Entrevista a Lola Arias: Mi vida después

Un biodrama que parte de la vida de seis actores, hombres y mujeres que tratan desde su generación conocer su identidad. Una identidad coartada en el terror de la dictadura del ’76. Estos hombres y mujeres se envuelven en la ropa de sus padres para tratar de comprenderlos, de acercarse, de un modo más o menos trágico, a sus vidas. Entonces, surgen no sólo padres desaparecidos en la dictadura, sino también padres partícipes de la misma. Así, “Mi vida después” de Lola Arias, plantea la crudeza de tener que reconocerse en sitios donde no gustaría haber estado. Y apunta al centro del pecho como un fuerte acorde musical que nos sacude, como un solo de batería que revienta y nos provoca gritar sobre lo roto.

“Mi vida después”, podrá ser una obra excepcional por su puesta, por la propuesta del vestuario, por la credibilidad de los rostros, por la realidad de lo dicho, por los efectos de imagen que logra con los diferentes niveles de espacio que maneja, por la dinámica que genera en el relato de las historias, pero es una obra excepcional porque nos nombra y renombra desde adentro, porque en la crítica a aquella

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“Todos eran mis hijos”: Sin salida aparente…

La Guerra (la Segunda). Un hijo ha muerto. No, corrección, ha desaparecido. Un hombre, su padre, ha invertido toda su vida para construir y mantener un negocio. Otro hombre, su hermano, es el heredero del negocio, aunque no lo quiere, y es el que lleva la carga de ser “el que sobrevivio” y el que ha visto el horror y ha vuelto, no para contarlo, sino para darse cuenta que en su barrio nada ha cambiado (o que prefieren olvidar, o hacer de cuenta que no pasó nada, y seguir adelante con su cotidianidad). Una mujer, la madre, recuerda todos los días, obsesivamente, compulsivamente; es necesario esperar al hijo, nada debe moverse de su lugar. Otra mujer, en su momento la novia del que no está, llega para confirmarle al que sí está que el amor que el siente por ella es correspondido. Otro hombre, ausente pero vivo, el padre de la segunda mujer, lleva otra carga: la de estar preso por un crimen del cual puede o no ser responsable en su totalidad, relacionado a su vez con la muerte / desaparición del que no está. A todos ellos los rodea una recuperada normalidad que va a estallar

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“La Plaza del Diamante”: Y a pesar de todo, los pájaros siguen volando

Una mujer sentada en un banco de plaza cuenta, o recuerda, o algo así… Pienso en “Harina”, la de Román Podolsky. Sin embargo, aquella era una mujer que bien podía ser un fantasma que se negaba a partir, que era el rastro de lo que alguna vez había estado allí. Esta mujer, al contrario, quizás se anima a “estar” por primera vez y, por eso, necesita desesperadamente narrarse. Por eso habla y no puede parar, no quiere, por primera vez…

Está sentada en una plaza, aquella donde, probablemente, haya comenzado todo para ella. La luz baña la escena, suave, amable. Las hojas caídas y la tierra la rodean. Para poder irse, a veces es necesario primero volver…

Es el relato de una vida llena de penas y sufrimientos pero, sobre todo, de silencios (¿miedos quizás? no estoy seguro…). Es la historia de una vida donde el cuerpo de ella nunca fue asumido como propio, y los hechos, por más terribles que resultaran, fueron tomados como naturales. Es en los gestos pequeños, como el de comer medio caramelo para terminar la otra mitad más tarde, o en los hombros que siguen tirando para adentro, donde se

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“Lo bueno por conocer, clínica para matrimonios fracturados”: Pánico a lo nuevo, angustia por lo viejo…

Que lo bueno por conocer siempre está hacia delante, ahí, en algún lugar. Entonces, ¿con el presente qué hacemos?

Tres parejas coinciden en un extraño retiro espiritual. El objetivo es claro: salvar sus matrimonios. Ahora, por las discusiones iniciales dentro de cada reducto relacional, pareciera ser que nadie se preguntó realmente si los matrimonios en cuestión desean ser rescatados. Esencialmente, es factible llegar a la conclusión de que todos están con la persona equivocada, al menos en el presente…

El presente es el lugar de lo que todavía no pasó y del recuerdo de lo que alguna vez fue. Es, también, el tiempo de la acción. Pero, ¿qué pasa cuando la acción está orientada a recuperar algo que ya no está ahí, a personas que ya no existen?

Las parejas siguen como pueden las consignas estrambóticas de un sacerdote que cobra fortunas por aplicar recetas sacadas de un manual de coaching para empresas o de algún libro de autoayuda. Y, en cada binomio, hay uno de ellos que desea que resulte. El problema, claro, es que no es claro si el deseo es compartido…

Ellas no tienen más lo que alguna vez tuvieron (las miradas de todos los hombres

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“La última vez (que me tiré a un precipicio)”: Clown en busca de la vereda del sol

A ver… se tira… no se tira… se tira… no se tira… Camina por la cornisa. Un poco más para allá. Otro poco. Un pie se le rebela, no quiere ir donde ella le indica. Ella, que está vestida de blanco y negro. La nariz, roja, por supuesto. Sonido de calle. Proyección de edificio de fondo. Ella cambia de opinión, decide no tirarse, es una locura. Pero, Ley de Murphy mediante, lógicamente, en ese momento se cae. El edificio corre a sus espaldas y se va y se va y se va…

Ella sola. Ella soledad. Ella que no se anima. Ella que recuerda. Ella que sueña. El clown que anticipa su viaje, su transformación.

Ella que recuerda. Ella que sueña con que alguien la quiera y la acepte, aunque el vestido de novia la incomoda. “¡Ah! es esto lo que molesta”, una y otra vez y se saca partes de vestuario, aunque, claro, no es el vestuario, en realidad, lo que necesita cambiar; quizás no sea eso lo que quiere ser. No encaja, no se halla, en los espacios que se dibujan a su espalda o se la hacen presentes en escena, como el

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“Una de gente normal”: Normales…

“Una de gente normal”, o sea una obra de gente normal o una obra que representa a gente normal, o ambas. De gente normal y de gente que representa a gente normal, y no por eso menos conflictiva, ni menos turbulenta, ni menos oscura, ni menos profunda; y no por eso complicada, ni pretenciosa, ni intelectual en el mal sentido de la palabra (porque, hoy en día, hay un mal sentido en esa palabra).

Esta obra dirigida por Agustín Pruzzo simplemente narra la vida de tres hermanos, el cumpleaños de uno de ellos y una gran cantidad de mentiras, de omisiones, de manejos, de dudas y de inseguridades. Y no por esto es una tragedia, sino, más bien, y como ellos dicen, un drama cómico. Una obra en la que ingresa, en cierto modo, algo de lo nuestro, de lo argentino, de la complicada idiosincrasia argentina, del desgarro sistemático de nuestra identidad, porque se narran diversos problemas como saber quiénes somos y cuál es nuestro lugar.

“Una de gente normal”, recorre este mundo desde un mismo espacio, el departamento de Darío, y desde un mismo tiempo, su cumpleaños. Y, entonces, los conflictos se suscitan, aparecen y se desarrollan

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“La Aurora. Existe por el vacío que la Rodea”: La explosión del gesto en lo límites del cuerpo

Poblar el tiempo y el espacio de gestos, transitar lo eterno, sin finalidad ni efectos, sólo transitar. El recorrido se compone de tres momentos entrelazados en un tiempo suspendido. La contemplación es casi estática, el sentimiento bombardea contra las paredes del cuerpo. (¿Llorar?, quizás hoy sí.)

Nos detenemos en cada instante, junto a ella, la seguimos, y la vemos transformarse, lentamente, como si todo el tiempo fuera todos esos seres, que por momentos avanzan sobre los límites para ser vistos. El cuerpo es tomado por el gesto, devenido en muchos otros, habitado por fantasmas. Ella se fuga por los bordes y aligera sus contornos. Ahora, ¿quién aparece?

Una transición, un deseo, un poema. Nunca el mismo, siempre cambiante en un circularidad que envuelve el espacio y que lo marca, que atraviesa el cuerpo y que delimita el recorrido, porque no existe un punto de cierre, sino que siempre circula una y otra vez, hacia el infinito.

Y en esa circularidad, el instante del nacimiento y de la muerte, de la aparición y el olvido. Diferentes líneas que la atraviesan y le van otorgando riqueza y vida. La transición eterna y el corte transversal que irradia por todos lados, un instante

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“Lucidez, (el final)”: Imaginación solitaria

Las líneas que siguen no son la obra. La obra siempre está ahí, en la escena, en el momento que ocurre. Si buscan la obra en las palabras que siguen están, al menos en parte, equivocados. La obra, para bien y para mal, es irrecuperable, es efímera, cada función lo es. Estas son palabras que buscan proponer un orden, un sentido, a veces una visión de contexto, o no, dispararse a partir de lo que ahí hubo y ver qué sale. Me pregunto qué es lo que esperan leer…

Un grupo que se desarma, un músico y un terapeuta que elaboran sobre la idea o la crisis de creatividad, sobre la posibilidad y la necesidad de soñar. Una escena despojada: sillas, un telón de fondo, un teléfono que va de aquí para allá. Cada uno vive la cosa como puede… hay remanentes del espíritu que los movió durante un tiempo, la fé en lo que hacían para algunos, un toque místico de visiones en otros, restos que se van disolviendo a medida que se van terminando de despedir.

El terror de la página en blanco, de haber perdido vaya uno a saber dónde lo interesante que uno suponía que tenía

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“La bailarina de Degas: un díptico”, o aproximaciones a una disyunción imposible

Dos bailarines parten del mismo lugar para componer una obra. La imagen disparadora es la pequeña bailarina de Degas. La propuesta consiste en llevar a cabo dos obras diferentes sobre el mismo escenario, por eso, en el programa, se presentan como: “solo 1″ y “solo2″. Durante toda la obra(o las obras), los solos se suceden una detrás de otro, esperando una de ellas sentada de su lado del escenario, o yuxtapuestos. Si bien el escenario aparece dividido simétricamente para que cada una cuente con un espacio determinado para su representación, a manera de marcos de cuadros de un museo, los limites, a veces, se borran y las bailarines pasan de un lado a otro, aunque la pregnancia respecto al lugar que ocupa cada una es tan fuerte que siempre remitimos su accionar a ese espacio recortado del encuadre o marco.

Pero, ¿para hablar de esta obra debiéramos tratar los dos solos como entidades autónomas y así analizarlos, es decir presentando dos notas diferentes? ¿O debemos analizarlas en conjunto, como una totalidad donde las partes suman en la construcción de un sentido diferente respecto del que

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“Asilo; para que vuelvas”: Te esperaré siempre

La sala grande del Puerta Roja puede ser muy fría. Muchos elencos optan por restringir el espacio de la escena a un recuadro más estricto. Cuando se usa todo, la geografía se desperdiga, los cuerpos se alejan, y no es fácil cubrir semejantes distancias. Cuando se amplía, se ven las paredes, se ven más los pisos… Cinco ancianos duermen en esta sala grande vuelta grande pabellón y una joven ninfa cuida el sueño de uno de ellos.

Una voz en off anuncia. Explicita que no hay ventanas. Hay televisores que ofician como tales. Broadcasting… idea de una imagen que va, pero que no tiene feedback; hay un otro que decide qué es lo que se ve. La imagen salta de un programa a otro; zapping, vjing, la imagen como fragmento-parte-de-un-montaje-que-puede-ser-alterado. Hay un micrófono; reality, confesión. “¡Dejen dormir!” Dormir, soñar, tal vez morir

Los personajes son actores jóvenes imitando movimientos de viejo. Al principio, puede chocar. No hay maquillaje, ni talco, sino espaldas encorvadas, pasos dubitativos, miradas que, por momentos, se pierden. Son jóvenes mostrando lo que algun día pueden llegar a ser. Cadencia de

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