“Todos eran mis hijos”: Sin salida aparente…

La Guerra (la Segunda). Un hijo ha muerto. No, corrección, ha desaparecido. Un hombre, su padre, ha invertido toda su vida para construir y mantener un negocio. Otro hombre, su hermano, es el heredero del negocio, aunque no lo quiere, y es el que lleva la carga de ser “el que sobrevivio” y el que ha visto el horror y ha vuelto, no para contarlo, sino para darse cuenta que en su barrio nada ha cambiado (o que prefieren olvidar, o hacer de cuenta que no pasó nada, y seguir adelante con su cotidianidad). Una mujer, la madre, recuerda todos los días, obsesivamente, compulsivamente; es necesario esperar al hijo, nada debe moverse de su lugar. Otra mujer, en su momento la novia del que no está, llega para confirmarle al que sí está que el amor que el siente por ella es correspondido. Otro hombre, ausente pero vivo, el padre de la segunda mujer, lleva otra carga: la de estar preso por un crimen del cual puede o no ser responsable en su totalidad, relacionado a su vez con la muerte / desaparición del que no está. A todos ellos los rodea una recuperada normalidad que va a estallar

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“La Plaza del Diamante”: Y a pesar de todo, los pájaros siguen volando

Una mujer sentada en un banco de plaza cuenta, o recuerda, o algo así… Pienso en “Harina”, la de Román Podolsky. Sin embargo, aquella era una mujer que bien podía ser un fantasma que se negaba a partir, que era el rastro de lo que alguna vez había estado allí. Esta mujer, al contrario, quizás se anima a “estar” por primera vez y, por eso, necesita desesperadamente narrarse. Por eso habla y no puede parar, no quiere, por primera vez…

Está sentada en una plaza, aquella donde, probablemente, haya comenzado todo para ella. La luz baña la escena, suave, amable. Las hojas caídas y la tierra la rodean. Para poder irse, a veces es necesario primero volver…

Es el relato de una vida llena de penas y sufrimientos pero, sobre todo, de silencios (¿miedos quizás? no estoy seguro…). Es la historia de una vida donde el cuerpo de ella nunca fue asumido como propio, y los hechos, por más terribles que resultaran, fueron tomados como naturales. Es en los gestos pequeños, como el de comer medio caramelo para terminar la otra mitad más tarde, o en los hombros que siguen tirando para adentro, donde se

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“Lo bueno por conocer, clínica para matrimonios fracturados”: Pánico a lo nuevo, angustia por lo viejo…

Que lo bueno por conocer siempre está hacia delante, ahí, en algún lugar. Entonces, ¿con el presente qué hacemos?

Tres parejas coinciden en un extraño retiro espiritual. El objetivo es claro: salvar sus matrimonios. Ahora, por las discusiones iniciales dentro de cada reducto relacional, pareciera ser que nadie se preguntó realmente si los matrimonios en cuestión desean ser rescatados. Esencialmente, es factible llegar a la conclusión de que todos están con la persona equivocada, al menos en el presente…

El presente es el lugar de lo que todavía no pasó y del recuerdo de lo que alguna vez fue. Es, también, el tiempo de la acción. Pero, ¿qué pasa cuando la acción está orientada a recuperar algo que ya no está ahí, a personas que ya no existen?

Las parejas siguen como pueden las consignas estrambóticas de un sacerdote que cobra fortunas por aplicar recetas sacadas de un manual de coaching para empresas o de algún libro de autoayuda. Y, en cada binomio, hay uno de ellos que desea que resulte. El problema, claro, es que no es claro si el deseo es compartido…

Ellas no tienen más lo que alguna vez tuvieron (las miradas de todos los hombres

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“Las sirvientas”: La representación de la representación de la representación

Nora Goldberg, la misma directora de “El desafore”, actualmente lleva a escena “Las sirvientas”, de Jean Genet en Puerta Roja los viernes a las 21hs. La puesta en escena retoma el mundo carcelario que el propio Genet padeció. Para dar cuenta de ese mundo tres actores encarnan los roles del mundo carcelario, y son esos personajes (los dos presidiarios y el preso de mayor rango) quienes representan a los personajes femeninos de la obra: Solange, Clara y la señora.

Esta puesta, que incorpora la representación dentro de la representación (algo que se incorpora incluso desde la dramaturgia), a partir de las lecturas provocadas por los propios personajes, plantea en ambos espacios las relaciones de poder entre la señora y sus criadas por un lado, y entre el preso de mayor rango y sus prisioneros por el otro. Esto hace que el espectador decodifique los diferentes elementos que propone la obra.

Por ejemplo, se observan una gran cantidad de hojas tiradas en el espacio de la celda, estas pueden ser triplemente interpretadas, entendiendo que representan los escritos inéditos de Genet, la miseria de la celda, y/o el material que las criadas utilizan

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“Un hueco”: Sueños rotos

Entramos al club, subimos por la escalera. Bullicio. Poca luz. Sandwiches (sanguchitos) y vino. No lo sabemos aun, pero asistimos a un velorio. Alguien murió y el pueblo asiste al evento pero, ¿por qué?

Se abre una puerta, pasamos, volvemos a ser espectadores.

Los tres amigos históricos del difunto se reunen en el vestuario. Entre las luces de tubo y los lockers vacíos, se rebelan contra el morbo de lo que hay ahí afuera. Pero, también, se esconden (o se refugian) de tener que enfrentar los hechos. Cada uno lo hace como puede… la muerte no viene con un manual de instrucciones.

Uno de los amigos anda rengo, el otro viene aporteñado (es el que dejó el pueblo y se fue a Buenos Aires) y el tercero tiene un pedo que apenas puede sostenerse en pie. Los une la muerte y el espanto (y ahora pienso en cuánto eso se repite en nuestra historia… pero divago…); la muerte del amigo que se fue antes de tiempo y el espanto por el circo que hay tras las puertas (no obstante lo cual eso no les impide calentarse con las meseras que sirven el copetín o espiar, en algún caso, en

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“Teruel y la continuidad del sueño”: Seguir soñando y jugarse la vida en ello

Los nacionalistas cuentan con la ayuda de los italianos y de la Legión Cóndor proveniente de Alemania. Los republicanos (en toda la complejidad que la palabra implica y que no alcanza aquí ni de casualidad a sintetizar todas las ramas que formaban parte y las contradicciones internas), cuentan con un yunque atado al cuello bajo el nombre de Stalin. Rafael Alberti y María Teresa León, por su parte, llaman al envío de obras en pos de conformar por diferentes medios un teatro revolucionario. Llega 1938, Franco apunta a Madrid. Las palabras de La Pasionaria (“¡No pasarán!”), ya no alcanzan. Los republicanos atacan Teruel a principios de año y demoran el avance, pero poco tiempo después llega el contraataque. Al final de la guerra, los exiliados se van con una palabra que les quema: “Volveremos”.

Teruel. Una pareja de brigadistas argentinos, Andrés y Julieta, actores ellos, están tratando de escribir una obra para mandarle a Rafael. Ella sueña con tanques y batallas que no identifica. Él la acompaña, la estimula. Juntos, juegan a que tras la puerta el mundo no se viene abajo. Ahí dentro, en su

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Cuerpos y corazones solitarios I

Vivimos en la era de las redes sociales, pero, si uno pide que levante la mano quien no se siente en estado de crisis, o que en ningún momento se siente en soledad, las manos permanecen donde están y se hace, por unos breves instantes, un silencio algo incómodo. No estoy seguro de llamarlo tendencia, tampoco podría afirmar que está desbancando la proliferación de familias disfuncionales que esperan un milagro para salvarse de la malaria económica pero, me arriesgo a decir, los personajes no extrañados que experimentan la soledad se multiplican en la cartelera porteña. Es decir, ya no son tampoco seres que no accionan (la otra usual alternativa), que dejan transcurrir el tiempo sin saber bien qué hacer o por qué hacerlo, ya no es el tiempo que parece no moverse, sino todo lo contrario.

La referencia a la reiteración no pasa por una cuestión de originalidad, sino de cierta manera de experimentar el mundo que se filtra en las formas de hacer (de ahí la repetición en las estructuras)… Tomo obras para ejemplificar, no con la intención de ubicarlas en un lugar especial, sino porque me sirven de boyas que, a mi entender, condensan formas, caminos.

Se

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“Una de gente normal”: Normales…

“Una de gente normal”, o sea una obra de gente normal o una obra que representa a gente normal, o ambas. De gente normal y de gente que representa a gente normal, y no por eso menos conflictiva, ni menos turbulenta, ni menos oscura, ni menos profunda; y no por eso complicada, ni pretenciosa, ni intelectual en el mal sentido de la palabra (porque, hoy en día, hay un mal sentido en esa palabra).

Esta obra dirigida por Agustín Pruzzo simplemente narra la vida de tres hermanos, el cumpleaños de uno de ellos y una gran cantidad de mentiras, de omisiones, de manejos, de dudas y de inseguridades. Y no por esto es una tragedia, sino, más bien, y como ellos dicen, un drama cómico. Una obra en la que ingresa, en cierto modo, algo de lo nuestro, de lo argentino, de la complicada idiosincrasia argentina, del desgarro sistemático de nuestra identidad, porque se narran diversos problemas como saber quiénes somos y cuál es nuestro lugar.

“Una de gente normal”, recorre este mundo desde un mismo espacio, el departamento de Darío, y desde un mismo tiempo, su cumpleaños. Y, entonces, los conflictos se suscitan, aparecen y se desarrollan

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“El desarrollo de la civilización venidera”: Algo ha cambiado, algo sigue igual

Me siento a escribir… la pantalla sigue en blanco y el cursor continúa titilando burlonamente. Voy a la cocina, abro la heladera. Miro lo poco que hay adentro, esperando un golpe de inspiración. Obviamente, nada. Retorno, me siento. Navego por vicio. Encuentro un texto que pone en palabras algunas de las ideas que se me venían cruzando y mejor de lo que se me había ocurrido. Finalmente, consigo comenzar…

“Casa de muñecas”. Ibsen. Fines del 1800. Nora abre la puerta y se va. Escándalo… Comienzos del siglo XXI. Digamos, simplemente, que las cosas han cambiado. Ibsen es ahora un clásico, lo mismo que la obra del escándalo. Que Nora abra la puerta y se vaya ya no es subversivo, ¿o sí? ¿para quién? ¿dónde? Si se pusiera en escena la misma obra, sin ningún cambio, para un público perteneciente a un grupo social altamente patriarcal y conservador, ¿qué pasaría? Pero, bueno, la versión de Veronese ocurre en un teatro de Buenos Aires y los espectadores pertenecemos, en mayor o menor medida, a un mismo espectro socio-cultural. ¿Qué significa eso?

En el tiempo presente de esta versión de los personajes, todo parece ridículo, carente de

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Entrevista a Edgardo Dib: El quiebre del círculo

“La casa Alba”, de Edgardo Dib, que estuvo en cartel hasta algunas semanas, es una obra que habla del deseo, de romper el sistema para poder alcanzarlo, de las consecuencias de animarse a hacerlo, y también habla del teatro, de las miles de maneras de narrar un clásico, de la posibilidad de brindar al espectador una relectura, y de exigirle una reflexión.

¿Qué te impulsó a tomar un texto como “La casa de Bernarda Alba” para hacer el trabajo?

La respuesta es más que sencilla. En el ’97 vengo a estudiar una vez por semana con Laura Yusem, ella va a Santa Fe el año anterior, y ve un trabajo mío, “La dama de las camelias”, que le gustó mucho. Entonces, me acerco para venir a estudiar con ella entrenamiento actoral. Allí, conozco a dos de las actrices, que son Stella Brandolín y Marta Montero. Después, sigo teniendo conexión con Laura por vía telefónica y con las chicas no tanto. En el 2004 me vengo a vivir acá. A comienzo del 2005 me voy al taller de Laura, que sabía que había venido a vivir acá. En ese

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