectivo es imposible o dolorosamente efímero. Ni siquiera en un espectáculo para niños como “Luna de Oriente” los amantes pueden permanecer juntos al final de la obra (los dos protagonistas masculinos luchan por los favores de la fémina, al punto de perderla). Nuevamente, es la separación de los individuos y la sensación de un duelo constante. Mmm… quizás sea esto último el común denominador: una herida que no cierra y que es lo que aleja y la frustración por no poder avanzar. De nuevo, las propuestas estéticas y el registro actoral varían, con lo cual es una forma que se puede ver en diferentes estructuras.

“Mal amor”, de Paula Bartolomé, es una obra silente. Con proyecciones de fondo detrás de los personajes, que oscilan entre flashbacks y mostrar un fuera de campo escénico que suma suspenso y música que construye climas (contraste, a su vez, entre un imagen – ¿distanciadora? – estilizada y una presencia de menos detalle), un hombre y una mujer se separan. Textos escritos se cruzan cada tanto, en

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“Díptico”: Un díptico, dos tiempos, o tres, o cuatro…

Un díptico,

dos tiempos,

lo público y lo privado,

lo privado como lo indecible,

lo público como el espacio,

un espacio por obtener.

Y siempre lo perverso,

la perversa relación de querer apropiarse del otro,

de quitarle su espacio y dar el que conviene,

el que realiza los deseos.

Y entonces dos títulos que rompen su significado literal

y se prestan a la ironía.

Sencilla,

Ella merece lo mejor.

“Sencilla”, de Lisandro Rodríguez y Santiago Loza y “Ella merece lo mejor”, de Rodríguez conforman “Díptico”, que se traduce en dos obras, o una separada por un breve intervalo, porque parte de las preguntas de la trama que abre la primera las completa la segunda, así como el manejo temporal de “Sencilla”, se consuma con el transcurrir de “Ella merece lo mejor”.

Si se pudiera visualizar las obras en conjunto, integradas, se encontraría que el afuera completa el adentro, que los cambios de luces marcan ese tiempo que se omite, ese tiempo que completa el sentido. Sin embargo, cada una de ellas puede verse aún sin ese cierre, porque cada una abre a posibles obras nuevas. La primera, “Sencilla”, abre a “Ella merece lo mejor”, pero con imaginación se

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