“Visages”: Mirame

Visage es rostro, pero también, según una definición que encontré por ahí, la expresión, la gestualidad de ese rostro. Es decir, no es sólo la forma, sino el contenido. Hay quien dice que mirar a los ojos es espiar a alguien por la cerradura. ¿Nunca se fijaron en el subte o el colectivo cómo la gente observa en todas direcciones pero siempre intentando evitar encontrarse de manera directa con los ojos de otro? La gente anda necesitada de hablar, de acercarse, que le hagan un mimo y, sin embargo, lo que prevalece es el miedo… será porque mirar es descubrir, pero también es, cuando se produce el encuentro, ser descubierto…

En el espacio oscuro de una sala, sólo fragmentos geométricos, pequeñas estructuras de luz, pero también, quizás, los monoblocs de algún barrio, algunos terminados, otros sin terminar… división de espacios, tetris destinados a cruzarse y romperse cada tanto (los que habitan los monoblocs, no las construcciones).

Apenas cubiertos por las estructuras, seres que quieren ser reconocidos, aceptados y queridos. Hay también un ángel, pero él lo que quiere es morir, harto de retornar una y otra vez; es un desilusionado, un derrotado. Rechazados, a su manera, son todos; entre

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“Pléyades”: Buscando partir del sueño

Las Pléyades son siete hermanas (aunque acá sean cinco) míticas. Como todo mito griego, se acuestan con los dioses, son perseguidas por otros y, eventualmente, transformadas por el caprichoso Zeus en algo más: estrellas que navegan el cielo eternamente.

Pero hay que olvidar un poco el mito, o tomar algunas cosas y otras dejarlas ir. Acá hay cinco mujeres que llegan a un barco, afín de partir hacia destino desconocido. Vestidas de rojo se encuentran a la entrada (en uno de los ambientes de Silencio de Negras), se saludan, algunas buscan seducirnos (embriagándose cuando brindan y con ganas de hombre). El viaje comienza.

Las viajeras se nos presentan (a cada grupo de seguidores por separado en diferentes ambientes de Silencio de Negras, ahora un barco en ultramar, y nunca es develado que fue revelado en secreto; cada uno recibirá, en potencia, una obra distinta, en función de aquella información que le fue confiada), para luego volver a reunirse cuando el barco naufraga.

Todas huyen de un pasado del que reniegan o que las expulsa, y enfilan hacia un hombre que les es promesa de felicidad. Al naufragar, sobreviven, por alguna razón, sólo para ser esclavizadas por una Capitana que

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“Beatriz, la historia de una mujer inventada”: Memorias y un abrazo

Beatriz es una mujer que es muchas. Beatriz es muchas ella misma, porque fue niña, joven, adulta y anciana. Beatriz nació, como decía Dickens en “David Copperfield”, y en algún momento muere.

En un espacio vacío, está sólo siempre Beatriz, siendo ella y los otros. ¿Los imagina? ¿Los recuerda? ¿Son fantasmas? ¿Acaso es siempre la misma figura que se transforma porque los vemos a través de sus ojos? Ocupa y rellena huecos dejados por los demás con su propia fuerza e imaginación, mezclada con resignación.

Una vida que no es exactamente la que se deseaba: ella dueña de un comercio, su marido mozo. La plata siempre justa, las hijas que crecen y se van. Lo que queda es la soledad de la rutina. ¿Qué pasó con el amor? ¿Qué pasó con los sueños? A Beatriz la invade la melancolía permanentemente. El negocio la absorbe, pero también es el escape, la compañía, el refugio.

Laura Pagés se evidencia, en determinado momento, como la titiritera. Beatriz es un títere, pero también alguien que podría ser cualquiera. Siempre conocemos alguien como ella, podríamos ser nosotros mismos… Quizás por eso (o porque, no sé, quizás se me antoja o necesito verlo así), en

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“Después del Borde”: Entre la muerte y la locura

Ver la obra de Heidi Steinhardt “Después del Borde” es ingresar a un mundo de fantasía que se ampara poéticamente en lo fantástico. Así, la escenografía que propone Alejandra Polito, cumple la función de situar a los seis personajes, así, se recrea un mundo similar al bosque donde podría haberse perdido la Alicia de Lewis Carroll. Lejos de conservar la inocencia de la estructura escenográfica y del vestuario, los personajes de “Después del borde”, van acercando sus historias, dejando en ellas los motivos que los acercan a la muerte y a la locura, motivos que los anclan y los retienen en un lugar falso, que los detienen en el tiempo.

El manejo del espacio y del tiempo en la obra es creado por los relatos que construyen los personajes, los relatos con los que se dirigen a un receptor que ubican por momentos en el lugar de terapeuta, y que no es necesariamente el espectador. Y no lo es, porque el nivel de emociones que transmiten todos los personajes involucra a quienes escuchan, rompiendo un posible distanciamiento.

Esta obra de relatos fragmentados, de mundos desgarrados, de faltas, de vacíos, se centra además en

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“AMAR”: Una cuestión de intereses en primer plano

Una noche, un reencuentro, tres parejas. Amor, desamor, agobio, culpa, envidia, celos, y nuevamente amor, sólo que un poco más destartalado que al principio. La locación: una fiesta en algún lugar de la costa. La playa como escenario virtual que nos llega mediante el ruido de las olas. Todo sucede allí, en la oscuridad de la noche; los intérpretes, manipulando ellos mismos la iluminación puntual y suave, van construyendo espacios y miradas.

El aparato teatral se construye y devela ante nosotros. Los actores hacen y deshacen en la oscuridad. Las escenas se vuelven cinematográficas al poner en primer plano los rostros y las acciones. La oscuridad permite construir cada momento como un detalle en sí mismo, hacia donde nuestra atención se dirige. Mirar más allá del halo que forma la luz sería mirar hacia la nada. La atención-dispersión propia del teatro se reduce, y adquiere la dirección-puntuación del género cinematográfico.

Todo transcurre en una noche, donde las miserias se exponen mediadas por las historias del pasado y el peso de los vínculos que unen a estos amigos. Las parejas presentan una armonía que sólo es una fachada que ellos mismo se proponen sostener para poder seguir

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“Imagen y Semejanza”: Amor aéreo

Enamorarse es un poco como hacer acrobacia sin red. Subís, bajás. Cada tanto sentís que volás y, en otros momentos… bueno, te hacés torta contra el piso. También está cuando simplemente desaparecen los fuegos artificiales, la música, y te ponés a pensar si se fue todo al tacho o qué… Y es que el amor es un poco así; no es una línea recta, sino es más parecido, en mayor o menor medida y partiendo de la frase “cada pareja es un mundo”, a un electrocardiograma. El que no se atreve a jugar y opta por la inercia de la costumbre y la comodidad, termina carreteando en pos de una supuesta seguridad (y se sabe cuando este es el caso).

En una noche de frío, un hombre y una mujer se buscan en el suelo y en el aire. No hay palabras, apenas la música que los acompaña en el reconocerse, conocerse, rechazarse, atraerse de nuevo.

La cuestión es sencilla: una historia de amor. Seguimos esa historia que se presenta entre telas y trapecios, donde los cuerpos se dejan caer hasta casi tocarse, rozarse. En el equilibrio y desequilibrio aparecen las

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“Potestad”: Los tiempos han cambiado, ¿o no?

“Potestad” se estrenó originalmente allá por el año ’86, un año después de “La Historia Oficial”. Ese mismo año, el 24 de diciembre, se promulgaba la Ley de Punto Final, en la que se leía “se extinguirá la acción penal contra toda persona que hubiere cometido delitos vinculados a la instauración de formas violentas de acción política hasta el 10 de diciembre de 1983″. La ley no abarcaba, sin embargo, lo referido al secuestro y tenencia ilegal de chicos hijos de desaparecidos. “La Historia Oficial” y “Potestad” ponían su acento en un tema que habría de cobrar mayor fuerza unos diez años después cuando, en 1998, las Abuelas de Plaza de Mayo consiguen que se reabra la causa (una de tantas ironías de nuestra historia legal, es que la que la reabra sea la jueza María Servini de Cubría, quien años antes había cobrado notoriedad cuando detuvo la emisión, sin haberlo visto, de un programa de Tato Bores en el cual hacía humor del hecho de que se le hubiera impuesto una multa de 60 pesos después de diez pedidos de juicio político por irregularidades

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“Jujuy”: Lo irreconciliable

Ella desea dejarlo entrar. El entra de cualquier modo, pero ella ya no está. Se ven, se acercan, pero nunca logran juntarse. La geometría de la arquitectura marca la imposibilidad de una unión: una puerta casi siempre cerrada, un recuadro que se abre y descubre un lugar íntimo (develado ante nuestra mirada)1 donde ellos nunca convergen.

Un conflicto amoroso irreconciliable. Un movimiento que distancia la intención de su acción. Un pasaje que se vuelve constante. Él, ella, él en ella, ella en él. Chiste para cortar el momento. Ya no es ninguno de los dos. Son dos niños. Son ellos, encaprichados inmersos en una indecisión constante. ¿Él en ella? ¿Ella en él? Reconciliación imposible.

Una escenografía que los invita a un juego por momentos poco explorado y caprichoso. La puerta al principio de la obra, mientras el público aun está ingresando en la sala, modifica su estatuto continuamente: es lugar de descanso (ya que cuenta con unas tablas adheridas a su superficie para sentarse), de paso (de adelante hacia atrás) y de recorrido exploratorio (los interpretes la trepan, se cuelgan, exploran su posibilidades). Después todo ese primer juego se pierde, devolviéndole a aquel objeto su esencia más funcional: lugar

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“Todos eran mis hijos”: Sin salida aparente…

La Guerra (la Segunda). Un hijo ha muerto. No, corrección, ha desaparecido. Un hombre, su padre, ha invertido toda su vida para construir y mantener un negocio. Otro hombre, su hermano, es el heredero del negocio, aunque no lo quiere, y es el que lleva la carga de ser “el que sobrevivio” y el que ha visto el horror y ha vuelto, no para contarlo, sino para darse cuenta que en su barrio nada ha cambiado (o que prefieren olvidar, o hacer de cuenta que no pasó nada, y seguir adelante con su cotidianidad). Una mujer, la madre, recuerda todos los días, obsesivamente, compulsivamente; es necesario esperar al hijo, nada debe moverse de su lugar. Otra mujer, en su momento la novia del que no está, llega para confirmarle al que sí está que el amor que el siente por ella es correspondido. Otro hombre, ausente pero vivo, el padre de la segunda mujer, lleva otra carga: la de estar preso por un crimen del cual puede o no ser responsable en su totalidad, relacionado a su vez con la muerte / desaparición del que no está. A todos ellos los rodea una recuperada normalidad que va a estallar

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“La Plaza del Diamante”: Y a pesar de todo, los pájaros siguen volando

Una mujer sentada en un banco de plaza cuenta, o recuerda, o algo así… Pienso en “Harina”, la de Román Podolsky. Sin embargo, aquella era una mujer que bien podía ser un fantasma que se negaba a partir, que era el rastro de lo que alguna vez había estado allí. Esta mujer, al contrario, quizás se anima a “estar” por primera vez y, por eso, necesita desesperadamente narrarse. Por eso habla y no puede parar, no quiere, por primera vez…

Está sentada en una plaza, aquella donde, probablemente, haya comenzado todo para ella. La luz baña la escena, suave, amable. Las hojas caídas y la tierra la rodean. Para poder irse, a veces es necesario primero volver…

Es el relato de una vida llena de penas y sufrimientos pero, sobre todo, de silencios (¿miedos quizás? no estoy seguro…). Es la historia de una vida donde el cuerpo de ella nunca fue asumido como propio, y los hechos, por más terribles que resultaran, fueron tomados como naturales. Es en los gestos pequeños, como el de comer medio caramelo para terminar la otra mitad más tarde, o en los hombros que siguen tirando para adentro, donde se

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