“Bacantes”: La herencia

A veces, hay más preguntas que respuestas. No está mal, al contrario.

Revirtiendo lo que hubiera ocurrido hace más de dos mil años, en lugar de tener una puesta de todos actores hombres interpretando todos los personajes, tenemos un elenco enteramente conformado por mujeres (acá vestidas, salvo Dioniso, más similares a un cuerpo parapolicial que a civiles, con el cabello atado y tirante). Además de la discusión sobre el poder que uno puede encontrar en “Bacantes”, de Eurípides, está un elemento no siempre explorado, que es el lugar de lo femenino; herederos de la cultura antigua, donde la presencia femenina era fuerte, los griegos clásicos la relegaron a un segundo plano, asociándola a aquello que debía ser evitado: la emocionalidad, la irracionalidad, la pura sensualidad. La lucha por el poder, entonces, no está sólo en lo político, sino también en el discurso sobre los cuerpos y los géneros…

El dios Dioniso llega a Tebas, ciudad en la que fue negado. Busca ser reconocido pero, por sobre todas las cosas, busca venganza de aquellos que los rechazaron. Uno podría decir que es un poco como lo que ocurre en el Éxodo del Antiguo Testamento, donde en el conflicto entre el

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“Visages”: Mirame

Visage es rostro, pero también, según una definición que encontré por ahí, la expresión, la gestualidad de ese rostro. Es decir, no es sólo la forma, sino el contenido. Hay quien dice que mirar a los ojos es espiar a alguien por la cerradura. ¿Nunca se fijaron en el subte o el colectivo cómo la gente observa en todas direcciones pero siempre intentando evitar encontrarse de manera directa con los ojos de otro? La gente anda necesitada de hablar, de acercarse, que le hagan un mimo y, sin embargo, lo que prevalece es el miedo… será porque mirar es descubrir, pero también es, cuando se produce el encuentro, ser descubierto…

En el espacio oscuro de una sala, sólo fragmentos geométricos, pequeñas estructuras de luz, pero también, quizás, los monoblocs de algún barrio, algunos terminados, otros sin terminar… división de espacios, tetris destinados a cruzarse y romperse cada tanto (los que habitan los monoblocs, no las construcciones).

Apenas cubiertos por las estructuras, seres que quieren ser reconocidos, aceptados y queridos. Hay también un ángel, pero él lo que quiere es morir, harto de retornar una y otra vez; es un desilusionado, un derrotado. Rechazados, a su manera, son todos; entre

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“Pléyades”: Buscando partir del sueño

Las Pléyades son siete hermanas (aunque acá sean cinco) míticas. Como todo mito griego, se acuestan con los dioses, son perseguidas por otros y, eventualmente, transformadas por el caprichoso Zeus en algo más: estrellas que navegan el cielo eternamente.

Pero hay que olvidar un poco el mito, o tomar algunas cosas y otras dejarlas ir. Acá hay cinco mujeres que llegan a un barco, afín de partir hacia destino desconocido. Vestidas de rojo se encuentran a la entrada (en uno de los ambientes de Silencio de Negras), se saludan, algunas buscan seducirnos (embriagándose cuando brindan y con ganas de hombre). El viaje comienza.

Las viajeras se nos presentan (a cada grupo de seguidores por separado en diferentes ambientes de Silencio de Negras, ahora un barco en ultramar, y nunca es develado que fue revelado en secreto; cada uno recibirá, en potencia, una obra distinta, en función de aquella información que le fue confiada), para luego volver a reunirse cuando el barco naufraga.

Todas huyen de un pasado del que reniegan o que las expulsa, y enfilan hacia un hombre que les es promesa de felicidad. Al naufragar, sobreviven, por alguna razón, sólo para ser esclavizadas por una Capitana que

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“Nomeolvides (en la niebla)”: La cárcel de cristal

Hay momentos en la vida que te definen. Quizás sea cruel plantearlo de esta manera, pero es así. Es el instante en que podrías haber tomado un camino y seguiste otro que nunca más se modificó.

En una noche oscura, en uno de esos momentos mencionados, Francisco elige no elegir, decide tomar una decisión para que nada cambie. El miedo es así.

El corset que aprieta fuerte y no deja que nada se escape está hecho de silencios y buenos modales, de negaciones y de gente que ve lo que quiere y que el resto del tiempo se hace la distraída. Las decisiones tomadas, se viven como inamovibles, y lo que no encaja, lo distinto, se borra, se oculta, se exilia.

Como en todo melodrama, lo que enuncia el “acá no ha pasado nada” es el amor, el permitido y el que no puede ocurrir. El primero es trágico, porque no es sentido, sino compromiso y deber ser; el segundo es trágico, porque para confirmarlo es necesario animarse a romper con todo y, quizás, hasta ser señalado por haberse apartado del camino más “recomendable”. El pasado tiene la costumbre de repetirse gracias a que la gente teme cambiar.

En

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“Todos eran mis hijos”: Sin salida aparente…

La Guerra (la Segunda). Un hijo ha muerto. No, corrección, ha desaparecido. Un hombre, su padre, ha invertido toda su vida para construir y mantener un negocio. Otro hombre, su hermano, es el heredero del negocio, aunque no lo quiere, y es el que lleva la carga de ser “el que sobrevivio” y el que ha visto el horror y ha vuelto, no para contarlo, sino para darse cuenta que en su barrio nada ha cambiado (o que prefieren olvidar, o hacer de cuenta que no pasó nada, y seguir adelante con su cotidianidad). Una mujer, la madre, recuerda todos los días, obsesivamente, compulsivamente; es necesario esperar al hijo, nada debe moverse de su lugar. Otra mujer, en su momento la novia del que no está, llega para confirmarle al que sí está que el amor que el siente por ella es correspondido. Otro hombre, ausente pero vivo, el padre de la segunda mujer, lleva otra carga: la de estar preso por un crimen del cual puede o no ser responsable en su totalidad, relacionado a su vez con la muerte / desaparición del que no está. A todos ellos los rodea una recuperada normalidad que va a estallar

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“Las sirvientas”: La representación de la representación de la representación

Nora Goldberg, la misma directora de “El desafore”, actualmente lleva a escena “Las sirvientas”, de Jean Genet en Puerta Roja los viernes a las 21hs. La puesta en escena retoma el mundo carcelario que el propio Genet padeció. Para dar cuenta de ese mundo tres actores encarnan los roles del mundo carcelario, y son esos personajes (los dos presidiarios y el preso de mayor rango) quienes representan a los personajes femeninos de la obra: Solange, Clara y la señora.

Esta puesta, que incorpora la representación dentro de la representación (algo que se incorpora incluso desde la dramaturgia), a partir de las lecturas provocadas por los propios personajes, plantea en ambos espacios las relaciones de poder entre la señora y sus criadas por un lado, y entre el preso de mayor rango y sus prisioneros por el otro. Esto hace que el espectador decodifique los diferentes elementos que propone la obra.

Por ejemplo, se observan una gran cantidad de hojas tiradas en el espacio de la celda, estas pueden ser triplemente interpretadas, entendiendo que representan los escritos inéditos de Genet, la miseria de la celda, y/o el material que las criadas utilizan

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“La respiración del vacío – Trash”: Miedo a respirar

Un espacio cubierto de forma dispersa por un mobiliario escueto que habrá de ser significado y resignificado. Tres personajes. Una mujer bonita de gesto ausente. Dos hombres: uno es el amante, el otro se evidencia como el sirviente; su rostro puede remitir a sensaciones de temor, templanza, desesperación, furia contenida (depende de la lectura que hagamos cada uno de nosotros).

Texto críptico, enrevesado, laberíntico. Pienso en Alain Resnais en los ´60s. Burguesía decadente, víctimas y victimarios, representaciones que no se sostienen y máscaras que se mantienen a la fuerza.

Los personajes son incapaces de sentir ninguna emoción. Todo está extrañado. Pienso en escenas de films de David Lynch.

Ya no queda ni el dolor. Discursos que atraviesan los monólogos y se muestran vetustos. Pueden tener un sentido que ilumine, o no, ser simplemente pronunciados de manera mecánica; la pose de la pose de la pose.

En los ´60s, en el cine de la Nouvelle Vague o en el de Antonioni, era el aburrimiento, el deambular. Estos personajes no deambulan, son, apenas, decadentes, hastiados. Viven en el miedo a ser y se remiten a repetir y repetirse. Se amparan en un discurso burgués que regla y codifica el vivir y el

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“Los desórdenes de la carne”: La insoportable levedad…

El Cementerio de la Recoleta se fundó en 1822, el año en que nació Torcuato de Alvear. El Cementerio al Norte fue y vino, con algunas sepulturas notables y muchas destinadas al olvido. En alguna época, incluso, estuvo cerrado por el mal estado en que estaba, hasta que Torcuato de Alvear – el que había nacido el año de su creación -, en su proyecto de remodelación de Buenos Aires, lo incluyó para transformarlo en una de las necrópolis más peculiares del mundo. Hoy, cuando entramos, del lado de adentro del pórtico se lee “Expectamus Dominum” (Esperamos al señor = esperamos la Resurrección). Del lado de afuera se puede observar “Requiscant in Pace” (“Descansen en paz”). Se dice que es una manera de entrelazar la vida y la muerte. Se dice, también, que un sacerdote escribió un ensayo donde, entre otras cuestiones, criticaba agudamente a la escultura del mausoleo de Rufina Cambaceres. Al margen de las historias que rodean a la muerte de Rufina, el sacerdote mencionado, escribiendo para la Revista del Arzobispado de Buenos Aires allá por los inicios del 1900, apuntaba a esta escultura como un fuerte símbolo de la

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Entrevista a Edgardo Dib: El quiebre del círculo

“La casa Alba”, de Edgardo Dib, que estuvo en cartel hasta algunas semanas, es una obra que habla del deseo, de romper el sistema para poder alcanzarlo, de las consecuencias de animarse a hacerlo, y también habla del teatro, de las miles de maneras de narrar un clásico, de la posibilidad de brindar al espectador una relectura, y de exigirle una reflexión.

¿Qué te impulsó a tomar un texto como “La casa de Bernarda Alba” para hacer el trabajo?

La respuesta es más que sencilla. En el ’97 vengo a estudiar una vez por semana con Laura Yusem, ella va a Santa Fe el año anterior, y ve un trabajo mío, “La dama de las camelias”, que le gustó mucho. Entonces, me acerco para venir a estudiar con ella entrenamiento actoral. Allí, conozco a dos de las actrices, que son Stella Brandolín y Marta Montero. Después, sigo teniendo conexión con Laura por vía telefónica y con las chicas no tanto. En el 2004 me vengo a vivir acá. A comienzo del 2005 me voy al taller de Laura, que sabía que había venido a vivir acá. En ese

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