“Un hueco”: Sueños rotos

Entramos al club, subimos por la escalera. Bullicio. Poca luz. Sandwiches (sanguchitos) y vino. No lo sabemos aun, pero asistimos a un velorio. Alguien murió y el pueblo asiste al evento pero, ¿por qué?

Se abre una puerta, pasamos, volvemos a ser espectadores.

Los tres amigos históricos del difunto se reunen en el vestuario. Entre las luces de tubo y los lockers vacíos, se rebelan contra el morbo de lo que hay ahí afuera. Pero, también, se esconden (o se refugian) de tener que enfrentar los hechos. Cada uno lo hace como puede… la muerte no viene con un manual de instrucciones.

Uno de los amigos anda rengo, el otro viene aporteñado (es el que dejó el pueblo y se fue a Buenos Aires) y el tercero tiene un pedo que apenas puede sostenerse en pie. Los une la muerte y el espanto (y ahora pienso en cuánto eso se repite en nuestra historia… pero divago…); la muerte del amigo que se fue antes de tiempo y el espanto por el circo que hay tras las puertas (no obstante lo cual eso no les impide calentarse con las meseras que sirven el copetín o espiar, en algún caso, en

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“El ardor”: Entrañas argentinas

El ardor - Ricardo Holcer

El ardor de las vísceras tras un locro abundante que hace explotar al protagonista. Un mecánico atravesado por la historia argentina y su mestizaje. A grandes rasgos la obra de Ricardo Holcer, es un camino escabroso y suculento que deja a carne viva los discursos políticos de un país golpeado y reprimido. Un país tan crucificado por los mismos nombres disfrazados una y otra vez. Un país que come compulsivamente un locro viejo, a pesar de su estado putrefacto, como signo de su idiosincrasia.

Y en medio de ese panorama, el discurso paternalista que doblega la opinión, el discurso de una madre abnegada y ultrajada, arrollada por una historia sin tierra, arrollada por la masacre sistemática. Y entonces el resultado: un obrero a medias, un obrero que no se termina de constituir como clase, porque cada vez que quiere arrancar su maquinaria, metafórica y literalmente, se corta la luz. Un obrero que nunca llega a protestar por el mismo, uno que se encuentra manipulado por mil quinientos patrones.

Ese es el ardor. La necesidad exasperante de salir de un ring en el que el contrincante no tiene un rostro preciso.

Con esa historia el director propone una puesta que

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“La última vez (que me tiré a un precipicio)”: Clown en busca de la vereda del sol

A ver… se tira… no se tira… se tira… no se tira… Camina por la cornisa. Un poco más para allá. Otro poco. Un pie se le rebela, no quiere ir donde ella le indica. Ella, que está vestida de blanco y negro. La nariz, roja, por supuesto. Sonido de calle. Proyección de edificio de fondo. Ella cambia de opinión, decide no tirarse, es una locura. Pero, Ley de Murphy mediante, lógicamente, en ese momento se cae. El edificio corre a sus espaldas y se va y se va y se va…

Ella sola. Ella soledad. Ella que no se anima. Ella que recuerda. Ella que sueña. El clown que anticipa su viaje, su transformación.

Ella que recuerda. Ella que sueña con que alguien la quiera y la acepte, aunque el vestido de novia la incomoda. “¡Ah! es esto lo que molesta”, una y otra vez y se saca partes de vestuario, aunque, claro, no es el vestuario, en realidad, lo que necesita cambiar; quizás no sea eso lo que quiere ser. No encaja, no se halla, en los espacios que se dibujan a su espalda o se la hacen presentes en escena, como el

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Cuerpos y corazones solitarios II

Otra serie de casualidades o causalidades, me llevó a encontrarme con una cantidad creciente de obras donde el encuentro afectivo es imposible o dolorosamente efímero. Ni siquiera en un espectáculo para niños como “Luna de Oriente” los amantes pueden permanecer juntos al final de la obra (los dos protagonistas masculinos luchan por los favores de la fémina, al punto de perderla). Nuevamente, es la separación de los individuos y la sensación de un duelo constante. Mmm… quizás sea esto último el común denominador: una herida que no cierra y que es lo que aleja y la frustración por no poder avanzar. De nuevo, las propuestas estéticas y el registro actoral varían, con lo cual es una forma que se puede ver en diferentes estructuras.

“Mal amor”, de Paula Bartolomé, es una obra silente. Con proyecciones de fondo detrás de los personajes, que oscilan entre flashbacks y mostrar un fuera de campo escénico que suma suspenso y música que construye climas (contraste, a su vez, entre un imagen – ¿distanciadora? – estilizada y una presencia de menos detalle), un hombre y una mujer se separan. Textos escritos se cruzan cada tanto, en

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Cuerpos y corazones solitarios I

Vivimos en la era de las redes sociales, pero, si uno pide que levante la mano quien no se siente en estado de crisis, o que en ningún momento se siente en soledad, las manos permanecen donde están y se hace, por unos breves instantes, un silencio algo incómodo. No estoy seguro de llamarlo tendencia, tampoco podría afirmar que está desbancando la proliferación de familias disfuncionales que esperan un milagro para salvarse de la malaria económica pero, me arriesgo a decir, los personajes no extrañados que experimentan la soledad se multiplican en la cartelera porteña. Es decir, ya no son tampoco seres que no accionan (la otra usual alternativa), que dejan transcurrir el tiempo sin saber bien qué hacer o por qué hacerlo, ya no es el tiempo que parece no moverse, sino todo lo contrario.

La referencia a la reiteración no pasa por una cuestión de originalidad, sino de cierta manera de experimentar el mundo que se filtra en las formas de hacer (de ahí la repetición en las estructuras)… Tomo obras para ejemplificar, no con la intención de ubicarlas en un lugar especial, sino porque me sirven de boyas que, a mi entender, condensan formas, caminos.

Se

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“Una de gente normal”: Normales…

“Una de gente normal”, o sea una obra de gente normal o una obra que representa a gente normal, o ambas. De gente normal y de gente que representa a gente normal, y no por eso menos conflictiva, ni menos turbulenta, ni menos oscura, ni menos profunda; y no por eso complicada, ni pretenciosa, ni intelectual en el mal sentido de la palabra (porque, hoy en día, hay un mal sentido en esa palabra).

Esta obra dirigida por Agustín Pruzzo simplemente narra la vida de tres hermanos, el cumpleaños de uno de ellos y una gran cantidad de mentiras, de omisiones, de manejos, de dudas y de inseguridades. Y no por esto es una tragedia, sino, más bien, y como ellos dicen, un drama cómico. Una obra en la que ingresa, en cierto modo, algo de lo nuestro, de lo argentino, de la complicada idiosincrasia argentina, del desgarro sistemático de nuestra identidad, porque se narran diversos problemas como saber quiénes somos y cuál es nuestro lugar.

“Una de gente normal”, recorre este mundo desde un mismo espacio, el departamento de Darío, y desde un mismo tiempo, su cumpleaños. Y, entonces, los conflictos se suscitan, aparecen y se desarrollan

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“Lucidez, (el final)”: Imaginación solitaria

Las líneas que siguen no son la obra. La obra siempre está ahí, en la escena, en el momento que ocurre. Si buscan la obra en las palabras que siguen están, al menos en parte, equivocados. La obra, para bien y para mal, es irrecuperable, es efímera, cada función lo es. Estas son palabras que buscan proponer un orden, un sentido, a veces una visión de contexto, o no, dispararse a partir de lo que ahí hubo y ver qué sale. Me pregunto qué es lo que esperan leer…

Un grupo que se desarma, un músico y un terapeuta que elaboran sobre la idea o la crisis de creatividad, sobre la posibilidad y la necesidad de soñar. Una escena despojada: sillas, un telón de fondo, un teléfono que va de aquí para allá. Cada uno vive la cosa como puede… hay remanentes del espíritu que los movió durante un tiempo, la fé en lo que hacían para algunos, un toque místico de visiones en otros, restos que se van disolviendo a medida que se van terminando de despedir.

El terror de la página en blanco, de haber perdido vaya uno a saber dónde lo interesante que uno suponía que tenía

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“El Conejo, este mundo merece la felicidad”: A la espera de más espera

¿Qué es la felicidad? ¿En qué consiste? ¿Dónde está la fórmula mágica que habrá de proveer infinita cantidad de placer y bienestar?

En el final de “Se7en”, Morgan Freeman menciona un texto de Hemingway: “El mundo es un lugar hermoso, por el que vale la pena luchar”. El agente Somerset completa su reflexión agregando “Estoy de acuerdo con la segunda parte”. El mundo, en el día a día, o cuando está llegando fin de mes, muestra una cara poco amable, por decirlo de alguna manera. Probablemente, esa sea la principal razón por la cual es bastante usual que vendedores de ilusiones berretas sean seguidos, venerados, votados (corre el rumor de que todavía existen quienes creen que es de verdad cuando un candidato promete construir o equipar un hospital). En palabras de la vecina muy católica que baldea violentamente la vereda, “El Apocalipsis está a la vuelta de la esquina”.

Muchos de nosotros vivimos en Argentina, donde el anuncio del Apocalipsis hace su aparición de forma periódica. Cambia de mensajero: por alguna misteriosa razón, por alguna críptica dinámica, los que avizoran su llegada suelene ser los que no tienen mayoría o no están sentados en un sillón importante… pero también lo

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“Noches de verano”: Qué calor en la ciudad

Nos recibe en la sala música en vivo, de voz femenina. La banda Equis y su cantante se irán convirtiendo en transmisión de radio y locutora, respectivamente, que acompañarán un peculiar fenómeno meteorológico: resulta ser que en Buenos Aires va a ser de noche por más de la noche, promete luna y estrellas por tiempo indefinido. Justo noche de verano. Pensemos en Shakespeare : el calor de la noche es escenario/tiempo concebido para soñar con amores enredados. Los transeúntes de la escena muestran su desconcierto frente al suceso, único, y probablemente irrepetible en sus historias. Es que la noche siempre es larga cuando hablamos de amores desafortunados y confundidos (a Sabina le llevó aprender a olvidar 19 días, pero 500 noches, si se me permite la cita)

Lo que más les interesa al dramaturgo, Cristian Scotton, y al director de la puesta, Pedro Antony, es contar una historia perfectamente reconocible para el espectador (idas y vueltas y dimes y diretes mediante). A tal efecto trabajaron juntos en el proceso de ensayo, escritura y reescritura. Esto los posiciona claramente frente a una generación de escenas y poéticas jóvenes, que suelen reconocerse hijos o discípulos de tal o cual maestro, tomando el

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“La respiración del vacío – Trash”: Miedo a respirar

Un espacio cubierto de forma dispersa por un mobiliario escueto que habrá de ser significado y resignificado. Tres personajes. Una mujer bonita de gesto ausente. Dos hombres: uno es el amante, el otro se evidencia como el sirviente; su rostro puede remitir a sensaciones de temor, templanza, desesperación, furia contenida (depende de la lectura que hagamos cada uno de nosotros).

Texto críptico, enrevesado, laberíntico. Pienso en Alain Resnais en los ´60s. Burguesía decadente, víctimas y victimarios, representaciones que no se sostienen y máscaras que se mantienen a la fuerza.

Los personajes son incapaces de sentir ninguna emoción. Todo está extrañado. Pienso en escenas de films de David Lynch.

Ya no queda ni el dolor. Discursos que atraviesan los monólogos y se muestran vetustos. Pueden tener un sentido que ilumine, o no, ser simplemente pronunciados de manera mecánica; la pose de la pose de la pose.

En los ´60s, en el cine de la Nouvelle Vague o en el de Antonioni, era el aburrimiento, el deambular. Estos personajes no deambulan, son, apenas, decadentes, hastiados. Viven en el miedo a ser y se remiten a repetir y repetirse. Se amparan en un discurso burgués que regla y codifica el vivir y el

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