Cuerpos y corazones solitarios II

Otra serie de casualidades o causalidades, me llevó a encontrarme con una cantidad creciente de obras donde el encuentro afectivo es imposible o dolorosamente efímero. Ni siquiera en un espectáculo para niños como “Luna de Oriente” los amantes pueden permanecer juntos al final de la obra (los dos protagonistas masculinos luchan por los favores de la fémina, al punto de perderla). Nuevamente, es la separación de los individuos y la sensación de un duelo constante. Mmm… quizás sea esto último el común denominador: una herida que no cierra y que es lo que aleja y la frustración por no poder avanzar. De nuevo, las propuestas estéticas y el registro actoral varían, con lo cual es una forma que se puede ver en diferentes estructuras.

“Mal amor”, de Paula Bartolomé, es una obra silente. Con proyecciones de fondo detrás de los personajes, que oscilan entre flashbacks y mostrar un fuera de campo escénico que suma suspenso y música que construye climas (contraste, a su vez, entre un imagen – ¿distanciadora? – estilizada y una presencia de menos detalle), un hombre y una mujer se separan. Textos escritos se cruzan cada tanto, en

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“Noches de verano”: Qué calor en la ciudad

Nos recibe en la sala música en vivo, de voz femenina. La banda Equis y su cantante se irán convirtiendo en transmisión de radio y locutora, respectivamente, que acompañarán un peculiar fenómeno meteorológico: resulta ser que en Buenos Aires va a ser de noche por más de la noche, promete luna y estrellas por tiempo indefinido. Justo noche de verano. Pensemos en Shakespeare : el calor de la noche es escenario/tiempo concebido para soñar con amores enredados. Los transeúntes de la escena muestran su desconcierto frente al suceso, único, y probablemente irrepetible en sus historias. Es que la noche siempre es larga cuando hablamos de amores desafortunados y confundidos (a Sabina le llevó aprender a olvidar 19 días, pero 500 noches, si se me permite la cita)

Lo que más les interesa al dramaturgo, Cristian Scotton, y al director de la puesta, Pedro Antony, es contar una historia perfectamente reconocible para el espectador (idas y vueltas y dimes y diretes mediante). A tal efecto trabajaron juntos en el proceso de ensayo, escritura y reescritura. Esto los posiciona claramente frente a una generación de escenas y poéticas jóvenes, que suelen reconocerse hijos o discípulos de tal o cual maestro, tomando el

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