“Desfile de extrañas figuras”: Un pasado gobernado por el tango

Quizás sea Gardel (Ángel Rico) el que gane la partida, por su figura mítica – emblema del tango, emblema del género musical donde reina la nostalgia de las pérdidas – y por su modo de reinar las escenas de “Desfile de extrañas figuras”, de Carlos Pais. O quizás sea la voz de Violeta Echagüe (Marcela Fernández Señor) que a pesar de sus años detenidos en sucesos que gradualmente muestra la obra, sabe sentir los tangos que canta junto a su amado Carlos, a su amada sombra.

Pero hay elementos que la obra oculta mostrando pequeños indicios que luego son revelados. Así, en la escenografía reinan los años ´30 y marcos vacíos que representan diferentes cuadros. Así, la obra menciona diferentes sucesos argentinos, más bien tragedias, donde Gardel será un referente casi premonitorio e hilo conductor del relato. Así el propio Gardel marca por medio de una frase algunos motivos posibles de la detención temporal de esa casa. Quizás decir – palabras más, palabras menos – “Te confundiste el tango con la vida”, sea un motivo bastante preciso sobre esa pausa que reina en Violeta y en quien la cuida, Beba (Liliana Lavalle). Y en ese clima de regaños entre

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“Beatriz, la historia de una mujer inventada”: Memorias y un abrazo

Beatriz es una mujer que es muchas. Beatriz es muchas ella misma, porque fue niña, joven, adulta y anciana. Beatriz nació, como decía Dickens en “David Copperfield”, y en algún momento muere.

En un espacio vacío, está sólo siempre Beatriz, siendo ella y los otros. ¿Los imagina? ¿Los recuerda? ¿Son fantasmas? ¿Acaso es siempre la misma figura que se transforma porque los vemos a través de sus ojos? Ocupa y rellena huecos dejados por los demás con su propia fuerza e imaginación, mezclada con resignación.

Una vida que no es exactamente la que se deseaba: ella dueña de un comercio, su marido mozo. La plata siempre justa, las hijas que crecen y se van. Lo que queda es la soledad de la rutina. ¿Qué pasó con el amor? ¿Qué pasó con los sueños? A Beatriz la invade la melancolía permanentemente. El negocio la absorbe, pero también es el escape, la compañía, el refugio.

Laura Pagés se evidencia, en determinado momento, como la titiritera. Beatriz es un títere, pero también alguien que podría ser cualquiera. Siempre conocemos alguien como ella, podríamos ser nosotros mismos… Quizás por eso (o porque, no sé, quizás se me antoja o necesito verlo así), en

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1er Encuentro de la Red de Teatros Españoles de América: Fabricantes de tiempos mejores. Segunda parte

El día 2 del encuentro tuvo por protagonistas a las presentaciones del vicepresidente de la Red TEA, Rodrigo Arribas, y los miembros de la Red Escena (la Red Española de Teatros, Auditorios, Circuitos y Festivales de Titularidad Pública) Francisco Flor Hernández y su actual presidente, Gerardo Ayo Meabe. La idea en este último caso tenía que ver con exponer las experiencias de una red que abarca toda España ahora, pero que se construyó a partir del esfuerzo de años. En el caso de la presentación de Arribas, se relacionó con la propuesta de un plan de trabajo integrando el trabajo de compañías teatrales con el municipio, combinando formación artística con formación de espectadores, de esa manera cumpliendo un doble rol.

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“Yo soy Fijman”: Buscando a Fijman

Lo que queda de uno cuando uno ya no está es lo que los demás recuerdan. El uno de verdad, el original, ya se fue, y lo que lo sobrevive es el relato, la memoria, a veces la leyenda. Uno pasa a ser un personaje y, como tal, se trasciende a sí mismo y se transforma en otra cosa. Si el relato es bueno, en algún punto, ¿importa realmente si uno existió? Por eso también la importancia de un buen relato y de que no hay narradores inocentes…

Tenemos a cuatro personajes en escena (escena en la que estamos todos distribuidos al estilo tertulia, en mesas y con correspondientes copas de vino servidas; para los abstemios, bebidas sin alcohol): dos hombres que plantean haberse puesto la labor de escribir una obra sobre el poeta Jacobo Fijman, un músico y un personaje femenino que sobrevuela cual fantasma el espacio interviniendo periódicamente; hay otro también que hace apariciones y se ubica más en el registro de narrador, del “contador de historias”, pero también de una suerte de entrevistado por un invisible periodista (el también poeta y amigo de Fijman, Vicente Zito Lema). La descripción está acá simplificada,

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1er Encuentro de la Red de Teatros Españoles de América: Fabricantes de tiempos mejores. Primera Parte

Segunda mitad del siglo XIX. En medio de una situación política todavía inestable, la economía de lo que terminará de conformarse en las décadas que quedan como la República Argentina comienza su expansión. Buenos Aires y New York se convierten en los puertos más buscados por los migrantes. En el primer caso, si bien llegan también irlandeses, franceses, polacos, rusos, serbios demás, los inmigrantes son, principalmente, españoles e italianos. Están los que se quedan en Buenos Aires y aquellos que se van distribuyendo por el territorio. Se multiplican las nuevas ciudades fundadas oficialmente. Poco tiempo después de las fundaciones, aparecen las asociaciones de socorro mutuo; la necesidad nuclea. A su vez, al poco de crearse estas sociedades, se suele construir un teatro…

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Antes que el club social y deportivo, existe el teatro. En el caso de los teatros españoles, al menos los distribuidos por la provincia de Buenos Aires, son

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Entrevista a Lola Arias: Mi vida después

Un biodrama que parte de la vida de seis actores, hombres y mujeres que tratan desde su generación conocer su identidad. Una identidad coartada en el terror de la dictadura del ’76. Estos hombres y mujeres se envuelven en la ropa de sus padres para tratar de comprenderlos, de acercarse, de un modo más o menos trágico, a sus vidas. Entonces, surgen no sólo padres desaparecidos en la dictadura, sino también padres partícipes de la misma. Así, “Mi vida después” de Lola Arias, plantea la crudeza de tener que reconocerse en sitios donde no gustaría haber estado. Y apunta al centro del pecho como un fuerte acorde musical que nos sacude, como un solo de batería que revienta y nos provoca gritar sobre lo roto.

“Mi vida después”, podrá ser una obra excepcional por su puesta, por la propuesta del vestuario, por la credibilidad de los rostros, por la realidad de lo dicho, por los efectos de imagen que logra con los diferentes niveles de espacio que maneja, por la dinámica que genera en el relato de las historias, pero es una obra excepcional porque nos nombra y renombra desde adentro, porque en la crítica a aquella

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“Potestad”: Los tiempos han cambiado, ¿o no?

“Potestad” se estrenó originalmente allá por el año ’86, un año después de “La Historia Oficial”. Ese mismo año, el 24 de diciembre, se promulgaba la Ley de Punto Final, en la que se leía “se extinguirá la acción penal contra toda persona que hubiere cometido delitos vinculados a la instauración de formas violentas de acción política hasta el 10 de diciembre de 1983″. La ley no abarcaba, sin embargo, lo referido al secuestro y tenencia ilegal de chicos hijos de desaparecidos. “La Historia Oficial” y “Potestad” ponían su acento en un tema que habría de cobrar mayor fuerza unos diez años después cuando, en 1998, las Abuelas de Plaza de Mayo consiguen que se reabra la causa (una de tantas ironías de nuestra historia legal, es que la que la reabra sea la jueza María Servini de Cubría, quien años antes había cobrado notoriedad cuando detuvo la emisión, sin haberlo visto, de un programa de Tato Bores en el cual hacía humor del hecho de que se le hubiera impuesto una multa de 60 pesos después de diez pedidos de juicio político por irregularidades

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“La Plaza del Diamante”: Y a pesar de todo, los pájaros siguen volando

Una mujer sentada en un banco de plaza cuenta, o recuerda, o algo así… Pienso en “Harina”, la de Román Podolsky. Sin embargo, aquella era una mujer que bien podía ser un fantasma que se negaba a partir, que era el rastro de lo que alguna vez había estado allí. Esta mujer, al contrario, quizás se anima a “estar” por primera vez y, por eso, necesita desesperadamente narrarse. Por eso habla y no puede parar, no quiere, por primera vez…

Está sentada en una plaza, aquella donde, probablemente, haya comenzado todo para ella. La luz baña la escena, suave, amable. Las hojas caídas y la tierra la rodean. Para poder irse, a veces es necesario primero volver…

Es el relato de una vida llena de penas y sufrimientos pero, sobre todo, de silencios (¿miedos quizás? no estoy seguro…). Es la historia de una vida donde el cuerpo de ella nunca fue asumido como propio, y los hechos, por más terribles que resultaran, fueron tomados como naturales. Es en los gestos pequeños, como el de comer medio caramelo para terminar la otra mitad más tarde, o en los hombros que siguen tirando para adentro, donde se

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“Teruel y la continuidad del sueño”: Seguir soñando y jugarse la vida en ello

Los nacionalistas cuentan con la ayuda de los italianos y de la Legión Cóndor proveniente de Alemania. Los republicanos (en toda la complejidad que la palabra implica y que no alcanza aquí ni de casualidad a sintetizar todas las ramas que formaban parte y las contradicciones internas), cuentan con un yunque atado al cuello bajo el nombre de Stalin. Rafael Alberti y María Teresa León, por su parte, llaman al envío de obras en pos de conformar por diferentes medios un teatro revolucionario. Llega 1938, Franco apunta a Madrid. Las palabras de La Pasionaria (“¡No pasarán!”), ya no alcanzan. Los republicanos atacan Teruel a principios de año y demoran el avance, pero poco tiempo después llega el contraataque. Al final de la guerra, los exiliados se van con una palabra que les quema: “Volveremos”.

Teruel. Una pareja de brigadistas argentinos, Andrés y Julieta, actores ellos, están tratando de escribir una obra para mandarle a Rafael. Ella sueña con tanques y batallas que no identifica. Él la acompaña, la estimula. Juntos, juegan a que tras la puerta el mundo no se viene abajo. Ahí dentro, en su

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“El ardor”: Entrañas argentinas

El ardor - Ricardo Holcer

El ardor de las vísceras tras un locro abundante que hace explotar al protagonista. Un mecánico atravesado por la historia argentina y su mestizaje. A grandes rasgos la obra de Ricardo Holcer, es un camino escabroso y suculento que deja a carne viva los discursos políticos de un país golpeado y reprimido. Un país tan crucificado por los mismos nombres disfrazados una y otra vez. Un país que come compulsivamente un locro viejo, a pesar de su estado putrefacto, como signo de su idiosincrasia.

Y en medio de ese panorama, el discurso paternalista que doblega la opinión, el discurso de una madre abnegada y ultrajada, arrollada por una historia sin tierra, arrollada por la masacre sistemática. Y entonces el resultado: un obrero a medias, un obrero que no se termina de constituir como clase, porque cada vez que quiere arrancar su maquinaria, metafórica y literalmente, se corta la luz. Un obrero que nunca llega a protestar por el mismo, uno que se encuentra manipulado por mil quinientos patrones.

Ese es el ardor. La necesidad exasperante de salir de un ring en el que el contrincante no tiene un rostro preciso.

Con esa historia el director propone una puesta que

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